15/08/2026 05:30

En la Biblia encontramos las siguientes reflexiones que enmarcan de maravilla el tema de la amistad, que nos disponemos a tratar:

«Un amigo fiel es protección poderosa,

quien lo encuentra, halla un tesoro.

Un amigo fiel no tiene precio,

es de incalculable valor.

Un amigo fiel es medicina que salva,

lo encontrarán los que temen al Señor».

(Libro del Eclesiástico: 6, 14 – 16)

La Sagrada Escritura nos ilustra de manera nítida respecto a los bienes que recibimos cuando tenemos un amigo leal: protección y apoyo incondicional, también en los momentos de adversidad. Por eso, contar con una amistad verdadera es tan valioso como descubrir un tesoro de gran valor que no se puede pagar con dinero. La amistad verdadera, acaba diciendo el texto del Eclesiástico, es un regalo que Dios tiene reservado a quienes le honran.

Entre muchos autores que tratan de manera excelente el tema de la amistad, elijo a J.R.R. Tolkien y a su amigo C. S. Lewis como principales inspiradores para abordar esta virtud. Dado que hay mucho de lo que hablar, dedicaré un artículo a cada uno.

«Un amigo leal tiene valor más allá de la medida», escribió J.R.R. Tolkien. En el conmovedor episodio de “El Señor de los Anillos” que va a continuación, nos dejó bien escenificada la idea.

Frodo ha resuelto viajar a Mordor en solitario para llevar a término la misión que le fue confiada en el Concilio de Elrond: destruir el Anillo de Poder en la Montaña del Destino, lugar donde lo forjó Sauron. Tiene la certeza de que destruir el Anillo de Poder es la única manera de preservar la libertad de los Pueblos de la Tierra Media: Elfos, Hombres, Enanos y Hobbits. Por eso, está firmemente decidido a llevarla a cabo, cueste lo que cueste, aunque, consciente de su pequeñez, ya advirtió a quienes le encomendaron la misión: «Yo llevaré el Anillo, aunque no sé cómo». Y Sam, que ha intuido el plan de su Amo y amigo, tiene también la voluntad inquebrantable de acompañarle, sea cual sea el precio que haya de pagar.

Ahora imagina que estás oculto entre los arbustos, en la orilla del lago. Deja volar libremente tu imaginación y déjate sorprender con lo que ves y lo que oyes.

—¡Tendrá pues que volver a los botes! -se dijo, deteniéndose un momento para pensar- ¡A los botes! ¡Corre hacia los botes, Sam, como un rayo!

Dio media vuelta y bajó a saltos el sendero hasta llegar al borde del prado de Parth Galen, junto a la orilla donde habían sacado las barcas del agua. De repente, se quedó inmóvil y boquiabierto al observar que una embarcación se deslizaba sola cuesta abajo, hasta entrar en el agua.

—¡Ya voy, señor Frodo! ¡Ya voy! —gritó Sam—, y se tiró desde la orilla con las manos tendidas hacia la barca que partía, cayendo de cabeza a una yarda de la borda en el agua profunda y rápida.

—¿Qué haces, Sam? —se oyó el gritó de Frodo, desde la barca vacía [Frodo llevaba puesto el Anillo de Poder para no ser visto en su partida]—. ¡Que no sabes nadar!

Sam subió a la superficie debatiéndose.

—¡Sálveme, señor Frodo! Estoy ahogándome —jadeó Sam.

Frodo llegó justo a tiempo para tomarlo por los cabellos.

—¡Tómame la mano! —dijo Frodo.

—No la veo —repuso Sam.

—Aquí está. Quédate derecho y no te sacudas, o volcarás el bote. Aférrate a la borda, ¡y déjame usar la pala!

Frodo llevó la barca a la orilla y Sam pudo salir arrastrándose, mojado como una rata de agua.

Frodo volvió a pisar tierra firme y, sacándose el Anillo, reprochó a Sam que se hubiera interpuesto en sus planes. Sam, temblando de pies a cabeza, se defendió alegando que la idea de verle partir solo le resultaba insoportable.

—Si yo no hubiese adivinado la verdad —dijo Sam—, ¿dónde estaría usted ahora?

—A salvo y en camino —repuso Frodo.

