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Pues sí, ahora que las “niñas comunistas” (Irene Montero, Ione Belarra, Yolanda Díaz y otras desconocidas hasta en su casa) están poniendo de moda el comunismo y hasta viajan a costa de los “cobardicas españoles” (Núñez Feijóo y compañía) a Estados Unidos para darse un garbeo por Manhattan y comprarse ropa interior en la Quinta Avenida otros, este viejo en concreto, nos hemos pasado el fin de semana leyendo, encerrado en un apartamento de 60 metros cuadrados una obra increíble, que no conocía y que me ha puesto la carne de gallina. ¿Cómo es posible que de esa obra apenas sí se haya hablado o se hable en España?
Se trata de “El gran terror. Las purgas de Stalin de los años 30” (edición 1968) del Profesor Universitario Robert Conquest, Doctor por Hardward y Conferenciante asiduo del “Chichester college” Oxford y Cambridge, en la que se narra con todo lujo de detalle lo que fueron “Las purgas de Stalin”, y aquel holocausto que arrastró a la muerte a más de 15 millones de rusos, entre 1933 y 1939 (aunque el Premio Nobel Solzhenitsyn en su “Archipiélago Gulag, Un día en la vida de Iván Denísovich” habla de más de 30 millones, aunque naturalmente, incluyendo la II Guerra Mundial.
La obra de Conquest es el mayor alegato contra lo que fue y son las dictaduras comunistas. Por su interés voy a tratar de resumirlas para los lectores de “El Correo de España” y para los “cobardicas moderados” que todavía piensan que los comunistas pueden ser demócratas y defensores de los pactos y el dialogo.
El propio autor de “El terror de Stalin” escribe en el “Pre-facio”:
Es un particularmente apropiado momento para colocar ante el público una reevaluación de El Gran Terror, que avasalló a la Unión Soviética en la década de 1930.
Primero, nosotros tenemos ahora suficiente información para establecer casi todo eliminando cualquier disputa. Segundo, El Terror, es, en el presente inmediato de la década de 1990, un asunto político y humano en la URSS. Esto quiere decir, es la más asombrosa, la más crítica, y la más importante agenda del mundo de hoy.
Mi libro El Gran Terror fue escrito hace veinte años (aunque cierta cantidad de material adicional entró en ediciones publicadas a comienzos de la década de 1970).
El breve período de la revelación Krushcheviana había proporcionado suficiente nueva evidencia, en conjunto con la masa de reportes no-oficiales anteriores, para darle a la historia del período detalles considerables y mutuamente confirmatorios. Sin embargo, había mucho que permanecía como deducción, y hubo vacíos ocasionales, o inadecuadamente verificadas probabilidades, que hacían imposible la certidumbre.
Durante los años desde entonces, El Gran Terror se mantuvo como el único completo registro histórico del período –como de hecho, lo hace hasta el día de hoy. Fue recibido como tal, no sólo en Occidente sino también en la mayoría de los círculos en la Unión Soviética. Yo rara vez conocí a un funcionario, académico (o emigrado) soviético, que no lo hubiese leído en inglés, o en una edición rusa publicada en Florencia, o en samizdat [1]; tampoco ninguno de ellos cuestiona su exactitud en general, aún si es capaz de corregir o enmendar unos pocos detalles.
Moscow News últimamente notó que la edición rusa de ultramar había ―llegado a través de canales no-oficiales a la Unión Soviética, y rápidamente circuló entre la intelligentsia, y fue valorada por ellos como una de las más significativas investigaciones extranjeras de la historia soviética‖. Y finalmente, fue publicado por capítulos en el periódico político-literario soviético, Neva en 1989-1990, marcando una confirmación adecuada del status del libro. Pero no meramente su status como un trabajo de historia: el editor en jefe de Neva (quien es también un Diputado del Pueblo), mientras lo describe como ―por mucho la más seria‖ investigación del período, añade que Neva ―lucha por promover la creación del imperio de la ley y la profundización de la democracia en nuestra sociedad. Nosotros consideramos que el trabajo de R. Conquest desarrolla precisamente esta idea‖.
Pero El Gran Terror ha estado fuera de imprenta por un número de años, y mucho nuevo material se ha mientras tanto acumulado: primero en los escritos en samizdat de finales de la década de 1970 y comienzos de 1980, y después desde 1987 en adelante, en una masa de nueva evidencia en publicaciones soviéticas del período del Glasnost.
