11/10/2026 23:11
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Existen fechas en el calendario que no admiten la tibieza, el artificio diplomático ni la equidistancia calculada. El 12 de Octubre, Fiesta de la Hispanidad y de la Soberanía Nacional, exige una afirmación inequívoca del orgullo histórico, la herencia civilizatoria y el compromiso innegociable con la integridad de España. Cuando el Jefe del Estado diluye ese imperativo simbólico en gestos de pacotilla y diplomacia blanda frente a quienes amenazan soterradamente nuestra Frontera Sur, el desconcierto muta en profunda indignación moral.

¿Los Reyes de España rendirán un homenaje ecuménico el martes 13 de octubre de 2026 a las 18:00 horas en el cementerio musulmán de Sidi Embarek (en el barrio ceutí de Los Rosales)…?

Rendir tributo o dispensar deferencias de oportunidad a los intereses de potencias extranjeras que hostigan de forma permanente Ceuta, Melilla y el espacio marítimo español, bajo el flojo pretexto del protocolo o la convivencia ecuménica, es un desatino de gravedad institucional. La diplomacia que prescinde de la firmeza simbólica no es prudencia: es claudicación. Y resulta desolador comprobar cómo la Corona, llamada a ser la salvaguarda de la dignidad patria y el vínculo de continuidad de la Nación, parece a menudo más preocupada por complacer los consensos de la agenda globalista que por reconfortar a los españoles que defienden el honor de su Historia.

Esta política de constante apaciguamiento no solo erosiona el prestigio internacional de España, sino que proyecta un peligroso mensaje de debilidad estructural. Se confunde deliberadamente la responsabilidad de Estado con la renuncia implícita al liderazgo moral. Mientras la dictadura alauita avanza posiciones en su agenda expansionista y utiliza la presión migratoria como chantaje asimétrico, las instituciones patrias responden con una condescendencia protocolo-diplomática que roza el servilismo. Un país que no exige respeto a sus fronteras ni honra el valor estratégico de sus territorios históricos termina convirtiendo su soberanía en una simple sugerencia negociable.

La España real, la que soporta el peso del Estado, trabaja en silencio y mantiene vivo el sentimiento de pertenencia a una gran patri, echa de menos una representación fidedigna, firme y visceralmente leal a su propio pueblo. Una Jefatura del Estado que entienda que la legitimidad de la Institución no emana de la complacencia con los poderes mediáticos o las cancillerías extranjeras, sino de encarnar sin titubeos la soberanía que reside en la Nación. Cuando la Corona parece conducirse bajo el temor a la discrepancia o la presión de la trinchera parlamentaria, no demuestra responsabilidad institucional: muestra una vulnerabilidad impropia de quien debe ser el árbitro insobornable y la primera trinchera defensiva de la integridad patria.

El modelo de jefatura sumisa y rehén del chantaje político ha caducado para millones de ciudadanos que ya no aceptan la anestesia del decoro aparente. La Monarquía no puede limitarse a ser un elemento ornamental ni un actor complaciente con el relato que busca deconstruir España; debe ser el baluarte inamovible donde se estrellen las ambiciones de los enemigos de la soberanía nacional. Se exige un liderazgo institucional incontaminado, desvinculado del cálculo cortoplacista del Ejecutivo de turno y plenamente consciente de que el respeto de la historia no se negocia para calmar la voracidad de los adversarios de la Nación.

Los ciudadanos que pagan sus impuestos y cumplen estrictamente la ley contemplan con estupefacción cómo el decoro institucional se utiliza como salvoconducto para evitar el conflicto necesario. Quien ostenta la Corona no es un mero funcionario de protocolo ni un diplomático itinerante sometido al arbitrio del político de turno; es el Mando Supremo de las Fuerzas Armadas y el garante del imperio de la ley y la unidad indivisible de la Patria. Renunciar a la contundencia expresiva y al simbolismo soberano en nombre de una falsa concordia no calma al agresor: lo envalentona y debilita la fe del propio pueblo en sus instituciones tutelares.

La Monarquía carece de sentido si se vacía de su fundamento axial: la defensa sólida de la soberanía y la unidad de España. Quienes desde el respeto a la verdad y la conciencia moral exigimos coherencia a las instituciones, no podemos asistir en silencio a esta degradación de los símbolos. Los gestos de la Jefatura del Estado no son anécdotas de agenda; son doctrina pública. Y cuando esa doctrina transmite sumisión o condescendencia ante los agresores de la Patria, se rompe el pacto de confianza con la España real, aquella que trabaja, sufre y no se rinde.

Es hora de exigir que la representación de España recobre el pulso de la dignidad. La Hispanidad se honra con la cabeza alta, el recuerdo respetuoso a nuestros héroes y el blindaje infranqueable de nuestros límites territoriales. Todo lo demás es componenda, servilismo y olvido de la misión histórica.

RES NON VERBA

Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.

Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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