Es sabido que el mundo es como un campo apto para la siembra, y en él la buena simiente siempre se halla en competencia con la cizaña. Las malas hierbas, presentes y abundantes en todo tiempo y condición, han de quemarse en el fuego, que es lo que hacen los campesinos prudentes. Los segadores recogen la cizaña para calcinarla, no para llevarla al pajar.
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¿Bondad? No me habléis de bondad, sino de justicia. El más bondadoso sería aquél capaz de perdonar al diablo. Pero sería, a su vez, el más injusto. Y, además, iría en contra de las palabras de la Escritura, según las cuales el fuego eterno «está aparejado para el diablo y sus ángeles» o de las que leemos en el Apocalipsis. De modo que no hay alternativa para el juicio del Bien y del Mal: vida eterna para los justos y eterno suplicio para las bestias.
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Es terrible que los gobernantes que deberían servir de buen ejemplo sean los causantes del mal, pero los jueces y los legisladores que lo fomentan y permiten con sus prevaricaciones y sus códigos corruptos, ¿qué castigo merecen? ¿Cómo un juez, profesión cuasi sagrada, puede impulsar la impunidad del mal con sus decisiones?
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El capitalismo tiene como motor de su dinamismo el egoísmo natural del hombre, la ruin codicia. Y el socialcomunismo, por su parte, viene impulsado por su rencor a la excelencia, a lo noble. A ambos les une su necesidad de jugar siempre con ventaja, su carácter de aprovechados y su naturaleza malvada y depredadora. Han conseguido que conceptos como patria, democracia, etc. sean nociones con tantos significados como personas las pronuncian. Están a punto de conseguir que aceptemos una patria desordenada como nación y que no nos sintamos ligados a ella por vínculos jurídicos, históricos o afectivos, sobre todo afectivos.
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Entre los de la casta y por sus arrabales, todos tienen alma de tránsfuga, de ventajero. Entre los propios correligionarios se tratan de traidores y corruptos. En sus filas reina la habilidad oportunista y la audacia ignorante; en sus espíritus, la inmoralidad. Y siempre la desaforada ambición, la sucia codicia, el inescrupuloso afán de gloria. Todos estos perros tienen su debilidad, y algunos tardan en desenmascararse. No contentos con estorbar en la tierra, cometen tantos errores y delitos que deberían ser arrojados al pozo más hondo, todos juntos, en el mismo saco. Toda la política, gracias a ellos, es una guarida de bandidos.
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La vida del intelectual genuino, la vida del justo, la vida del cristiano es por esencia combate. El sentido agónico que toda vida lleva implícito, se convierte en estos individuos, sobre todo, en necesidad. Son épocas duras las que estos sujetos necesitan para ejercitarse en la lucha. Pero lo más trágico de la pelea es que ésta se desarrolla esencialmente en el interior del hombre, en el centro del alma. Y ésta es la forja de la personalidad del idealista, del justo, del cristiano.
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Los verdaderos líderes han de hablar, comportarse y juzgar como jueces justos; además de ser capaces de alzar al abatido y aherrojado. Competentes y aptos para dotar de esperanza a todo aquél que se sienta solo en su inferioridad o en su ostracismo y no se atreva a dirigir la mirada al horizonte o levantarla al cielo. Los verdaderos líderes han de liberar a los perseguidos por la prevaricadora justicia y de convertirse en mediadores de la redención y de la regeneración.
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Ha comenzado ya a obrarse el misterio de la iniquidad. La tiranía de los nuevos demiurgos, como verdaderos anticristos, se ha diseñado una vez más contra la Iglesia. Y los malos y los hipócritas que hay en la Iglesia han formado ya un número capaz de constituir el pueblo del anticristo. Su presencia se manifiesta con el poder de Satanás – mediante toda suerte de desvíos, de abominaciones, de catástrofes y de prodigios falsos- para seducir a los que desean entregarse al mal.
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La religión cristiana subsiste, sobre todo gracias a sus dogmas fundamentales, entre los que se hallan la resurrección y la ascensión de Cristo que constituyen el argumento más fuerte de su divinidad. La creencia en estos dos dogmas está arraigada en un gran número de hombres y mujeres, no sólo cristianos, pero ahora los nuevos demiurgos y su cohorte de sicarios tratan de desbaratar y dar al traste con todo lo que suponga creencias cristianas, lo cual prueba que las temen, puesto que tratan de hacerlas desaparecer, y si no las temiesen no les interesarían lo más mínimo. Es contra estos soberbios contra los que hay que esgrimir argumentos de experiencia, es decir, históricos, de fuerza y de autoridad -no sólo religiosos- para desenmascarar sus patrañas, por un lado, y para probar la grandeza de la civilización occidental -cristiana-, por otro.
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Los adoradores de los dioses falsos, aun ellos mismos dioses pretendidos, se oponen acérrimamente a Dios; y esa es la tragedia actual de la Iglesia, cómplice de los nuevos demiurgos, y por la que no ha dejado de sentir un daño moral en el transcurso de los tiempos. De aquí nacen los padecimientos de los cristianos, hoy desamparados por la propia Iglesia. Pero ésta no puede ser contemporizadora, porque Cristo nunca lo fue. La Iglesia tiene una meta fija y unos dogmas invariables, y debe defenderlos por todos los medios y con todo su vigor. La duda en el cristiano puede nacer, pero sólo cuando ni la fe habla, ni la razón entiende, ni el sentido percibe. Únicamente entonces le es lícito dudar. La Iglesia, por ser una sociedad viajera y ecuménica tiene que unir a Cristo al mundo entero. Y bajo esta premisa debe extenderse y crecer, dando testimonio de la verdad cristiana. Y apoyando su fe en las Escrituras o en los códigos morales naturales, fuentes de las que vive el justo.
