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El paralelismo entre los regímenes autocráticos en descomposición y sus estertores finales suele evocar una imagen icónica: el búnker de Berlín en la primavera de 1945. Allí, un Adolf Hitler cercado por las tropas soviéticas, desprovisto de realidad y devorado por la cólera, exigía movimientos de ejércitos fantasmas a unos lugartenientes mudos de pánico. Aquel búnker era un hervidero de histeria, miedo masivo y degradación que conducía, de forma inevitable, al quicio del suicidio. El monstruo sabía que el final había llegado y el terror le desencajaba el rostro.
Ochenta años después, España asiste a una paradoja psicológica y política absolutamente brutal. Tenemos a otro autócrata, cercado no por divisiones militares, sino por la podredumbre de sus propias tramas de corrupción judicial y penal. Sin embargo, el búnker de la Moncloa no transpira la histeria de Berlín; transpira el cinismo imperturbable del psicópata clínico.
A diferencia del dictador austríaco, Pedro Sánchez no muestra miedo aparente, ni desquiciamiento, ni la más mínima intención de capitular políticamente. Donde en Berlín había gritos y manos temblorosas, en Madrid hay una sonrisa gélida, ensayada frente al espejo del narcisismo más patológico. Mientras el cerco de los tribunales se estrecha sobre su entorno más íntimo y sobre las siglas de su propio partido, él permanece impasible, blindado por una total ausencia de empatía, remordimiento o vergüenza moral.
La otra gran paradoja reside en el entorno. Los jerarcas nazis, en el fondo del subsuelo, sabían que todo se había derrumbado y planificaban en secreto su huida o su rendición. En el búnker sanchista, la degradación es aún peor: toda la estructura del PSOE, convertida en una comparsa servil y vaciada de dignidad, se dedica a jalear las gracias del líder, a aplaudir el atropello institucional y a sostenerle la mirada al abismo. No hay disidencia en la miseria; hay un coro de estómagos agradecidos que escolta al criminal enrocado, asumiendo su propio hundimiento con tal de estirar un mes más las prebendas del poder.
Hitler entendió el búnker como la última estación de su autodestrucción. Sánchez, el psicópata de manual, lo entiende como su trinchera de impunidad penal. No busca un final trágico, sino el sometimiento absoluto del Estado de derecho para salvar el pellejo. Pero la historia demuestra que, cambie el decorado o la patología del tirano, los muros de todos los búnkeres terminan siempre cediendo ante el peso de la realidad.
Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
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Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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