En la Semana Santa, los católicos celebramos la culminación de los misterios de la Redención obrada por Cristo en los últimos días de su vida terrena, comenzando por su entrada triunfal en Jerusalén el «Domingo de Ramos», y precediendo a la «Vigilia Pascual», que se celebra en la tarde-noche del «Sábado Santo» y anuncia la Resurrección del Señor y la «Pascua». En cuanto a las fechas, la tradición apostólica determina la fecha del «Domingo de Pascua» el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera —entre el 22 de marzo y el 25 de abril en nuestro calendario Gregoriano—.
A primera hora de la tarde del «Viernes Santo», rememoramos el misterio de la Muerte de Jesús en la Cruz. En San Lucas 23, 32-49 se narra este episodio cumbre de la entrega de Jesús por obediencia al Padre y amor a los hombres.
Nuestro Señor Jesucristo llegó al Calvario acompañado de dos malhechores que fueron crucificados «uno a cada lado y Jesús en medio». Estos habían quedado en la cárcel tras la liberación de Barrabás y, muy probablemente, fueron los mismos sacerdotes quienes pidieron a Pilatos que fueran ejecutados con Jesús, a fin de darle más solemnidad a la ejecución y la intencionalidad de confundir al pueblo llano, ofreciéndoles un mejor espectáculo y deshonrando al Salvador al crucificarle junto con otros dos malhechores: la gente podía pensar que el Nazareno era condenado por los mismos motivos que los ladrones y se ocultaba la malicia de los judíos. Haber consentido este ardid de sus enemigos es otra manifestación de la humildad del Señor, que San Marcos recoge en su Evangelio, anotando que se cumplió lo dicho por el profeta: «fue contado entre los malhechores» [Isaías 53, 12].
Llegados al Calvario, Jesús fue enclavado en la cruz y elevado a la vista de todos, y junto a Él, crucificaron a los otros dos que también fueron condenados al mismo suplicio. En lo alto de la cruz de Jesús había puesta la inscripción: «Éste es el Rey de los judíos». Los soldados y los jefes del pueblo le miraban y se burlaban de él, y decían: «Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el elegido». Uno de los malhechores, viendo que los jefes del pueblo le insultaban, también le injuriaba diciendo:
—¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro le reprendía:
—¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal.
Y decía:
—Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
Le respondió Jesús:
—En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.
Éste, a quien conocemos como «el buen ladrón» y que, según la tradición, se llamaba Dimas, observando la serenidad y dignidad del comportamiento de su nuevo compañero, sufriendo sus mismos tormentos y conmovido al escucharle pedir perdón por quienes le torturaban: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», no pudo estar callado por más tiempo y salió en su defensa, reprendiendo a su amigo: «Nosotros estamos aquí justamente; pero éste no ha hecho ningún mal». Dimas, sin duda, era un muchacho de corazón noble, capaz de reconocer que el castigo que sufrían él y su viejo amigo era merecido por sus «diabluras», y también que su nuevo compañero había sido condenado injustamente. Y, en ese ambiente hostil hacia ellos y soportando un sufrimiento extremo, reprende a su compañero de «diabluras» por su mal comportamiento. Movido por el Espíritu Santo, hace público su convencimiento de que Jesús es inocente y le reconoce como Rey: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino», dando testimonio de que Jesús es el Mesías —téngase en cuenta que eran malhechores, quizá ladrones, pero también eran judíos y conocían sus tradiciones—, lo cual debió dejar en evidencia a los jefes del pueblo y a los príncipes de los sacerdotes allí presentes, al tiempo que reconfortó y reanimó a los fieles de Jesús que permanecían cerca del crucificado.
Dios envía a Jesús para redimirnos:
Ese Jesús que está colgado en la cruz entre dos malhechores es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre para llevar a cabo el plan trazado desde antiguo por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, reunidos en Consejo, a fin de rescatar al género humano del poder del pecado, del demonio y de la muerte. Siendo Dios desde toda la eternidad, asumió la naturaleza humana de la Virgen María, su Madre, desposada con José.
Poco después de la Encarnación, cuando José descubre que su esposa está encinta, con el consiguiente desconcierto al no encontrar explicación al hecho, recibe la visita de un ángel para sacarle de su perplejidad, diciéndole que reciba a María «porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo»; y en cuanto al niño, le encarga: «le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» [Mateo 1, 21].
El nombre Jesús significa «Yahvé salva» o «Yahvé es salvación». Por lo tanto, el nombre que José debe poner al Niño revela su misión. Dios envió intencionadamente a Jesús para que cumpliera su plan de redención: salvar a su pueblo de sus pecados.
El misterio de «la Pasión» de Nuestro Señor Jesucristo:
El plan que Dios eligió para redimirnos de nuestros pecados y liberarnos del poder de la muerte y del demonio consistió en entregar a su Hijo para que, obedeciendo hasta la muerte, diera la vida al mundo: «Sobre el madero, cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo, para que nosotros, muertos al pecado, viviéramos para la justicia» [1 Pe 2, 24]. Pero no vayamos demasiado deprisa: en este tiempo de «Semana Santa», nos hace mucho bien que veamos cómo recorrió Jesús ese camino hasta «el Calvario».