El Gran Terror, todavía tiene que depender en gran medida de material proporcionado por emigrados, desertores, y otro material no-oficial. Al igual que con la escritura de historia antigua, era un asunto de balancear y evaluar material incompleto, parcial y desequilibrado— y no, como en el caso de escribir historia occidental moderna, el despliegue, adicionalmente a éstos, de archivos oficiales adecuados y creíbles. Alguna información estaba, por supuesto, disponible en fuentes oficiales soviéticas del período, pero todos los principales hechos habían sido falsificados o suprimidos en gran escala; y la contribución kruscheviana, aunque de gran importancia, estaba lejos de ser exhaustiva o decisiva.
Yo imprimí en El Gran Terror una larga nota bibliográfica, en la cual expliqué porqué y hasta cual punto yo aceptaba (no siempre en cada detalle), el material de Nicolaevsky, Orlov, Barmine, Krivitsky, Weissberg, y otro material publicado en Occidente.
Ya que tales recuentos han sido ahora abrumadoramente confirmados en recientes publicaciones soviéticas, no se ha pensado necesario imprimir tal nota en el presente libro, porque él aparece en el período cuando Glasnost ha confirmado la exactitud general de tal testimonio y colocado los largamente suprimidos hechos de El Terror más allá de cualquier seria controversia.
Es cierto, que esto todavía, cuando escribo, no ha sido hecho sistemáticamente, sino en una serie de artículos dispersos. Pero éstos se han acumulado suficientemente para hacer una completa reevaluación del El Gran Terror, tanto útil, como necesaria. Esto es especialmente cierto de eventos específicos como el Juicio Tukhachevsky; el ―Pleno Febrero- Marzo‖ de 1937; el destino de Yezhov; los desarrollos a finales de 1936, y fenómenos similarmente importantes.
Aún así, mientras el nuevo material extiende nuestro conocimiento, él confirma la solidez general del recuento proporcionado por El Gran Terror. Y, mientras en esta reevaluación yo he sido en consecuencia capaz de proporcionar un recuento grandemente mejorado de esos años, no he hecho ningún cambio por el sólo hecho de hacerlo.
En la preparación de este libro, le debo mi agradecimiento sobre todo al Profesor Stephen F. Cohen y al Dr. Mikhail Bernstam; a Nancy Lane, por ayuda y estímulo sin fin; a Irene Pavitt, por sus habilidades editoriales; a Kate Mosse; a Delano DuGarm, por irremplazable investigación y otra asistencia; a Semyon Lyandres; a Susan Rupp; una vez más a Amy Desai, por su siempre admirable labor secretarial; al Programa John Olin para el Estudio de la Unión Soviética y Europa Oriental de la Hoover Institution; y, como siempre, a mi esposa.
C.
Stanford Enero de 1990
LAS RAÍCES DEL TERROR
EL PARTIDO DE LENIN
El Gran Terror de 1936 a 1938 no salió de la nada. Al igual que cualquier otro fenómeno histórico, tuvo sus raíces en el pasado. Sin duda sería equivocado argumentar que éste surgió inevitablemente de la naturaleza de la sociedad soviética y del Partido Comunista. El, fue en sí mismo un medio de forzar el cambio violento sobre esa sociedad y ese partido. Pero al mismo tiempo, no podría haber sido lanzado excepto contra el extraordinario telón de fondo idiosincrásico del gobierno Bolchevique; y sus especiales características. Algunas de ellas difícilmente creíbles para mentes extranjeras, se derivan de una tradición específica.
A las ideas dominantes del período de Stalin, la evolución de los oposicionistas, las mismísimas confesiones durante los grandes juicios-espectáculo, difícilmente puede seguírseles la pista, sin considerar, no tanto la totalidad del pasado soviético, sino el desarrollo del Partido, la consolidación de la dictadura, los movimientos sectarios, el ascenso de los individuos, y la emergencia de medidas económicas extremas.
Después de su primer accidente cerebro-vascular del 26 de mayo de 1922, Lenin, cortado hasta cierto punto de las cercanías de la vida política, contemplaba los inesperados defectos que habían surgido en la revolución que él había hecho.
