Getting your Trinity Audio player ready...
|
El Dios de Israel da a su pueblo un rey, pues Israel quería ser como las demás naciones y tener un rey. A ese rey primero se le conoce con el nombre de Saúl, que significa en hebreo deseado o implorado, pues correspondía a estos adjetivos. Es el profeta Samuel quien se encargó de dar los designios del Eterno y ungir a Saúl como rey de los israelitas. Sin embargo, el reinado de Saúl no se prolonga y más bien, luego de un par de décadas, será reemplazado por David, el menor de los hijos de Isaí, que paso de ser pastor a guerrero y al final el rey más celebre de Israel, y más allá de eso, una de las figuras más importantes de la historia, y de quien específicamente descenderá el tan esperado Mesías de Israel. Asimismo, para el cristianismo, efectivamente; David es ancestro de Jesús, el nazareno.
Pues bien, Saúl, que entiende será reemplazado, y logra entender que será por su siervo David, que además es como un hermano más de su hijo Jonathan y además esposo de su hija Mical. Pero, hay un hecho bastante interesante, y es el episodio en el que el rey Saúl ya no será el elegido por Dios, y el mismo profeta Samuel que lo había ungido, se lo hace saber. Cuando la profecía se hizo a través del profeta, este le hace saber al rey las peticiones del jefe Supremo, y estas son claras, el resultado de la guerra contra los amalecitas o amalequitas, enemigos históricos de Israel, debe ser su destrucción total, por designio divino.
Dice Deuteronomio 25:19: «Por eso, cuando el Señor tu Dios te dé la victoria sobre todas las naciones enemigas que rodean la tierra que él te da como herencia, borrarás para siempre el recuerdo de los descendientes de Amalec. ¡No lo olvides!».
Contrario a esto, Saúl perdono a Agag, rey de los amalequitas. Aun cuando Saúl había ganado ya varias batallas contra las 7 naciones enemigas de Israel. Esta contra los amalequitas era decisiva como una guerra santa, pues los amalequitas eran perversos y además tenían como fin la destrucción del pueblo de Yaacov, rescatado por Moisés de los egipcios, y luego reconquistado Canaán bajo la dirección de Josué. Canaán, es decir, Israel, la tierra que fuera prometida por Dios al primer hebreo, el patriarca Abraham.
Saúl por culpa de su testarudez, perdió su reino. Aunque no acabó con la vida de Agag y tampoco con la del ganado, que también debía ser destruido, pues los amalequitas eran brujos y podían convertirse en animales, el profeta del Eterno cumplió con la orden divina y dio fin a lo que Saúl no.
No obstante, el hijo de Agag logró huir, indultado por Saúl, y siglos después, en el imperio persa aqueménida, su descendiente, el hijo de Hamedata, Hamán, convertido en primer ministro, decretó de forma arbitraria y reprochable, que todos los judíos del reino, de norte a sur, y de este a oeste, debían ser exterminados. Pese a esto, Ester, considerada como la mujer más bella del reino, perteneciente a la tribu de Benjamín (al igual que Saúl), se convirtió en reina, al ser desposada por el rey Jerjes I, conocido también como Asuero o Ajashverosh por la tradición hebrea. El rey nunca supo que Ester era judía, hasta que ella lo confeso junto con su primo Mardoqueo, que además la había criado, pues Ester había quedado huérfana. Así las cosas, Ester intercedió ante el rey, para que eliminara el decreto que tenia como fin la desaparición de los judíos.
Hamán fue colgado en la horca que le había preparado a Mardoqueo, a quien odiaba por ser judío y no haberse prosternado ante él. Junto con Hamán, fueron colgados sus diez hijos: Parsandata, Dalfón, Aspata, Porata, Adalías, Aridata, Parmasta, Arisai, Aridai y Vaizata.
Siglos después, se levantaría un nuevo Hamán, correspondiendo al nombre de Adolfo Hitler, que al igual que su predecesor, no logró acabar con el pueblo judío.
Resulta no coincidente sino reiterante, que en los juicios de Núremberg se decretó que fuesen ejecutados por ahorcamiento diez destacados miembros de la dirección política y militar de la Alemania nazi: Hans Frank, Wilhelm Frick, Alfred Jodl, Ernst Kaltenbrunner, Wilhelm Keitel, Joachim von Ribbentrop, Alfred Rosenberg, Fritz Sauckel, Arthur Seyss-Inquart, y Julius Streicher.
Twitter: @rosenthaaldavid
Autor
Últimas entradas
- Actualidad31/10/2024Un año después del 7 de octubre negro. Por David A. Rosenthal
- Actualidad21/10/2024Colón «el judío». Por David A. Rosenthal
- Actualidad03/10/2024Oriente Próximo en guerra: «Primero viene el sábado, luego el Domingo». Por David A. Rosenthal
- Actualidad22/08/2024Venezuela pide ser liberada. Por David A. Rosenthal
A los judíos los describe bien Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en Jn 8, 44, no el Talmud, por cierto, donde lo ultraja hasta el extremo: Sanh 43a, donde lo califica como hijo bastardo de una adúltera y con padre legionario romano llamado Pantera. Ese es el verdadero credo de este pueblo enemigo de Dios y de anticristos hijos del padre de la mentira, triunfante transitorio en el mundo pero ya condenado, como el príncipe de este mundo.
Respecto a Adolf Hitler o su Alemania, Dios no se pronunció, como tampoco de la España de Franco, pero sí sobre una nación concreta, Rusia, cuya ideología marxista de origen y propagación judía por toda Europa de aquellas décadas treinta y cuarenta del siglo pasado, que pretendía implantar con violencia en todo el mundo, ya arrojaba decenas de millones de muertos allá cuando estas palabras fueron pronunciadas en 1936 a la santa y Apóstol de la Divina Misericordia, santa Faustina Kowalska, en Polonia y que cada día conocen más católicos, gracias a Dios, a pesar de las trabas que no se han parado de poner a este mensaje de salvación eterna:
818 El día de hoy (16 de diciembre de 1936) lo ofrecí por Rusia, todos mis sufrimientos y mis oraciones los ofrecí por este pobre país. Después de la Santa Comunión, Jesús me dijo: no puedo soportar este país más tiempo; no Me ates las manos, hija Mía. Comprendí que si no hubiera sido por las plegarias de las almas queridas a Dios, toda esta nación habría vuelto a la nada. Oh, cuánto sufro por este país que expulsó a Dios de sus fronteras.
Y nadie puede rebatir a Dios, ¿verdad? ¿O alguien tiene más razón que Dios mismo? (p. ej., un ejército de historiadores a sueldo de la mentira) Algunos quizá crean que suya es la victoria porque Dios permite males durante un tiempo para probar a los justos y que los buenos sean suprimidos. Pobres necios, que pierdan toda esperanza. Nada son esas horcas en comparación de los hornos crematorios del infierno para los que odian a Dios en su Hijo Jesucristo, pues quien no tiene al Hijo ni tiene al Padre. Y nadie va al Padre sino por el Hijo.