Jesucristo decidió cargar con todos los pecados, empezando por el «pecado original» y siguiendo por los cometidos por todos los hombres de todos los tiempos. «Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra salvación, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados» [Isaías 53, 4-5].
Pero, ¡atención!, no carga con nuestros pecados como se carga con un fardo que uno se echa a la espalda sin hacerlo cosa suya. ¡No! De una forma misteriosa, sin tener pecado alguno (no podía pecar porque es Dios y no cometió pecado alguno, como confesó el buen ladrón), asumió todos nuestros pecados: «A él, que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que llegáramos a ser en Él justicia de Dios», explica san Pablo en 2 Corintios 5, 21.
Muy grande debió ser la violencia interior que padeció el Señor para cargar en su corazón con aquello que más le hace sufrir en este mundo: lo anti-Dios, que eso es el pecado. Por ejemplo, también asumió los pecados de quienes le condenaron injustamente, le ajusticiaron y le atormentaron, y «le odiaron sin motivo» [Salmo 24, 19]. Y les perdonó en vivo y en directo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» [San Lucas 23, 34], lo que conmovió al «buen ladrón» y sigue siendo admirable en todos los tiempos.
Los frutos de la Redención nos llegan a través de los sacramentos. Los méritos que Nuestro Señor nos ganó con su Redención, que culmina con su Pasión y muerte en la cruz, nos llegan a través de los sacramentos. Aquí nos vamos a limitar a tratar de dos de ellos por los que recibimos el perdón de Dios por nuestros pecados: «el Bautismo» y «la Penitencia y Reconciliación».
El Bautismo:
De entre los grandes dones que recibimos con «el Bautismo», vamos a destacar aquí los siguientes: se nos perdona el pecado original y todos los otros pecados, en el caso de los adultos; somos elevados a la dignidad de hijos de Dios; nos capacita para recibir los otros sacramentos…
«El Bautismo» nos hace hijos de Dios en Cristo e inaugura una relación basada en la confianza en la Providencia divina, la sencillez en el trato con Dios y con los demás, un profundo sentido de la dignidad de la persona y de la fraternidad entre los hombres, un verdadero amor cristiano al mundo y a las realidades creadas por Dios, la serenidad y el optimismo.
«La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual (…). Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo».
San Josemaría Escrivá de Balaguer. Es Cristo que pasa, n. 65
El sacramento de «la Penitencia y Reconciliación».
San Lucas recoge en el capítulo 15 de su Evangelio tres parábolas sobre la misericordia y el perdón: La oveja perdida, La dracma perdida y El hijo pródigo, la más hermosa y célebre. En ellas, si las leemos/meditamos con calma e interés, encontramos las principales cualidades de la misericordia de Dios con nosotros los hombres y cómo es su perdón.
Hablar del perdón presupone la existencia del pecado. Solo si reconocemos que ofendemos a Dios —que pecamos—, podemos llegar a entender la grandeza de Dios que nos perdona. Es Dios quien sale al encuentro del hombre que acude a Él, arrepentido por haberle ofendido.
Con el perdón de Dios no queda ni rastro de pecado: «Y si vuestros pecados son como la grana, blanquearán como la nieve; y si son rojos como el carmesí, se volverán como la lana» [Isaías 1, 18].
«Dios manifiesta su poder, no creando, sino perdonando», reza la Iglesia [Domingo XXVI T.O.]. «Tú arrojarás al fondo del mar todos nuestros pecados» [Miqueas 7, 19].
Jesucristo instituyó el sacramento de «la Penitencia y la Reconciliación» porque Jesús instituyó el sacramento de «la Penitencia» en su primera aparición a los Apóstoles en la tarde del mismo día de Pascua: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» [Juan 20, 22-23]. Conocedor de nuestra debilidad, Cristo instituyó este sacramento para la conversión de los bautizados que se han alejado de él por el pecado. Recordemos que la vida nueva de la gracia que recibimos en «el Bautismo» no suprime la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado: la concupiscencia.
Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sus sucesores, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; es decir, son los instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios.
Jesús nos enseña y nos manda que debemos perdonar a a quienes nos ofenden.
En el Padrenuestro, el Maestro parece condicionar el perdón divino a que el hombre perdone a sus semejantes: «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (San Mateo 6, 12).
Y una última enseñanza de Jesús recogida en San Mateo 5, 23-24, para terminar:
«Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda»; es decir, Jesús nos enseña el querer de Dios: que nos comportemos con los demás con la misma misericordia que tiene con nosotros.
Consideraciones finales.
La Iglesia, como madre que es, nos manda a los católicos que confesemos todos los pecados graves aún no confesados que se recuerden después de un diligente examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón. Y debemos confesarnos al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón. (Compendio del CIC, nn. 304 y 305).
Los católicos que hayan llegado al uso de razón tienen la obligación de confesar los pecados graves al menos una vez al año, y siempre que sea necesario antes de recibir «la sagrada Comunión».
Lectura recomendada:
Los puntos del 250 al 264 y del 295 al 320 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.
Autor
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