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Analiza su libro Sanar las Heridas del Corazón, prologado por Monseñor Munilla

Ignacio Amorós Rodríguez-Fraile (Madrid, 1986) es sacerdote y profesor universitario. Ha sido rector del Santuario de la Divina Misericordia de Maldonado-Punta del Este (Uruguay) y delegado de comunicación de la Diócesis de Maldonado-Punta del Este (Uruguay). Es cofundador y director de contenidos del canal de evangelización católico Se Buscan Rebeldes, colaborador de Word on Fire Institute en español y de Radio María España. Actualmente ejerce su ministerio sacerdotal en Madrid como capellán en la universidad CEU San Pablo. Es Doctor en Teología Sistemática: Moral y Espiritual por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, con un estudio teológico-espiritual del «Tengo sed» (Jn19,28) en santa Teresa de Calcuta y sus fundamentos bíblicos. Realizó una estancia académica en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma (2021). Además, es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por CUNEF (Colegio Universitario de Estudios Financieros, Universidad Complutense de Madrid, 2009).

Es autor de algunos libros como: Se buscan rebeldes… y luego que sea lo que Dios quiera (Rialp, 2018); El misterio de la sed de Jesús. Madre Teresa (Nueva Eva, 2020); Viacrucis de la misericordia. Para enamorarse de Dios (Nueva Eva, 2022); La revolución de Dios. La belleza de la fe católica hoy (Nueva Eva, 2022); «Tengo sed» (Jn 19,28). Fundamentos bíblicos y teológicos del carisma de santa Teresa de Calcuta y las Misioneras de la Caridad (Monte Carmelo, Burgos, 2022); Tocar a Dios. Los Sacramentos del Iglesia hoy (Nueva Eva, 2023); Un mundo dentro de ti (Palabra, 2025); New Age, Yoga y Oración Cristiana (2026). En 2007 comenzó Asociación Solidaria Universitaria, una ONG que realiza proyectos de cooperación y desarrollo en países como Burundi, Nicaragua, India y España, colaborando especialmente con las Misioneras de la Caridad. Ejerció como consultor y broker de derivados financieros, y en 2011 cofundó Tom Black, una empresa de importación textil y moda masculina.

¿Por qué un libro sobre la sanación de las heridas del corazón?

El libro nació de los retiros de misericordia que llevo años predicando junto a otros sacerdotes, religiosas y laicos. En cada uno pasaba lo mismo: al terminar la charla, la cola para hablar o confesarse se alargaba hasta la madrugada. Y casi nunca me preguntaban por cuestiones teóricas; me contaban sus heridas. Un padre que nunca estuvo, una traición, un aborto, una adicción que no consiguen dejar o un «no le importo a nadie» que llevaban años arrastrando en silencio.

Me di cuenta de que muchas personas viven con el corazón vendado de cualquier manera, a base de distracciones, pantallas y ruido. Hoy se habla muchísimo de heridas en las redes, en la psicología popular y en todas partes, pero casi nadie señala dónde está el Médico.

Ese es el centro del libro. Jesús se presentó a sí mismo así: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Mt 9,12). Los Padres de la Iglesia hablaban de Christus medicus, y san Agustín le llamaba «médico de lo más íntimo» (Confesiones X, 3, 4). No es una metáfora piadosa: es una manera de entender la redención entera. El Hijo de Dios no vino a dar un curso de autoayuda; vino a cargar con nuestras heridas para sanarlas desde dentro: «Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,24).

Por eso el subtítulo es una promesa del Apocalipsis: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). No digo que Dios vaya a borrar tu historia, digo que es capaz de hacerla nueva. Y eso, para una persona que piensa que lo suyo no tiene arreglo, le cambia la vida.

¿Qué relación guarda este trabajo con otros de sus libros sobre la Madre Teresa de Calcuta, el Viacrucis de la Misericordia o la belleza de Dios?

En el fondo, en el centro de todo, está la misericordia de Dios. Todo lo que he escrito gira alrededor de una sola certeza: Dios tiene sed de ti y te ama con locura tal como eres, y es capaz de hacer todo nuevo con su misericordia.

Con la Madre Teresa aprendí la palabra clave. Le dediqué mi tesis doctoral, «Tengo sed» (Jn 19,28), y descubrí que en su carisma todo se resume en esas dos palabras de Jesús en la cruz. Ella decía que la mayor pobreza no es el hambre de pan, sino el no sentirse querido. Eso es una herida, la más honda. En Sanar el corazón esa sed de Cristo vuelve a aparecer: el Dios que tiene sed de ti es el mismo que se arrodilla a curarte.