El ya le había remarcado, a los delegados del Xmo Congreso del Partido, en marzo de 1921, ―Nosotros hemos fallado en convencer a las amplias masas‖. El se había sentido obligado a excusar la baja calidad de muchos miembros del Partido: ―Ningún movimiento profundo y popular en toda la historia, ha tenido lugar sin su cuota de suciedad, sin aventureros y testaferros, sin elementos pedantes y ruidosos… Un partido gobernante inevitablemente atrae oportunistas‖. El había notado que el Estado Soviético tenía ―muchas deformidades burocráticas‖, hablando de ―que ese mismo aparato ruso… tomó prestado del zarismo y apenas lo cubrió con una delgada capa soviética‖. Y justamente antes de su accidente cerebro-vascular él había notado ―la prevalencia de personales malicias y rencores vengativos‖ en los comités a cargo de purgar al Partido‖.
Poco después de su recuperación de su primer accidente cerebro-vascular, él estaba remarcando ―Nosotros estamos viviendo en un mar de ilegalidad‖, y observando, ―Las semillas en la espiga comunista carecen de cultura general‖; la cultura de las clases medias en Rusia era ―desconsiderada, degradada, pero en cualquier caso, mayor que la de nuestros responsables comunistas‖. En el otoño, él estaba criticando el descuido y el parasitismo, e inventó frases especiales para las pedanterías y las mentiras de los comunistas: ―Com- pedanterías y Com-mentiras‖.
En su ausencia, sus subordinados estaban actuando más inaceptablemente que nunca. Sus críticas, hasta ahora, habían sido reservas ocasionales murmuradas en los intervalos de la azarosa actividad política y gubernamental. Ahora ellas se habían convertido en su preocupación principal. El halló que Stalin, a quien como Secretario General él había confiado la maquinaria del Partido en 1921, estaba persiguiendo incansablemente al Partido
en Georgia. El emisario de Stalin, Ordzhonikidze, hasta había golpeado al líder comunista de Georgia, Kabanidze. Lenin estaba a favor de una política de conciliación con Georgia, donde la población era sólidamente anti-Bolchevique y apenas acababa de perder su independencia ante un asalto del Ejército Rojo. El argumentó fuertemente en contra de Stalin.
Fue en ese momento cuando él escribió su ―Testamento‖. En el, él dejó claro que desde su punto de vista, Stalin era, después de Trotsky, el líder ―más capaz‖ del Comité Central; y lo criticó, no como lo hizo con Trotsky (por una ―demasiado extendida auto confianza y una disposición a estar muy atraído por puramente el lado administrativo de los asuntos‖), sino solamente por haber ―concentrado un enorme poder en sus manos‖ que él no estaba seguro que Stalin siempre sabría como usar con ―suficiente precaución‖. Unos pocos días después, Stalin había usado un lenguaje obsceno y amenazado a la esposa de Lenin, Krupskaya, en conexión con la intervención de Lenin en el asunto georgiano. Lenin añadió una posdata al Testamento recomendando la remoción de Stalin de la Secretaría General por su rudeza y caprichos—por ser esas características incompatibles; sin embargo, sólo en relación con ese cargo en particular. Con todo, las reservas hechas sobre Trotsky deben parecer más serias cuando ellas se relacionan a la política propiamente dicha, y su ―habilidad‖ para ser un ejecutor administrativo en vez de un líder potencial en todo su derecho. Sólo es justo añadir, que fue a Trotsky a quien Lenin acudió por apoyo en sus últimos intentos para influenciar en las políticas; pero Trotsky falló en llevar a cabo los deseos de Lenin.
El Testamento, estaba relacionado con evitar una separación entre Trotsky y Stalin. La solución propuesta—un incremento del tamaño del Comité Central—fue fútil. En sus últimos artículos, Lenin se dedicó a atacar ―al desgobierno burocrático y al deseo de imponer la voluntad propia‖, habló de la condición de la maquinaria del Estado como ―repugnante‖, y concluyó apesumbradamente, ―Nosotros carecemos de suficiente civilización que nos capacite para pasar derecho al Socialismo a pesar de que tenemos los requisitos políticos‖.
―Los requisitos políticos…‖—pero éstos eran precisamente la actividad del Partido y del liderazgo gubernamental que él estaba condenando en la práctica.