—¡A salvo! —dijo Sam—. ¿Solo y sin mi ayuda?, sería mi muerte.

—Pero voy a Mordor —exclamó Frodo.

—Lo sé de sobra, señor Frodo. Y yo iré con usted.

Frodo trató de disuadirlo aduciendo que los otros podían volver en cualquier instante, lo cual le obligaría a dar explicaciones, y ya nunca tendría el ánimo o la posibilidad de irse.

—¡He de partir enseguida, Sam. ¡No hay otro modo!

—Si, ya lo sé, —dijo Sam—. Pero no solo. Voy yo también, o ninguno de los dos. Antes desfondaré todas las barcas.

Frodo rió con ganas. Sentía en el corazón un calor y una alegría repentinas.

—¡Deja una! —dijo—. La necesitaremos. Pero no puedes venir así, sin equipo ni comida ni nada.

—¡Un momento nada más y traeré mis cosas! —exclamó Sam animado—. Todo está listo. Pensé que partiríamos hoy.

—¡He aquí todo mi plan estropeado! —dijo Frodo, estando ya los dos en el bote y navegando a Mordor—. Imposible escapar de ti. ¡Pero estoy contento, Sam, muy contento!

—Hice una promesa, Sr. Frodo —dijo Sam— ¡Una promesa!

—No le abandones, Samsagaz Gamyi, me pidió Galdalf.

—¡Y no pienso hacerlo! ¡No pienso hacerlo, Sr. Frodo!

Frodo abraza a Sam, llorando y emocionado.

—¡Oh, Sam! ¡Me alegro de que estés conmigo! —añadió Frodo, cambiando el gesto de preocupación a sonriente—.

En esta escena, muy bien representada por Peter Jackson al final de “La Comunidad del Anillo”, seguro que has captado algunas de las lecciones que Tolkien nos deja muy claras sobre la auténtica amistad: la intimidad con el amigo te permite adivinar de qué manera le puedes ayudar; el amor que sientes por tu amigo te hace decidido a estar a su lado cuando pasa por dificultades o le acecha algún peligro, y a compartir tanto sus penas como sus alegrías. También comprendemos que nos es muy grata la compañía del amigo —a los amigos—: cuando tenemos algo que celebrar, nos sentimos mejor y las dificultades nos parecen más llevaderas.

Hacer amigos y cuidar las amistades.

Tener amigos es una bendición, un regalo, una riqueza a la que ningún hombre es tan pobre como para no poder aspirar; además, los amigos son una ayuda imprescindible para ser felices en nuestras relaciones sociales y alcanzar nuestros objetivos. Recordemos: «los envió de dos en dos» (Lc 10,1). Por eso, es de gran interés reflexionar sobre la amistad, a fin de poder ayudar a los hijos y alumnos a forjar buenas amistades y a saber cuidarlas; es decir, para que aprendan a ser buenos amigos de sus amigos.

La amistad, que puede comenzar de muy diversas maneras y en muy variadas circunstancias —con frecuencia, surge entre dos o más compañeros cuando toman conciencia de que tienen cosas en común: lugar de procedencia, ideas, intereses, aficiones—, para que se consolide, exige ejercitar muchas virtudes: sinceridad, lealtad, desinterés, alegría, servicio, generosidad, comprensión…, que hemos de procurar que desarrollen nuestros hijos y alumnos.

La dedicación de tiempo, ese bien tan escaso, pero que parece aumentar en la medida en que se dedica a los demás, es otra exigencia de la amistad.

En la amistad no hay exigencias ni la sombra de necesidad alguna: nada me obliga a ser amigo de nadie y ningún otro ser humano tiene el deber de ser amigo mío.

Cuando se presenta la ocasión de ayudar a un amigo que pasa por un apuro, le ayudamos sin vacilación alguna, pero no levantamos acta de esa acción; el que ha prestado el servicio nunca pasará factura por ello. La recompensa es la satisfacción de haber estado al lado del amigo.

Pueden darse discrepancias entre amigos, y se dan, incluso en temas importantes, como las creencias, por ejemplo. Y eso también es enriquecedor.