El Viacrucis de la misericordia es el reverso de este libro. Allí contemplaba las llagas de Cristo; aquí te invito a meter tus propias heridas dentro de las suyas. Cristo resucitado no se quitó las cicatrices, se las enseñó a Tomás (Jn 20,27). Las llagas gloriosas son la prueba de que una herida, puesta en sus manos, puede convertirse en fuente de vida.

Y la belleza también está muy presente. Un corazón herido se cierra a lo bello: lo ve todo gris. Cuando Dios sana, la persona vuelve a percibir la belleza de la creación, de los demás y de la propia vida. Por eso creo que la belleza es una gran puerta de evangelización: el corazón sanado vuelve a asombrarse.

¿Qué le pasó exactamente en su época de bróker, cuya experiencia ha enriquecido tanto este libro?

Antes del seminario estudié ADE y trabajé como bróker de derivados en Key Capital Partners. También fundé una marca de moda, Tom Black, y una ONG, ASU, que hoy es Komera. Visto desde fuera, era el chico al que todo le iba bien: buen trabajo, proyectos, amigos, planes.

Lo que aprendí en esos años me sirvió mucho para el libro. Mirando las pantallas de intermediación bursátil se ve muy claro que el corazón humano siempre adora algo. Si no es a Dios, es al dinero, al éxito, al reconocimiento o a la imagen. Y los ídolos funcionan siempre igual: te prometen vida y te la van quitando; te prometen libertad y te esclavizan. En el libro lo explico con la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). El chico se va con la herencia para vivir como un príncipe y acaba deseando las algarrobas de los cerdos. La libertad sin Dios no termina en libertad: termina en esclavitud.

Yo también tuve que «entrar en mí mismo», como dice el texto griego de Lc 15,17. Y descubrí lo que cuento en el libro: antes de entrar en el seminario, delante de una imagen de Jesús Misericordioso en una ermita de la Virgen en la sierra, experimenté que su amor me recogía, me levantaba y me restauraba. Desde aquella tarde, mi vida pertenece a Jesús.

Esa etapa me dejó una convicción que repito mucho a los universitarios: no te definen tus éxitos, ni tus fracasos, ni tus heridas. Te define ser amado misericordiosamente por Dios sin condiciones.

¿Por qué ve necesario prevenirnos del victimismo, de la falsa fortaleza y del relato?

Porque cuando uno empieza a mirarse el corazón con sinceridad, puede caer en tres trampas. Las tres parecen razonables y las tres dejan la herida sin sanar.

La primera es absolutizar la herida, es decir, convertirla en identidad. «Yo soy el que tuvo aquel padre» o «Yo soy la traicionada». La herida deja de ser algo que tengo y pasa a ser lo que soy. Ahí aparece el victimismo, que es muy sutil porque se disfraza de queja legítima. Una vez instalado lo justifica todo: no perdonar, no esforzarme o tratar mal a los que tengo cerca. Mientras sea víctima, no tengo que cambiar. Los Padres del desierto ya lo conocían; Evagrio Póntico lo contaba entre los logismoi, los pensamientos que merodean el corazón.

La segunda es banalizar la herida, que es la falsa fortaleza. «No me pasa nada», «Eso ya está superado» o «Hay gente peor». A veces se disfraza de estoicismo y a veces de rigidez religiosa: «un buen cristiano no debería sufrir». Es confundir la virtud con la dureza. Y una herida escondida no se cura: se infecta.

La tercera, muy de nuestro tiempo, es fabricar la herida, construirse un relato. Imaginar heridas que no se tuvieron o inflar las pequeñas hasta hacerlas traumas, porque hoy la herida otorga pertenencia y casi da personalidad. Entonces la pregunta interior cambia sin que uno se dé cuenta; ya no es «¿cómo me sano?», sino «¿quién sería yo sin esta herida?».

El camino cristiano consiste en mirar la herida con verdad, sin dramatismos y sin disimulos, y llevarla al Médico. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).

De los tres errores, ¿cuál es el que más ve en la gente joven hoy en día?

Quizás el relato y el victimismo.

Veo a muchos chicos y chicas que han aprendido a describirse con categorías de psicología de TikTok antes de haber aprendido a rezar. Saben qué es un «apego ansioso», tienen un «trauma» para cada cosa y una etiqueta para cada estado de ánimo. Algunas de esas heridas son reales y hay que tomarlas muy en serio, pero otras se han ido fabricando solas, alimentadas por videos y conversaciones en las que el que más ha sufrido es el que más encaja.

Y aquí hay una paradoja que me duele mucho porque la veo de cerca: nuestra cultura celebra mostrar la herida; las redes premian al que se exhibe vulnerable, pero esa misma cultura no tiene sitio para los heridos de verdad. Es una cultura del rendimiento que descarta al que se rompe, al que no produce o al que no se levanta rápido. Así, muchos jóvenes viven una doble presión: tienen que enseñar heridas para encajar, pero no pueden estar heridos de verdad sin quedarse fuera.