Durante los pasados años él personalmente había lanzado el sistema de gobierno por un partido centralizado en contra—si fuese necesario, de todas las otras fuerzas sociales. El había creado a los Bolcheviques, el nuevo tipo de partido, centralizado y disciplinado, en primer lugar. El había preservado su identidad en 1917, cuando antes de su llegada desde el exilio, los líderes bolcheviques se habían alineado ellos mismos en un curso de conciliación con el resto de la Revolución. Existe poca duda de que sin él, los Social Demócratas se hubieran reunificado y hubieran adoptado la posición normal de tal movimiento en el Estado. En vez de eso, él había mantenido intactos a los bolcheviques, y luego buscó y ganó el poder para ellos solos—de nuevo en contra de mucha resistencia de sus propios seguidores.
Está claro en los reportes de la reunión del Comité Central nueve días antes de la Revolución de Octubre de 1917, que la idea del alzamiento ―no era popular‖, que ―las masas recibieron nuestro llamado con perplejidad‖. Hasta los reportes de la mayoría de las guarniciones fueron tibios. La toma del poder fue, de hecho, una operación casi puramente militar, llevada a cabo por un pequeño número de Guardias Rojos, sólo parcialmente por las fábricas, y un bastante grande grupo de soldados bolcheviques. Las masas trabajadoras fueron neutrales.
Entonces, y en la Guerra Civil que siguió, con atrevimiento y disciplina, unos pocos miles de camaradas se impusieron ellos mismos sobre Rusia, en contra los variados representantes de todas las tendencias políticas y sociales, y con el cierto prospecto de aniquilación unida si ellos fallaban.
Los ―Viejos Bolcheviques‖ entre ellos tenían el prestigio de los años de la clandestinidad, y la evidente visión a largo plazo que los había conducido a ellos a formar tal partido, le dio a ellos un caché especial: el mito de El Partido; y la fuente de sus cuadros dirigentes, justo hasta mediados de la década de 1930, fue la lucha clandestina.
Pero la fuerza vital que formó a aquellos preocupados por un Partido controlador del poder, fue la Guerra Civil, la lucha por el poder. Ella transformó al nuevo partido de masas en una endurecida y experimentada maquinaria en la cual la lealtad a la organización estaba por encima de cualquier otra consideración.
Cuando la Guerra Civil finalizó, los Mencheviques y los Socialistas Revolucionarios, comenzaron a ganar terreno rápidamente. Los miembros de los sindicatos se alejaron de los Bolcheviques. Y a medida que el fracaso del primer intento de imponer un estricto control de la economía por parte del Estado se hizo obvio, Lenin comenzó a darse cuenta que continuar con esa línea conduciría a la ruina. El determinó la retirada económica de lo que iba a ser la Nueva Política Económica. Pero con esta admisión de que los Bolcheviques habían estado equivocados, se abrió la vía para partidos moderados, hacia los cuales ya los trabajadores estaban acudiendo, para reclamar poder político.
En el Xmo Congreso del Partido, en mayo de 1921, Radek, con mucha más franqueza que Lenin, puso los puntos sobre la íes al explicar que si los Mencheviques eran dejados a su libre albedrío, ahora que los Comunistas habían adoptado su política, ellos demandarían poder político; mientras que conceder libertad a los Socialistas Revolucionarios cuando la ―enorme masa‖ de campesinos era opuesta a los Comunistas, sería suicidio. Ambos, ahora tenían que ser, o completamente legalizados, o completamente suprimidos. El último curso fue naturalmente seleccionado.
El Partido Menchevique, que había operado bajo enormes desventajas pero no había sido completamente ilegalizado, fue finalmente aplastado. Siguieron los Socialistas Revolucionarios, recibiendo el golpe mortal en el juicio a sus líderes en 1922.
Dentro del mismo Partido Comunista, centros de descontento, hasta cierto punto ligados a los sentimientos de los trabajadores, se habían conformado: los Centralistas Democráticos, liderados por Sapronov; y la Oposición de los Trabajadores, liderados por Shlyapnikov. El último estaba a favor de por lo menos libertad de discusión dentro del Partido, y ambos se oponían a la creciente burocratización—aunque a menudo contra la oposición comunista, Lenin fue capaz de preguntar a Shlyapnikov y a sus seguidores, porqué ellos no habían sido unos oponentes tan incisivos de la burocracia del partido cuando ellos mismos ocupaban cargos en el Gabinete.