Las dificultades, que antes o después siempre acaban apareciendo, lejos de debilitar la amistad, por el contrario, la van engrandeciendo y los lazos se hacen más fuertes. Esto es algo que Tolkien quiere dejar claro en la escena narrada de la amistad entre Sam y Frodo. En tiempos de conflicto, el perdón y la amistad son lo que salva el mundo, motivado por un poder antiguo, místico, muchas veces olvidado: el amor.

En este punto, quiero expresar brevemente mi agradecimiento a tantos buenos amigos por la gran riqueza de favores, ayudas y beneficios que he recibido de ellos; porque he sido muy feliz, y lo sigo siendo, disfrutando de su compañía; y por lo mucho que nos hemos reído y nos hemos divertido juntos. Muchas gracias, queridos amigos.

Algunas cuestiones a vigilar.

¿Qué hacer cuando observamos que una chica no tiene amigas, o un chico no hace amigos? Este es un asunto muy importante que deben estudiar en serio padres, profesoras y profesores. Encontrar pistas interesantes para superar esta carencia de la chica o del chico, fijándonos en cómo está pendiente de ayudar a los demás y cómo vive la empatía, el respeto, la honestidad, la lealtad… No perdamos de vista que la amistad es fundamental en el proceso de desarrollo evolutivo y en la socialización de niños y adolescentes/jóvenes.

Por otro lado, para evitar decepciones, debemos aclarar que hay seres nocivos que no buscan la amistad, sino que sólo quieren conseguir amigos. Cuando la sincera respuesta a la pregunta: “¿Ves la misma cosa que yo?” es “No veo nada, ni me importa, porque lo que yo quiero es un amigo”, es imposible que pueda nacer amistad alguna, porque la amistad tiene que construirse sobre algo que se comparte, aunque sólo sea la afición por los videojuegos. Los que no tienen nada no pueden compartir nada; los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta. La amistad nunca se puede imponer; se brinda al otro y se cultiva día a día.

En nuestro tiempo, no obstante, es necesario aclarar que no se puede llamar amistad a la relación con los “seguidores/conocidos” de las redes sociales, a quienes no conocen realmente: ¡un “me gusta” no equivale a un amigo!

Jesús es el gran amigo que siempre acompaña.

El Evangelio nos muestra que Jesús iba siempre rodeado de amigos: «A vosotros, amigos míos, os digo…» [Lc 12,4]; «¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?» [Mt 9,15]. Sus discípulos son sus amigos.

Y a Judas le dio el título de amigo hasta el final, invitándolo así a arrepentirse de su traición. “Al que yo bese, ése es: prendedlo”, había advertido Judas a quienes le acompañaban con espadas y palos. Pero Jesús le dijo: «Amigo, ¡haz lo que has venido a hacer!» [Lc 26, 48-50]. A la cruel traición de Judas, Jesús responde honrándole sinceramente con el título de amigo y así le ofrece la posibilidad de arrepentirse. Lo mismo que a Pedro le miró tras negar conocerle. Pero ¡qué diferentes las reacciones de uno y otro!

Reflexiones finales.

En el trato con los amigos y amigas, contrastamos diferentes ideas, perspectivas y experiencias; aprendemos nuevas habilidades y conocimientos; ampliamos horizontes. La amistad nos impulsa a ser mejores personas y nos eleva a la mejor versión de nosotros mismos. Es importante ayudar a los hijos y alumnos a forjar buenas amistades y a saber cuidarlas; es decir, que aprendan a ser buenos amigos de sus amigos.

Cuando se observa que una chica no tiene amigas o un chico no hace amigos, los padres, las profesoras y los profesores deben estudiar en serio las causas de dicha carencia. Para superarla, podemos encontrar pistas interesantes fijándonos en su disponibilidad para dedicar tiempo a los demás y en cómo vive virtudes como la lealtad, la alegría y el espíritu de servicio.

Es natural que tengamos deseos de acercar a nuestros amigos a Jesús, tal como aprendemos de Felipe: acababa de conocer a Jesús gracias a su amigo Andrés y, enseguida, lleno de entusiasmo, fue a buscar a su amigo Natanael y le dijo: «Hemos encontrado a Jesús de Nazaret». La amistad sincera nunca es excluyente.

Película recomendada: 

“Stand by me” (Cuenta conmigo),1986.

Autor

Fundación Enraizados
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