Por la mañana
Me llamo Juan Antonio Aove y la ciudad despierta a mi paso, que es la única forma digna de que una ciudad despierte. El espejo me devuelve el nudo perfecto de la corbata y el gesto exacto de interés profesional: ceja un poco elevada, barbilla asentada, sonrisa de manual. Los desayunos con conciencia se los dejo a los parroquianos. Yo tomo proteína y agenda.
La Clínica Cantábrico brilla con su cristal inmaculado frente a la bahía de Puerto de Lanza (Cantabria). El minimalismo es terapéutico: lo blanco perdona casi todo. Teresa me recibe con la música de siempre: “doctor, agenda completa”, que en mi idioma significa ingresos sostenidos y reputación en alta frecuencia. Le agradezco con mi tono templado de experto; el secreto está en parecer que todo me importa cuando, en realidad, nada me distrae del balance.
La primera consulta es un trío desordenado: chica silenciosa, acompañante que mira el suelo y una tutora moral en los ojos de la madre. Les regalo mi dicción de terciopelo: “Acompañamos decisiones; convertimos miedos en procedimientos.” La frase, como la anestesia, funciona antes de que la notes. La paciente asiente, el acompañante respira, la madre traga saliva. Yo firmo, Juan Antonio Aove, director, y anoto mentalmente el flujo del día: hoy será de buen nivel.
Pasa después una sanitaria de guardia, experta en atajos: “rápido, por favor”. Profesoral, le explico el itinerario con esa naturalidad de quien describe el tiempo. Evito dramatismos, administro tecnicismos: las palabras son gasas, detienen el sangrado del escrúpulo.
Desde mi despacho de madera cara observo el ir y venir de las batas. Silvia, supervisora, sirve café y datos: “Varias químicas a media mañana.” Perfecto. El domicilio privatiza la escena y democratiza la contabilidad: dos beneficios en una sola pauta. “¿Dolor?” me pregunta una paciente. “Molestias, controladas.” Lo que escuchan no es mi respuesta, sino mi cadencia: si sueno firme, se sienten a salvo. Yo también.
Mediodía
A las doce aparece el inspector con un traje de posguerra y un maletín con ganas de vértigo. Le enseño protocolos numerados, firmas, sellos, auditorías que podrían colgarse en un museo de cubismo burocrático. “Todo en regla”, dictamina. “Siempre”, respondo con mi sonrisa de segunda instancia. Teresa sabe cuándo respirar: el aire vuelve a ser negocio.
Entre tanto, despacho varias pautas farmacológicas con puntualidad suiza. La palabra “farmacológico” es uno de los mejores calmantes del idioma: sugiere laboratorio, porcentajes, un lugar aséptico donde los remordimientos no entran porque no tienen bata. En mi discurso, la incertidumbre se reduce a posología, y los sobresaltos se arreglan con un folleto. Lo verdaderamente humano, si me apuran, es la administración del lenguaje.
Almuerzo en mi mesa habitual de la calle del muelle. Lubina, copa fría y un silencio que me obedece. Repaso el informe que presentaré esta noche en la Logia Masónica “Luz del Cantábrico Nº 27”. He pulido cada cifra para que sea irreprochable y, sobre todo, útil. La utilidad es la ética con traje. Brindaría por mí, pero sería redundante.
Por la tarde
La tarde trae un desfile de casos con guion repetido y variaciones discretas. Una universitaria que prefiere el calendario al sobresalto, un ejecutivo que delega, una autónoma que no puede perder ni un turno. Yo administro tiempos, distancias y palabras. En los diálogos aplico mis herramientas: frases cortas, verbo racional, final tranquilizador.
—“¿Esto me marcará?”
—“Lo que marca es el desorden. Aquí hay orden.”
—“¿Estoy haciendo algo grave?”
—“Está resolviendo un problema en el momento adecuado.”
—“¿Usted… entiende?”
—“Por oficio y por método.”