En el Xmo Congreso del Partido, Lenin había repentinamente introducido dos resoluciones prohibiendo la formación de tales grupos, o ―facciones‖, dentro del Partido. A partir de ese momento, la Policía Secreta se dedicó a suprimir grupos aún más radicales que rehusaban desbandarse. Pero su jefe, Dzerzhinsky, halló que hasta muchos miembros leales del Partido consideraban a aquellos que pertenecían a tales grupos como camaradas, y se rehusaban a testificar en contra de ellos. El fue hasta el Politburó para obtener una decisión oficial de que era la tarea oficial de cada miembro del Partido, denunciar a otros miembros del Partido que se involucraban en agitación contra el liderazgo. Trotsky señaló, que por supuesto, era una obligación ―elemental‖ de los miembros, denunciar a los elementos hostiles de las ramas del Partido.
El grupo ilegal ―Verdad de los Trabajadores‖ comenzó emitiendo a finales de 1922, proclamaciones atacando a la ―nueva burguesía‖; hablando de ―el golfo entre el Partido y los trabajadores‖; de ―explotación implacable‖. La clase, añadían ellos, que se suponía que debería estar ejerciendo la dictadura, estaba ―de hecho deprimida de los más elementales derechos políticos‖. Y de hecho el Partido, que había aplastado a los partidos de oposición y había abiertamente negado los derechos a la mayoría no-proletaria en nombre de la lucha de clases del proletariado, estaba al borde de romper su último significativo vínculo con una lealtad fuera de sí mismo.
Cuando la Asamblea Constituyente, con su muy grande mayoría anti-Bolchevique, fue dispersada a la fuerza en enero de 1918, casi tan pronto como se reunió, Lenin había proclamado abiertamente que ―los trabajadores‖ no se someterían a una mayoría ―campesina‖. Pero tan temprano como 1919 él halló necesario remarcar que ―nosotros no reconocemos, ni libertad, ni igualdad, tampoco democracia laboral (itálicas del autor] si ellas son opuestas a los intereses de la emancipación de la mano de obra de la opresión del capital‖. En general, la misma clase trabajadora comenzó a ser considerada como no- confiable. Lenin insistió que la ―violencia revolucionaria‖ también era esencial contra los
elementos bajos de las masas trabajadoras que fallaban o estaban sin control‖. El Comunista de ala derecha, Ryazanov, lo regañó. Si el proletariado estaba siendo disminuido con elementos no-confiables ¿En quienes nos apoyaremos?.
La respuesta esperada era—sólo en el Partido. A comienzos de 1921 se había hecho obvio que los trabajadores se oponían al Partido. Karl Radek, dirigiéndose a los cadetes del Colegio de Guerra, puso el caso claramente:
El Partido es la vanguardia políticamente consciente de la clase trabajadora. Nosotros estamos ahora en un punto donde los trabajadores, al final de su aguante, se rehúsan a seguir más a una vanguardia que los conduce a la batalla y al sacrificio… ¿Debemos nosotros ceder a los clamores de los trabajadores que han llegado al límite de sus paciencias pero que no entienden sus verdaderos intereses como lo hacemos nosotros?. Su estado mental es, al presente, francamente reaccionario. Pero el Partido ha decidido que nosotros no debemos ceder, que nosotros debemos imponer nuestra voluntad hasta la victoria sobre nuestros exhaustos y descorazonados seguidores‖.
La crisis llegó en 1921, cuando una ola de huelgas y protestas barrió Petrogrado, y culminó en la revuelta de marzo de la base naval de Kronstadt.
Kronstadt vio al Partido alineado finalmente contra el pueblo. Hasta los Centralistas Democráticos y la Oposición de los Trabajadores, se lanzaron a sí mismos a la batalla contra los marineros y los trabajadores. Cuando llegó al punto, la lealtad al Partido se reveló a sí misma, como el supremo motivo.
La guerra era librada abiertamente con la idea de un socialismo radical libertario, de una democracia proletaria. En el otro lado, sólo quedaba la idea del Partido.
El Partido, cercenado de su justificación social, ahora descansaba sólo sobre dogmas.
