Esmeralda, Esme para los amigos, se despertó aquella mañana, como de costumbre, repasando los mensajes de whatsapp intercambiados de madrugada con su amiga Conchi(1). Todavía estaba algo espesa y resacosa tras la megaparty del día anterior, pero, vagamente, podía recordar la batukada y el concierto «del Dillom»: un personaje con problemas que, de una u otra forma, siempre se las apañaba para acabar en comisaría. Aquella noche, por cierto, había estado genial. Sobre todo cuando el tío, tó quedao, después de mear en el escenario, le tiró una botella al público y le dio en los morros a la Charo. Ésta iba aupada a hombros de su novio, el Moja, pero el hijoputa se agachó instintivamente para evitar el proyectil y la pobre recibió el impacto de lleno. Conchi, fumada y completamente borracha, «se partía la caja» mientras sacaba fotos de «la Charo» sangrante escupiendo dientes y maldiciones; y ahora Esme y Conchi «se echaban unas risas» repasando una y otra vez las imágenes en el móvil.
La intensidad de la luz que se filtraba a través de las persianas y un calor sofocante en la habitación anunciaban que era más de mediodía. Esme disfrutaba sus vacaciones y no tenía que madrugar para ir al instituto. Sin lavarse la cara, se puso los pantalones harem rayados, sus chanclas, abalorios y gafas de sol, y salió a desayunar. No tenía nada en la nevera… pero, sobre todo, no quería molestarse en preparar el desayuno. Se trataba de una mujer empoderada y prefería que se lo sirviesen. Además, se había aprendido muy bien aquello que decía su psicóloga de que siempre es buen momento para «quererse una misma» y decirte «me lo merezco». Esme eligió un brunch «healthy» que, según el código QR sobre la mesa, ofrecía una combinación «más energética y mejoraba la concentración». Y ella necesitaba ambas cosas: energía y concentración.
El brunch estaba compuesto por un smoothie detox de zanahoria, naranja y cúrcuma, café macchiato descafeinado con leche de avena, un croissant crookie con mermelada sin azúcar, y un sandwich «vegetal» de atún, aguacate y mayonesa light… porque, después de todo, Esme era una foodie responsable. No como su amiga Conchi, que tampoco es que estuviese gorda —porque era su amiga y llamar gordo a alguien es «gordofobia»—, pero le gustaba demasiado el chocolate. Y los bollos y la tele.
Mientras comía, guiada por un automatismo similar al masticar, siguió leyendo los nuevos whatsapp que «la entraban» sin descanso y supo que a «la Charo» le faltaban dos piños y medio. Por suerte, su colega África tenía una «Clínica de Odontología Holística» —sin tilde en odontología ni en holística— y, al parecer, le había dado cita por la mañana. Después, echó un vistazo a su grupo de «biodanza» y «amigos de la Pachamama», y, mientras le saltaba publicidad de «veganos today», «Amnistía Internacional» y locales «gay friendly», leyó un par de «artículos» interesantísimos sobre «relaciones tóxicas» y «centros sociales okupados autogestionados». ¡Qué fuerte! Nada de lo que allí se decía podía leerse en ningún sitio. Ni siquiera en la prensa seria y comprometida como El Plural o El País… pero es que el Sistema turbocapitalista lo tenía todo controlado y favorecía el auge de la ultraderecha. Desde que el nazi de Musk compró Twitter, los fachas ya no eran cancelados, Trump decía lo que le daba la gana y el discurso contra las «personas migrantes» estaba calando. ¿Qué fue del «refugees welcome», «Black Lives Matter» y del «Me too»?
Menos mal que ella tenía «pensamiento crítico» y, merced a su «compromiso» y a «la lucha de muchos compañeros y compañeras», hacía ya tiempo que las plataformas de televisión ofrecían contenidos queer y sobre el cambio climático. Pero, ¡fíjate cómo fueron contra esos pobres de los Red Birds —que no habían hecho nada— acusándolos de stalking en las redes! ¿¡Pero qué pasa por doxear a unos fachas!? El problema es que todavía había un montón de jueces franquistas… como demostraban los casos de lawfare contra la mujer y el hermano del presi.
Esme estaba convencida de hallarse en el «lado correcto de la Historia» y se sentía muy orgullosa de tener compis «racializados» y un «amigue» como Mario, con el que ella y Conchi tenían tanto en común. Conchi conoció a Mario —ahora Britney— en sus clases de zumba de los martes y las tres habían pasado toda la tarde anterior ensayando y hablando sobre «el colectivo», «microagresiones» y «heteronormatividad». Era alucinante lo que sabía Mario —perdón, Britney— sobre «diversidad» e «inclusión». Con «elle» había aprendido lo que era el «gaslighting», el «mansplaining» y la «solastalgia» —¡qué horror!— y era una experta en «identidades no binarias», «nuevas masculinidades» y algo muy complejo llamado «interseccionalidad»; un concepto esencial que el nazi de Trump quería «invisibilizar». Qué lástima que le dieran en la oreja… Si hubiesen acertado como con el fascista de Charlie Kirk… Y no es que Esme le desease el mal a nadie, pero todos los que no pensaban como ella estarían mejor muertos. O, como mínimo, encerrados por «delito de odio».
Como le gustaba repetir, resultaba fundamental ser conscientes del «carácter performativo del lenguaje» y entender el papel «transformacional» de la escuela; sustituir la opresiva y machista «o» por la inclusiva «arroba» o la aún más inclusiva «x», y «mentalizar» a las generaciones futuras para que no fueran fachas, machirulos, «homofóbicos», racistas, «bebelejías», «terraplanistas», «negacionistas», «transfóbicos» ni «xenofóbicos»… Como hacía ella a diario en el instituto, enseñando los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) de la Agenda 2030, «concienciando» del «colapso inminente» por el calentamiento global e «informando» a los chavales de que el género es un «constructo» impuesto por un sistema heteropatriarcal y retrógrado. Por supuesto, Esme tenía a los premios Nobel, Al Gore y Obama como referentes morales, y enseñaba en inglés que «There is no planet B» y que es imprescindible que las empresas, los colegios y las instituciones públicas se midan por su DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) y su ESG (Environmental, Social, and Governance).
Después de su opípara pitanza, Esme se lió un peta bien cargado y se dirigió tranquilamente hacia la playa, donde había quedado con «su churri», Luna. Ambas eran millennials, «ejercitaban» sus derechos juntas, iban a las manifas «por la pública» y, cuando a Esme «le crecían los enanos» o «ya no le daba la vida», Luna, médico de atención primaria, siempre estaba ahí para «gestionarle» las bajas; no menos de cinco por curso, lo que, a la postre, significaba otro mes de vacaciones.
Por lo pronto, era hora de fumarse «a pachas» aquel porro y grabar otro vídeo en TikTok para mostrar a todo el mundo lo felices que eran y fastidiar o —como decía Luna— «despertar» a los «hetero-básicos».
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».
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