El relato suele ir de la mano del victimismo. En algunos chicos, sobre todo, aparece lo contrario: la falsa fortaleza del gimnasio, del «yo puedo con todo», de no llorar nunca. Pero lo más frecuente es el relato.

Los cristianos vamos en dirección contraria: ni convertimos la herida en bandera ni rechazamos al herido. Lo acogemos para llevarlo al Médico. A veces, lo más liberador del Evangelio no es sanar la herida que creías tener, sino descubrir que tu vida, mirada con la luz de Dios, no era tan oscura como te habías contado.

¿Por qué el primer paso es reconocer con honestidad la herida?

Porque nadie va al médico si cree que está sano. Lo dijo el propio Jesús y es de sentido común: lo que no se reconoce no se puede curar.

Para explicarlo uso mucho la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), leída como la leían los Padres de la Iglesia. El hombre que baja de Jerusalén a Jericó somos cada uno de nosotros, y sufre tres heridas que se van sumando. El despojo: le roban lo que es suyo (y a nosotros nos roban la inocencia, la paz, la confianza). El golpe: le cubren de heridas, como las palabras que cortan o la traición que parte por dentro. Y el abandono: le dejan medio muerto en la cuneta. Esta última es la herida más honda: la de pensar que no le importas a nadie.

Reconocer es ponerle nombre a lo que llevo dentro. Y conviene distinguir bien entre las heridas que he recibido y las que me he hecho yo con mis pecados. Hay quien carga durante años con una herida recibida como si fuera culpa suya, y no lo es. También hay quien se escuda en lo que le hicieron para no mirar lo que él hizo, y tampoco ayuda.

Pero hay un matiz decisivo: no se trata de hacer un autoanálisis a solas, que casi siempre confirma lo que ya queríamos creer. Se trata de sentarse delante del Señor, en silencio, y pedirle que te muestre la verdad de tu vida. Bajo su mirada, las heridas dejan de ahogar. Es la mirada del padre del pródigo, que lo ve de lejos y se le conmueven las entrañas (Lc 15,20).

Recuerdo a un hombre que conocí en una misión. Había pasado por el alcohol, por la cárcel, y su mujer le había dejado. Todo empezó el día en que, con la botella en la mano, escuchó a unos seminaristas hablar de la misericordia y se reconoció necesitado. Ese reconocimiento fue la primera grieta por donde entró la luz.

El siguiente paso es dejarse sanar… ¿Por qué no siempre es fácil dejar que el Señor nos sane?

Porque dejarse sanar exige soltar el control, y eso nos cuesta muchísimo.

Lo más difícil del camino cristiano no es esforzarse; es dejarse hacer. Estamos educados para resolverlo todo solos, para rendir, para no necesitar a nadie. Entonces intentamos curarnos a nosotros mismos con más voluntad, más técnicas y más propósitos. Pero hay heridas que no se cierran a base de fuerza de voluntad; solo se cierran cuando uno deja al Médico hacer su oficio.

Veo tres resistencias muy frecuentes. La primera es el orgullo: me humilla enseñar mi herida, también a Dios. La segunda es la desconfianza: en el fondo no me creo que Dios sea tan bueno, y lo imagino como un juez. Por eso en el libro dedico tanto espacio a la imagen del Padre misericordioso antes de entrar en los tres pasos. La tercera es más sutil: me he acostumbrado a mi herida. A veces una herida conocida da más seguridad que una libertad desconocida. Jesús le pregunta al paralítico de Betesda, que llevaba treinta y ocho años enfermo: «¿Quieres quedar sano?» (Jn 5,6). No es una pregunta retórica.

Y el Señor tiene sus caminos concretos para sanar. Sobre todo la confesión, que san Francisco de Sales llamaba «el trono de la misericordia»; la Eucaristía, que san Ignacio de Antioquía llamaba «medicina de inmortalidad» (Carta a los Efesios 20, 2); y la adoración. En el libro propongo algo muy sencillo: ponerte cinco minutos delante de un crucifijo, darle tu herida y decirle tres palabras: «Señor, curada en ti».

Lo dice el papa Francisco: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir su misericordia (Evangelii gaudium, 3).

Y luego está el paso de la confianza y del abandono, que tampoco es fácil, pero hay que animarse a experimentarlo…

La confianza es la forma cristiana de respirar, y es el recipiente donde se recibe la misericordia.

