20/08/2026 12:27
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Tras el primer y accidentado encuentro donde el destino y el plomo de una puerta de hierro parecieron dictar una prematura sentencia sobre la soberbia intelectual, la cita con el famoso escritor de trapisonda no hizo sino adentrarse en los terrenos de la comedia grotesca y la impostura más descarada. Quien se vendía ante las cámaras como un erudito de la trascendencia y el orientalismo, reveló en la intimidad de su refugio madrileño la auténtica naturaleza del parásito literario: una verborrea egotista sostenida por el engreimiento y una total ausencia de escrúpulos éticos.

Así pues, hete aquí la segunda y última parte, abajo se adjunta el enlace a la primera parte, de mi vivencia surrealista con el escritor que se narró allá por el 2009 en mi libro publicado: La afilada navaja de Ockham I. Contra el abuso policial, en defensa de los derechos del ciudadano de bien.

Continuación del relato sobre mi encuentro con el escritor tras el impacto con el portón de hierro de su portal:

Mirándole, comprobé los ojos ya retornados a la normalidad y deduje que el posible derrame cerebral se saldaría con un paracetamol y alguna maldición mascullada añadida, pues no dejaba de percibir un murmullo permanente que provenía del personaje en cuestión.

Desde el asiento en el que estaba pude comprobar que toda la casa era diáfana, carente de tabiques y muros, distribuida por medio de múltiples alacenas que no llegaban al techo y que dejaban adivinar la amplitud del piso. Allí había miles de libros pero en particular me llamó la atención uno que estaba en la mesilla de enfrente. Se titulaba “Hay vida cuando se muere” y se me antojó un tema muy interesante, oportuno para alguien que debía rozar riesgos mortales en cada una de sus actividades cotidianas como: abrir una puerta, cerrar una ventana, cortar un jamón, enchufar la cafetera o asomarse al balcón, pues visto lo visto…

Al cabo de diez minutos entró el escritor, recobrada la compostura y tomó asiento. Arrebujándose en el sofá, primero cruzó los brazos, después las piernas, convirtiéndose en un nudo humano y a continuación dijo:

—Te escucho.

Dada la postura y el tono tan receptivo que había adoptado yo interpreté el “te escucho” como un “a ver qué puñetas dices” que, inexplicablemente, me quitó las ganas de hablar nada.

—En primer lugar, agradecerte la atención que me dispensas pues me consta que eres una persona muy ocupada —dije, mientras él asentía repetidamente con su cabeza, como esos tiernos e hipnóticos perritos que se colocan en la bandeja trasera de un coche—. Me he dirigido a ti —proseguí— porque eres un investigador de dispares experiencias que van más allá de la apariencia percibida. Me consta, a través de tus libros, la inquietud por la búsqueda de nuevos estratos de una realidad más avanzada a lo inmediatamente conocido en la investigación humana y de cuanto es inherente sobre el desarrollo trascendente de la vida; amén de refutador inquebrantable de lo inconsistentemente asimilado por ajenas ligerezas.

Me expresé con cuidada erudición y elegante oratoria, consciente de hallarme frente a alguien capaz de valorarlo con solícita aceptación.

—Al grano, al grano —apremió con un frenético aspaviento que parecía espantar moscas.

Su muestra de atención era de lo más peculiar y deduje que por medio de una comunicación unilateral de escritor y lector, cualquier idiota podía disimular su natural condición de gilipuertas. Y fue así que por todo lo acontecido hasta el momento comencé a considerar muy seriamente la posibilidad de estar frente a un energúmeno integral.

—Yo he vivido una de esas experiencias, digamos, mistéricas.

—¿Ah sí…? ¿Has muerto y regresado, te han abducido, has conocido algún ser raro?

Pensé sobre la última pregunta y se me fue la respuesta hacia la lengua y cuando estuve a punto de soltar mi reflexión en voz alta, la prudencia me aconsejó y callé lo que a todas luces hubiera supuesto el fin de la entrevista odiosa. Cualquiera puede ofenderse si se le dice que ya era nauseabunda la intuición sobre su ensoberbecida petulancia, pero más repugnante era el hecho de tratarla sin estar preparado para semejante trance absolutamente indeseable. Esa hubiera sido una excelente aproximación descriptiva sobre el ser raro y estúpido que estaba lidiando.

Aquel individuo acostumbraba a ponerse el mundo por montera y a mí me daban ganas de meterle la montera, mundo incluido, por el agujero de su trascendencia mental que en su caso se ubicaba en el… Bueno, eso.

