Si bien lo justo sería hablar de ‘patologías de lo social’ y no de ‘patologías sociales’, las confusiones que presentan estos términos obliga a considerarlas sinónimos. La confusión, precisamente, estriba en que las ‘patologías sociales’ deberían referirse a las enfermedades médicas y nerviosas que, ciertamente, abrigan genéticas sociales observables. Las ‘patologías de lo social’, por su parte, hacen justicia a la intención de atribuir enfermedades a la sociedad, aunque, desafortunadamente, sea la opción menos empleada por los teóricos.
Que vivimos en sociedades llenas de patologías es algo que han dicho pensadores y filósofos y no es de extrañar que, partiendo de este hecho, la historia de la cultura se halle repleta de terapias. La reflexión es necesaria para cuidarse de uno mismo y es positivo recomendar una especie de examen de conciencia para transformarnos en alguien mejor.
Desde un punto de vista espiritual, caminamos por la vida enderezando nuestros pasos esperanzadoramente hacia el bien. Pero, técnicamente, cambiar de vida puede llevarnos inexorablemente a una modificación de nuestra naturaleza. Por otro lado, la sociedad terapéutica que hemos conformado nos lanza en manos no sólo de psicólogos, sino de influencers y pseudocientíficos, convirtiéndonos en carne de cañón para una publicidad versada exclusivamente en la venta de fármacos milagrosos.
Estamos criando a la generación más solitaria, ansiosa, deprimida, pesimista e indefensa de la historia. Esa atención desmedida por el bienestar no ha hecho más felices a nuestros hijos y tampoco a nosotros.
La industria del bienestar es tan potente que cuenta ya con cursos especializados en felicidad, así como másteres para habilitar a futuros profesionales encargados de tratar las depresiones de los trabajadores. Los libros de autoayuda se acumulan en las librerías y podcast, videos y blogs hablan de dietas, hipersensibilidad o astenias de diferente tipo. Hay terapias para todo tipo de dolencias: para el niño que no se concentra, para el agresivo, para el que carece de autoestima.
El problema se encuentra en que hemos puesto antes la venda que la herida. Y nunca mejor dicho porque damos por supuesto que venimos al mundo por el lado equivocado de la cama. Una sociedad enfrascada en la moda de las patologías tiende a interpretar todo como síntoma.
Los efectos para el alma son análogos a los que tendrían lugar si nos enfrentáramos a una dolencia corporal. Es como si decidiéramos amputar una pierna o un brazo presumiblemente gangrenados, pero sanos.
La sociedad en la que hemos nacido se fundamenta en el egoísmo. Los sociólogos lo llaman individualismo, aunque existe una palabra más simple: vivimos en la sociedad de la soledad. Ya no hay familias, ya no hay pueblos, ya no hay Dios. Estamos abandonados a nosotros mismos, incapaces de interesarnos por nada.
Estamos viviendo tiempos de exaltación del individualismo y el consumismo. Estos aspectos, son considerados por algunos autores, como las mayores patologías sociales de nuestro tiempo, que están frenando el avance hacia una sociedad más justa, igualitaria y solidaria, haciendo del egoísmo más exacerbado la base del comportamiento humano.
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Fundación Enraizados
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