Santa Faustina lo resumió en unas pocas palabras que están al pie de la imagen de Jesús Misericordioso: «Jesús, en ti confío». Esa imagen me cambió la vida. Y santa Teresa de Lisieux lo dice de un modo precioso: lo que agrada a Dios es «verme amar mi pequeñez y mi pobreza, la esperanza ciega que tengo en su misericordia» (Carta 197). No dice «mis virtudes» ni «mis logros»; dice «mi pequeñez».

Confiar no es sentir. Muchas veces se confía con el corazón seco. En el libro hablo del Salmo 77: un hombre que no puede dormir, que piensa que Dios se ha olvidado de él y que, de pronto, toma una decisión: «Recuerdo las proezas del Señor» (Sal 77,12). Es un acto de voluntad. Cuando todo dice que Dios se ha ido, el creyente decide hacer memoria.

Yo lo vivo así. Hubo un momento en mi vocación, años después de mi conversión, de agotamiento y de demasiada confianza en mí mismo, en el que volvió la voz de siempre: «no lo mereces, es tarde para ti». Rezando la Liturgia de las Horas me atravesó una frase de Jeremías: «Con amor eterno te he amado, por eso prolongué mi misericordia» (Jr 31,3). Entendí que el amor de Dios no se gasta, que no fue un episodio: que es eterno.

Abandonarse es eso: dejar de sujetar el volante. Jean-Pierre de Caussade lo llamaba «el sacramento del momento presente». Y Benedicto XVI lo dijo el día que empezó su pontificado: quien deja entrar a Cristo no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. Animarse a confiar es atreverse a comprobarlo.

Me parece muy interesante la idea de los santos como «heridos sanados». En su caso, ¿cuál es el que más le ayuda con sus propias cicatrices?

Tengo que nombrar a dos mujeres, porque cada una me ayuda de un modo distinto.

La primera es santa Faustina. Leyendo su Diario descubrí la misericordia de Dios. No la idea, sino la realidad. Aquella religiosa polaca me abrió una puerta que no se ha cerrado nunca. Fue la imagen de Jesús Misericordioso que se me grabó leyéndola la que me esperaba en aquella ermita antes del seminario.

Pero la santa que más me acompaña con mis cicatrices es la Madre Teresa de Calcuta. He pasado años estudiándola y lo que más me impresiona no son sus obras, sino su herida escondida. Durante casi cincuenta años vivió una oscuridad interior durísima: sentía la ausencia de Dios. Lo sabemos por sus cartas, publicadas después de su muerte en Ven, sé mi luz. Y mientras tanto sonreía, servía a los moribundos y hablaba de Dios a todo el mundo. Llegó a decir que, si alguna vez fuera santa, sería la «santa de la oscuridad».

Me ayuda porque me enseña que una herida no tiene por qué desaparecer para ser fecunda. Ella no esperó a estar sanada para amar. Con su sed se unió a la sed de Cristo en la cruz, y desde ahí sació la de miles de personas.

En el libro también hablo de santa Josefina Bakhita, que llegó al cielo con sus ciento catorce cicatrices de esclava. No se las borraron: se las transfiguraron. Eso me da mucha paz. Mis cicatrices no son una vergüenza que haya que esconder. Puestas en las llagas de Cristo, son el lugar donde Dios ha mostrado su misericordia conmigo. No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro.

¿Se podría decir que, en cierta manera, todos tenemos heridas que sanar? ¿Cómo puede ayudar el libro a ello?

Sí, todos. El libro empieza precisamente reconociendo eso. Tener heridas no es ningún drama, ni un fracaso, ni una vergüenza; es lo propio de cualquier corazón que ha pasado por la vida real. El pecado original dejó una herida en la naturaleza humana (Catecismo de la Iglesia Católica, 405), y luego la vida, los demás y nuestros propios pecados van añadiendo las suyas. Lo raro sería no tener ninguna.

El libro no es un manual de terapia. Yo no soy terapeuta, y la psicología puede ayudar mucho cuando hace falta. Es un camino espiritual. Primero te pone bajo la mirada del Padre misericordioso. Después recorre los tres pasos: reconocer, dejarse sanar y confiar. Luego te lleva a los sacramentos, donde el Médico se deja tocar. Te enseña a permanecer sanado, a aprovechar las propias caídas sin asustarte. Y termina en la misión, porque un corazón sanado se desborda hacia los demás. Al final, tú mismo te conviertes en buen samaritano: «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).

Cada capítulo acaba con preguntas para meditar, y está pensado para leerse despacio, mejor delante del Sagrario.

Si el lector se queda con tres convicciones, el libro habrá cumplido su misión: que tiene un Padre que es todo misericordia; que no le definen sus heridas, sino ser amado por Dios sin condiciones; y que nunca es tarde, porque Él hace nuevas todas las cosas.

Y no lo olvides: Dios te quiere… y te quiere feliz.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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