No me pidan ternura; la ternura, en este edificio, está externalizada al mobiliario, a la luz cálida, al modo en que Silvia coloca una manta sobre los hombros con la misma precisión con la que yo coloco una firma sobre un consentimiento. Juan Antonio Aove no improvisa: orquesta.
Entre paciente y paciente, un mensaje cifrado: “Luz del Cantábrico Nº 27. 20:00. Informe y contacto del proveedor”. Contesto con un “recibido” sin florituras. Hay quienes creen que la logia es trama; yo la tengo por metodología de selección: filtra la medianía, pule la oportunidad, otorga discreción con red. En una ciudad pequeña, la discreción con red es la única aristocracia que queda.
A última hora anoto mis cuentas del día: doce intervenciones, siete químicas. La estadística personal —que el pudor recomienda silenciar— sigue creciendo como una autopista sin peaje: más de cien mil. A veces me preguntan si llevo la cuenta. No la llevo, la uso. Las cifras, como los títulos, sirven para abrir puertas.
En la oscura noche
La Logia Masónica Luz del Cantábrico Nº 27 ocupa una casona recogida tras un jardín antiguo. La ciudad murmura fuera, dentro, los hombres deciden en voz baja. Presento mi informe con sobriedad: tendencias, márgenes, fricciones regulatorias, proveedores, derivaciones. No hay aplausos; hay barbillas que asienten, manos que pesan, ojos que archivan. El Venerable me felicita con una economía de palabras que vale más que cualquier discurso. La pertenencia —la verdadera— no necesita gritarse.
Regreso a casa con la satisfacción redonda de quien ha hecho del procedimiento su biografía. El mar de Puerto de Lanza respira en su vaivén de metrónomo; yo acompaso la respiración con el vino de los asuntos bien resueltos. Reviso la agenda de mañana: completa, como debe ser. Apago la luz con un pensamiento que me divierte: “Hice lo necesario, y lo hice rentable.” Es una oración perfecta.
Soy Juan Antonio Aove y, a diferencia de los moralistas, sé contar.
Y aquí lo tienen: el paladín de la época. Traje planchado, diccionario clínico, sonrisa de vinilo. Un hombre de éxito de esos que la modernidad pasea en expositor y que siempre huelen a nuevo, aunque por dentro lleven años vendiendo humo y esté completamente podrido, anestesia y contabilidad con guantes. La industria de la muerte (qué nombre tan honesto, dicho sea, con la sorna correspondiente) ha descubierto que el dolor cotiza, que la vida tiene tarifa y que la conciencia, bien peinada, no hace preguntas si la columna de ingresos canta afinada.
La escena es conocida: cristal, protocolos, “evidencia” como comodín, logias con números serios y apellidos marineros para que la discreción parezca virtud cívica. Y en el centro, un profesional que domina el truco: convertir el drama en trámite y el trámite en negocio recurrente. Luego, claro, vienen los premios del club: reconocimientos, ascensos, proveedores que no fallan, inspectores domesticados por papelería ejemplar y toda esa liturgia transparente que logra que lo indecente parezca inevitable, y lo inevitable, “salud pública”.
Sí, estos son los hombres de éxito: los que cambian el nombre a las cosas y te venden la etiqueta. El mercado aplaude, la logia asiente, el banco sonríe. Y la muerte, por lo visto, es muy, muy rentable. Entre tanto, los que aún creemos que una cultura se mide por lo que protege (y no por lo que factura) tomamos nota: cuando el lenguaje se vuelve anestesia, la sociedad entra en quirófano sin saberlo,
Y al salir, si sale, ya no recuerda qué perdió ni cuándo lo vendió.
Autor
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Fundación Enraizados
La Fundación Enraizados nace como asociación en 2012 con el objetivo de ser una voz católica en la vida pública. Nuestros valores se basan en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad de la persona, subsidiariedad, bien común, solidaridad y justicia social. Trabajamos en defensa de la Vida, la Familia, la Educación,
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