Que vivimos en una época de bajo nivel cultural lo demuestra el hecho de que la razón de las últimas generaciones es más proclive a la ficción, y el vulgo, más dispuesto a la creencia. Gente débil para cuestionar las honduras del relato oficial y propensa a aceptar un pensamiento dirigido, único. Lo cual no ocurriría si las letras, las artes y las ciencias estuvieran florecientes y, sobre todo, divulgadas y absorbidas por la sociedad. De este modo, la inculta vida de los hombres y mujeres actuales les hace vulnerables a todo tipo de propagandas y publicidades; es decir, de errores.
Es como si en vez de persistir en la normal evolución cultural del ser humano, hubiera éste regresado a la remota antigüedad, en la que se admitían todo tipo de fábulas, a veces burdas y toscas, como ocurre ahora con las aberrantes fantasías que colman las agendas de los nuevos demiurgos. Si nuestra sociedad, tan progresista y tecnificada, estuviera así mismo civilizada y fuera éste un siglo de luces en vez de serlo de tinieblas, las abominaciones pretendidas por el Nuevo Orden y las trivialidades de todo tipo ofrecidas por las redes sociales, no serían posibles; habrían sido absolutamente rechazadas por despóticas, antinaturales, irracionales y lactantes.
La intelligentsia del Régimen, esa casta cultural soberbia no por su grandeza, sino por su hinchazón, que, en vez de instruir, manipula, dirige hoy la educación y el saber en España para degradarlos. Y lo hace con la habitual mala intención de todo oportunista adornado de nesciencia. ¿Qué han sabido, en definitiva, todos los grandes dogmáticos, como éstos de hoy, que creen no ignorar nada y se ufanan, muchos de ellos, ejerciendo de analistas oficiales y tertulianos al uso? ¿Qué saben estos monos y monas frívolos y aparentes, que gustan por sus modales, que poseen ingenio y que siempre hacen daño?
Vencidos por la fuerza del pesebre, dando fe a las larvas del frentepopulismo más sectario y, más allá, a los nigromantes del Sistema, no dejan de proclamar como dioses a sus «putos amos» respectivos, por temor a perder el subsidio y a desenmascarar la farsa, y todo ello no por error de su aprecio, sino por aprecio del error y devoción hacia la iniquidad. No es lo mismo creer en algo que has alzado artificialmente por servilismo y afán de sinecura, que creer en lo excelente y, por su misma excelencia, estimarlo. Es la diferencia entre amar una falsedad o una verdad.
La cuestión es que, aunque al discreto le guste permanecer en silencio dado cómo brilla la necedad en el mundillo cultural -y en la sociedad en general-, a veces, como apuntó Jules Renard, «llevar el peso de la conversación sigue siendo el mejor medio para no darse cuenta de que los demás son tontos». ¿Rendirían culto o pleitesía los esbirros, mediasmierdas y recogemigajas correspondientes a los nuevos bárbaros globalistas, si no les obligara a ello la maldad natural o el miedo a perder el fructuoso chiringuito que los acoge? Y ¿quién podría contar cuántos de ellos han preferido perder el momio, la libertad o la vida en manos de la vileza -como sí ocurre y ha ocurrido entre sus víctimas-, a condenar la tiranía de sus amos frentepopulistas y plutócratas?
Lo cierto, es que las víctimas, vivas o muertas, son el argumento más contundente contra los canallas. Y, en España, durante la Farsa democrática del 78, controlada y dirigida por facinerosos, son innumerables las personas sacrificadas por defender la verdad y la libertad. Tanto en el submundo de la cultura como en el resto de submundos sociopolíticos.
Pero los mártires han sido y son los testigos de la verdad. Y por ella han soportado y soportan un mundo hostil y cruel, y, en defensa de sus convicciones y de su fe, lo han vencido no sólo resistiendo, sino, sobre todo, perdiendo su libertad y muriendo a manos del puñal de los traidores. Es justo glorificar las almas de los mártires, seres entrañables que lucharon hasta la muerte por defender la dignidad y la belleza. Digamos, pues, a los mártires las palabras del Apóstol: «Levántate tú que duermes y resucita de la muerte y te iluminará Cristo», que es la Verdad. Y que la luz de su heroica abnegación siga iluminando a los resistentes.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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