En estos tiempos, los sátiros ya no son dioses campestres, sino políticos socialcomunistas y demás excrecencias que se pasean por los paradores del Estado con sus orejas puntiagudas, sus cuernos y sus pies de cabra. Y todos sus afines, saliendo de sus chiringuitos, lóbis y demás pesebres, acuden a las manifestaciones terroristas, a los prostíbulos o a las urnas, es decir, a los correspondientes aquelarres, para mostrar su admiración a aquellos a quienes Satanás no deja de cantar.
Cuando los delincuentes guían la sociedad, las malas costumbres sustituyen a la virtud, la solidaridad se transforma en codicia y reinan por doquier el desorden y los vicios. Los modelos sociales, a los que la masa vota e intenta imitar, son los parásitos, los ventajistas y los aparentes. La hez absoluta y a tiempo completo. Al contrario de lo que debiera ocurrir si gobernara la buena conducta.
En la ignorancia de los pueblos está el dominio de los gobernantes: el conocimiento y el afán de justicia amotina a los hombres. Un pueblo emasculado, que vive y se comporta miserablemente, acaba siendo esclavo: de sus propios placeres y de la codicia y tiranía de quienes lo dirigen. Padece su propia abyección y las voluntades arbitrarias y la codicia insaciable de los amos que lo gobiernan o, mejor dicho, que lo aplastan. Una conducta lejana a la sabiduría y a la moderación.
Porque para las gentes de bien no son personas importantes sino aquellas que se distinguen por su trabajo y probidad. Y el único camino para progresar es el del mérito y el esfuerzo. El guía no ha de estar por encima de los demás, sino para protegerlos, alejarlos de los males que los amenazan y procurarles todo el progreso que tienen derecho a esperar de un gobierno fuerte en la virtud, justo y vigilante.
Lo cierto es que produce estremecimiento la arrogancia con la que los responsables institucionales españoles de la Farsa del 78 han digerido y digieren los escándalos que diariamente cometieron y cometen. Y que pueden resumirse diciendo que unas cuantas centenas de miles de aprovechados se están enriqueciendo en perjuicio del interés general.
El caso es que aquí ya no hay quien respire. El grado de intoxicación, de turbiedad, de infamia, de eso que en su día Carlos Solchaga llamó «La edad dorada» -él sabrá por qué- y que pasará a la historia como uno de los períodos más amargos de las crónicas patrias, es insoportable. Del rey abajo, en nuestras plazas y avenidas, campos y caminos, ya no cabe un bandido más. Y todos han firmado un pacto entre mafiosos para que sus engaños y sus crímenes queden impunes.
A medida que avanza el dominio del capital-socialcomunismo, sin diques que lo contengan ni ideas que lo desmantelen, la organización de la vida ciudadana tiende hacia formas de continua degradación de la dignidad del ser humano. Y la sociedad se convierte en un nuevo Leteo, aquel río del olvido, en los infiernos, donde las almas bebían para olvidarse de su vida terrenal.
Esta atmósfera mefítica, al mismo tiempo que aporta al pensador o al moralista los grandes temas de sus ideas y escritos, le suscita angustiosos dilemas de convivencia. El moralista, para la eficacia de su relato busca adecuarse a la realidad observada. Y si bien es cierto que, recreados artísticamente, dichos dilemas pueden dejarnos valiosas páginas de la literatura y del pensamiento clásicos, también producen, en un mundo de engaño, sin espacios de intimidad, excelencia o espiritualidad, dificultades para vivir con los demás, tanto en lo físico como en lo trascendente.
La tensión entre autenticidad e intereses, entre sinceridad e hipocresía, es la discrepancia que todos los grandes sabios han tratado de analizar con unas dotes de percepción psicológica sensiblemente agudizadas por el hecho de vivir en una sociedad donde todo es espectáculo y máscara, pero al mismo tiempo signo y código secreto para quien sabe ir más allá de las simples apariencias.
El moralista, el pensador, no puede dejar de entristecerse ante el ingente balaguero de engaños, patrañas y crímenes con que los sicarios del Sistema imponen hoy las agendas de sus amos al género humano. El mundo está lleno de impostores que se aprovechan de su poder oscuro y de su impunidad. Y que no dudan en revestirse insolentemente con la primera palabra o consigna mágica que se les ocurre adoptar; por ejemplo, democracia.
La cuestión es que España está absolutamente envilecida, y los últimos que se enteran de su decadencia son los naturales, porque los extranjeros bien que lo saben y nos baldonan con ella. La despoblación de la etnia propia, por ejemplo, es una de las mayores calamidades que le pueden venir. Pero aquí todos parecen adorar a la esterilidad y a la inmigración. Una enfermedad gravísima, pero no incurable, aunque de tratamiento difícil, pues la dolencia que se ha contraído en muchos años no puede repararse en un instante con remedios ordinarios.
Las afecciones graves y las heridas profundas no pueden curarse sino con remedios ásperos y duraderos. Y si el matrimonio infecundo y los asaltos a las fronteras se han generalizado, es obligado favorecer e impulsar el matrimonio fértil y la represalia contra los invasores. Y así podríamos continuar con muchos otros capítulos, como la educación, la economía, la transparencia informativa, la molicie social o la justicia, por ejemplo. Pero la regeneración es un objetivo imposible o indeseado para los súbditos sectarios o sumisos. Y no digamos para sus amos y mentores.
En estas circunstancias tan especiales por las que atraviesa la patria, no se puede contar con una población de ilotas, que es la que mayoritariamente deambula por campos y ciudades. Ni con elites intelectualoides que se sitúan blandamente «a la derecha de la izquierda», que piden más moderación al moderado y que tratan de sobrevolar el lodazal sin romperse ni mancharse. Para coger peces, y más si son tiburones, hay que mojarse el culo.
No; no son nuevos partidos ni «centros de pensamiento» de talante conciliador y dialogante como los que nos han traído hasta esta ciénaga, lo que se necesita. España, en los últimos cincuenta años, se ha hartado ya de embaucadores y de otarios. De trucados, acomodados y pomposos laboratorios de ideas dedicados a mantener la comedia. España no quiere foros, grupos ni centros de análisis o de estudios endogámicos, cuyos fundadores e integrantes alimentan su vanidad contemplándose el ombligo y escuchándose sus inanes propuestas a la violeta.
Se precisan espíritus guerreros, formaciones sociopolíticas inconformistas, con la suficiente rebeldía para no aceptar las normas, los dogmas y las imposiciones del Sistema. Que no desdeñen la verdadera cultura ni menosprecien el esfuerzo y la honestidad latentes en las pequeñas cosas cotidianas que hacen libre, cívico y solidario al ser humano. Cultura real, no cultura de salón.
España no necesita más tontos ni más listos, sino ciudadanos prudentes y justos, dispuestos a arremangarse, con los ojos bien abiertos y decididos a abrírselos a la ciudadanía. Y que, alto y claro, lancen al mundo la pregunta retórica que nadie se atreve a gritar y nadie quiere escuchar: «¿cómo ser pacífico ante tanta falacia y tanto crimen impune?».
La cuestión es que este tiempo siniestro, de viscosa fealdad, a la medida de los ventajistas, que eso ha sido y es la Farsa del 78, con el capital-socialcomunismo dirigiéndola, debe ser extinguido y sus sectas y guías ilegalizados y condenados. Porque en toda sociedad que se quiera sana, libre y en progreso, no hay garantía mayor que la justicia y la belleza.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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Lobis, no. Camarillas o pandillitas.