Sin embargo, armado de la paciencia que uno descubre cuando cree no poseerla y menos administrarla, inspiré profundamente y continué mi disertación:

—Entiendo que abarca muchas posibilidades el hecho de una experiencia esotérica desde un prisma puramente fenomenológico; pero en el caso que te expongo no sólo es de importancia la forma de su manifestación sino el profundo fondo ontológico que conlleva porque sugiere la resolución de muchos interrogantes que escapan a la racionalidad y su idiosincrasia empírica junto a su labor inquisitiva: la muerte, el porqué de la existencia, los objetivos ocultos de la vida y la consecución de los secretos más esenciales hacia los procedimientos más efectivos, axiomáticos y esclarecedores…

—Verás, voy a ser sincero contigo —interrumpió el mamarracho—. He aceptado hablar contigo porque sé que conoces a alguien influyente de la Zarzuela. Te lo digo porque estoy interesado en hacer una biografía de la Reina y ya se sabe que esas autorizaciones escasean.

—Pues a pesar de tu amable disposición no veo posible la intermediación para contribuir a tu proyecto. Por mi humilde parte sólo me conformo con que leas el manuscrito que traigo conmigo.

Con visible gesto de contrariedad tomó en sus manos los ciento veinte folios que le alargué y frunciendo el ceño se dispuso a hojearlo. Al instante su ceño pareció arrugarse hasta el punto de menguarle la cara y comenzó a vapulear las hojas con violentos melindres.

—No, no, no, no —masculló casi ininteligiblemente mientras pasaba las páginas con espasmos, ciertamente, indisimulados.

—Si necesitas alguna aclaración, con auténtico gozo y agradecimiento sabré complacerte.

En el momento en que él levantaba la vista hacia mí con aires chulescos hizo su aparición una hermosa jovencita de unos veintitrés años, provista de elegantes ropas, mejor porte y una espléndida sonrisa que pareció iluminar la noche oscura de la entrevista que ya parecía desembocar en penetrantes tinieblas de bronco desentendimiento. La chica me saludó con muy afable contento a la vez que yo me levantaba para recibirla. Después besó la mejilla del chulo contrariado y desapareció.

—Tu hija —dije en un intento por calmar la tensión.

—No, mi mujer —respondió con acritud justo en el mismo momento en que deduje que la función con el cantamañanas, toca pelotas y canallesco “medejolossesosenlaspuertas”, estaba llegando a su más que previsible final.

—Pues qué bien —me dije en voz alta consciente de que peor no pudo resultar la aventura del día.

Se levantó con la mano extendida dispuesto a despedirme sin más demora, muy a su pesar por las simpatías recíprocas que nos habíamos despertado.

—Bueno, Ignacio, lo leeré y en caso de que pueda aprovechar algo lo haré.

He de confesar que en ese momento no llegué a entender qué me había dicho. Acaso recordando lo buena que estaba su mujer quizá pensé que con el porrazo recibido se le habían mezclado las ideas y comentó en voz alta que iba a aprovechar para echar un… y qué se yo. En todo caso un viejo así por muy casado que fuera a estar siempre debía considerar el aprovechamiento para denominar las obligaciones conyugales que el azar ponía al alcance de sus recalcitrantes atractivos más bien escasos.

Meses después, pasados los efectos de tan inefable cita, pude comprender en su verdadera dimensión lo que el sinvergüenza quiso decir sobre aprovechar… y qué se yo. Entonces una buena amiga me llamó para decirme que el ínclito “medejolossesosenlaspuertas” hablaba la misma temática y con iguales matices durante las entrevistas con el fin de presentar el nuevo libro que había creado. Después fue comprar la obra, leerla, ponerme rojo de ira, bufar con incontenible rabia y cansarme de nombrar a su parentela para deleite de los oídos ajenos, cuando comprobé que el “granhijodesumadrequesedejalossesosenlaspuertasyladesvergüenzaenlosinexistentesvaloresmoralesquedonosamentesepasaporelforrodesusbandidaselocuenciascagadas”, arf, arf, arf… había plagiado los ciento veinte folios de mi manuscrito y los había diluido en quinientas páginas.

Hoy por hoy mis cariños por el toca pelotas no se han desvanecido ni un ápice y puedo corroborar que con los años transcurridos aún me cuesta pensar qué vio aquella chica bonita en semejante abocastro. No debió ser mucho porque al año de casada ya estaba divorciada; eso habla del sentido común cuando uno se topa con un idiota y corrige sus erróneas influencias.

Aquella anécdota de juventud me grabó en la mente una disolución sobre mis intenciones literarias y provocó que no pudiera escribir un párrafo en casi tres años.

Jamás pude imaginar que el destino me deparaba un detonante, muchos años después, que me impulsaría a editar el primer libro de estas vivencias mías que son harto singulares en comparación con las rutinas que parecen aquejar a mis allegados; calmas rutinas en todo caso, mucho menos conflictivas.

RES NON VERBA. Hechos, no palabras.

Mi histórica anécdota con Fernando Sánchez Dragó: Cuando el karma pesó como hierro y plomo (Parte I). Por Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google.

Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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