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«La sabiduría de la naturaleza es tal que no produce nada superfluo e inútil». Esta frase de Copérnico -apoyada en la de Averroes: En la naturaleza nada hay superfluo– resuena con una belleza profunda y una reverencia serena por la lógica natural. La naturaleza no solo es eficiente, sino que parece tener un propósito intrínseco en cada detalle: desde la forma en que una flor se abre al sol hasta cómo las especies se equilibran en un ecosistema. Decir que no produce nada superfluo es una invitación a mirar con humildad y asombro, incluso aquello que nos parece insignificante. ¿Una hoja seca en el suelo? Fertilizante futuro. ¿Una tormenta? Reguladora del ciclo de agua. Hay una armonía silenciosa en todo ello. Esta idea de la sabiduría de la naturaleza ha inspirado filosofías, poemas y ciencias durante siglos. Y es toda esa grandeza, con la humanidad incluida, la que quieren exterminar -utilizando lenguajes buenistas e inclusivos- los demiurgos del Nuevo Orden, con sus sicarios y ecologistas haciendo el repugnante papel de incendiarios y aniquiladores.
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Tenemos un pueblo manso como el cordero ante el esquilador y que calla complaciente cuando es conducido al matadero. Y no sólo eso. La sociedad, a veces, en especial cuando los dirigentes son un grupo de malhechores, se convierte en una traílla de perros, que no dejan de hurgar en las tumbas y en las desgracias ajenas hasta desenterrarlas, ocultando las glorias.
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La legislación de un Estado depende más de la postura ideológica y moral de los legisladores que de la forma de gobierno. Las leyes que contradicen a la naturaleza, a la verdad, a la razón y a la vida, provienen de la deficiencia mental y moral de los legisladores, que pueden ser dueños de una conciencia aberrante y pervertida, con independencia del sistema político al uso. Es lícito, más aún, es obligatorio, combatir legalmente contra una legislación injusta.
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El empleo habitual de la mentira y de la astucia es prueba de espíritu diabólico y mezquino. No son execradores por ser socialcomunistas; son socialcomunistas por ser injuriosos. Y a las lenguas maldicientes, ¿quién puede poner silencio?
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Los espíritus libres no deben jamás paralizarse por lo que digan los imbéciles y los insidiosos. Su papel es el de seguir actuando con rectitud y dejar que el vulgo frentepopulista hable cuanto quiera. Siempre son aquellos que tienen más motivos para callar los primeros que tiran, y con más odio y furia, la piedra al tejado ajeno. La inocencia más pura la tiznan para convertirla en mala, y lo mismo hacen con la excelencia. Van pregonando los imaginarios delitos de sus adversarios, porque con ello esperan encubrir los propios que ellos cometen. Disculpan sus yerros descargando en otros el vituperio que se tienen granjeado por méritos propios.
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El papel de los dirigentes del PP es tragicómico, además de nauseabundo. Gastan tiempo y fuerzas para ganarse a sus adversarios políticos del frentepopulismo y, aparte de descontentar a sus partidarios más despiertos, no consiguen hacerse ni siquiera falsos amigos en las huestes contrarias, sino inducirles a éstos a mayores desprecios.
Bien conocidos son los cobardes, que con tal de que otros se encarguen de llevar el peso que ellos mismos tendrían obligación de cargar, caen de rodillas a los pies de quienes les hacen el trabajo sucio, para agradecer su decisión, porque así quedan librados de su propio miedo. Pues quien se asusta de su misma sombra cuida de evitar encontrarse con todo tipo de compromisos y deberes, que no son artes para cobardes.
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Lo más asombroso es ver que los seres humanos no se extrañan de su debilidad. Se actúa con circunspección y con seriedad, y cada uno sigue su propia condición, no porque sea efectivamente bueno el seguirla, sino porque es la moda, y como si cada uno supiera con certeza dónde están la razón y la justicia. Se hallan decepcionados a todas horas, pero por una complaciente vanidad o por un falso amor propio se creen que es por culpa de la vida, no suya, pues se ufanan de poseer la suficiente sabiduría natural o la destreza de las que carecen. Pero privados de sus diversiones y de sus escapismos se ve cómo se marchitan de hastío o de angustia. Experimentan entonces su poquedad sin conocerla, pues es bien desgraciado sumirse en una tristeza insoportable, en el momento en que las circunstancias los obligan a reflexionar, sin poder evadirse con futilidades.
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La humanidad parece estar pidiendo a gritos ser purificada por el juicio final, como la parva por el viento. Y ha de llegar el tiempo en que se desvanezcan todo tipo de máscaras y de apariencias -que son las que ahora deambulan por sendas y avenidas- y se conozca la diferencia que hay entre el justo y el pecador, entre el corrupto y el virtuoso, y todos los canallas serán estopa bajo el fuego, y no quedarán de ellos ramas ni raíces. Nacerá el sol de justicia para los verídicos y hallarán la salud del espíritu en sus alas. Cuando esta distinción de premios y de penas que distingue a los decentes de los malvados, y que no se da en la vanidad y codicia de la vida presente, aparezca bajo el sol de justicia en la vida futura, entonces será el juicio nunca antes visto. Tengamos, pues, fe; si no en la justicia humana, sí en la divina. Y sigamos combatiendo.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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