Se había convertido, en la forma más clásica, en un ejemplo de secta, un fanatismo. El asumía, que el apoyo popular o proletario, podía descartarse, y la sola integridad de motivo sería adecuada; justificaría cualquier cosa en el largo plazo.
En consecuencia, la mística del Partido se desarrolló a medida que el Partido se hizo consciente de su aislamiento. Al principio, el había ―representado‖ al proletariado ruso. Aún cuando ese proletariado daba señales de flaqueza, el Partido todavía lo ―representaba‖ como una avanzada de un proletariado mundial, con cuyas organizaciones el se uniría en poco tiempo, cuando la Revolución Mundial, ó la Revolución Europea, fuese completada.
Sólo cuando las revoluciones en Occidente fracasaron en madurar, fue cuando el Partido fue en forma completamente evidente, dejado representando a nadie, o no a muchos en el mundo actual. El ahora sentía que representaba no tanto al proletariado ruso tal cual
existía, sino a los futuros y reales intereses de ese proletariado. Su justificación ya no
provenía de la política de la actualidad, sino de la política de las profecías. De su seno interior, de las ideas en las mentes de sus miembros líderes, emanaban las fuentes de su lealtad y solidaridad.
Adicionalmente, Lenin había establecido dentro del Partido todas las semillas de una actitud burocrática centralizada. El Secretariado, mucho antes de que fuera asumido por Stalin, estaba transfiriendo a funcionarios del Partido por razones políticas. Sapronov había notado que los comités locales del Partido estaban siendo transformados en cuerpos designados, y él firmemente, le planteó el asunto a Lenin: ―¿Quién designará al Comité Central?. Quizás las cosas no lleguen a ese estado, pero si lo hiciesen, la Revolución habrá sido perdida en un juego‖.
Al destruir la tendencia ―democrática‖ dentro del Partido Comunista, Lenin en efecto lanzó el juego a los manipuladores de la maquinaria del Partido. De allí en adelante, el aparato iba a ser primero la más poderosa y después la única fuerza dentro del Partido.
La respuesta a la pregunta ―¿Quién gobernará a Rusia? Se convirtió simplemente en
―¿Quién ganará la pelea entre facciones confinada a una estrecha sección del liderazgo?‖. Los candidatos al poder ya habían mostrado su cartas.
Cuando Lenin yacía en la penumbra de la larga declinación desde su último accidente cerebro-vascular, luchando por corregir todo esto, ellos ya estaban enfrascados en el primer round de la lucha que culminaría en La Gran Purga.
Arrestos y condenas de la policía secreta (OGPU, NKVD), 1930-193910
Año
Arrestos
Condenados
Condenas
Ejecutados
A campos y prisión
Exilio
Otros
1930
331.544
208.069
20.201
114.443
58.816
14.609
1931
479.065
180.696
10.651
105.683
63.269
1.093
1932
410.433
141.919
2728
73.946
36.017
29.228
1933
505.256
239.664
2154
138.903
54.262
44.345
1934
205.173
78.999
2056
59.451
5994
11.498
1935
193.083
267.076
1229
185.846
33.601
46.400
1936
131.168
274.670
1118
219.418
23.719
30.415
1937
939.750
790.665
353.074
429.311
1366
6914
1938
638.509
554.258
328.618
205.509
16.842
3289
1939
2552
54.666
3783
2888
Sin embargo lo más valioso de la obra de Robert Conquest es la documentación que ofrece, que no ha podido ser rebatida ni por las propias organizaciones comunistas ni por la “Agit-pro”. Como podremos ver en días siguientes.
Autor

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Periodista y Miembro de la REAL academia de Córdoba.
Nació en la localidad cordobesa de Nueva Carteya en 1940.
Fue redactor del diario Arriba, redactor-jefe del Diario SP, subdirector del diario Pueblo y director de la agencia de noticias Pyresa.
En 1978 adquirió una parte de las acciones del diario El Imparcial y pasó a ejercer como su director.
En julio de 1979 abandonó la redacción de El Imparcial junto a Fernando Latorre de Félez.
Unos meses después, en diciembre, fue nombrado director del Diario de Barcelona.
Fue fundador del semanario El Heraldo Español, cuyo primer número salió a la calle el 1 de abril de 1980 y del cual fue director.
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