15/08/2026 08:33

No hay que confundir el pueblo con la plebe. El pueblo es la suma de todas aquellas personas que sienten una necesidad comunitaria y que aún mantienen sus características individuales. En la plebe, esos rasgos distintivos -la magnitud moral- se han perdido, y por ello, al quedar sólo como magnitud física, su valor intrínseco se vuelve poco resistente ante la manipulación de los demagogos.

Todos los que, eligiendo la materia como objetivo, tienen algo que perder se acaban poniendo al lado de los verdugos del espíritu. Las muchedumbres, al contrario que la minoría crítica, vuelven una y otra vez a la secular obediencia del poder despótico, porque careciendo de sentido social y de conciencia unitaria, lo que les mueve es el goce sensual o la desesperación del hambre.

La corte, los Gobiernos y los responsables institucionales en general son ejemplos demasiado relevantes para la masa. Si los estamentos superiores no pueden dejar de imitar la deslealtad, la adulación, el engaño, la codicia, la ignorancia, la perversión y la moda -sea o no bastarda-, no debe resultar extraño que se haya difundido por toda España la corrupción, el gregarismo y el mal gusto en la convivencia. De ahí que más que un problema de partidos o de políticos lo sea de Sistema. Es éste el que hay que arrancar de raíz.

La percepción de España como idea unitaria e histórica y como proyecto en lo universal, no existe entre la masa con DNI español. Algo peligrosamente agravado por la metódica, intolerable y nada inocente presión inmigratoria. Por eso, cuando la gente de bien, cuando los espíritus libres, cuando los patriotas dicen que España «va mal», esa masa ausente de corpus moral los mira como si estuvieran locos, pues para ella, que cuenta con su televisión, su móvil, su cervecita, su fútbol y sus restaurantes y playitas, España va de «puta madre». Es decir, habla cada uno de la feria según le va en ella. Y son millones los que votan a los ladrones para poder robar ellos también.

Lo cual nos lleva a recordar que habrá pastores mientras haya borregos. Ítem más: los pastores seguirán siendo crueles y corruptos en tanto los borregos sean estúpidos y sumisos, además de también corruptos. Sólo los bellacos, los pervertidos y los imbéciles pueden elegir como guías a los canallas, a los depravados y a los sandios. Pero esa plebe insensata, integrada en gran parte por disminuidos mentales y por correligionarios socialcomunistas, además de poseer un alma malhechora y sectaria, jamás dejarán la estulticia ni el crimen para vivir, ni buscarán la prudencia para tener vida. Porque su naturaleza se lo impide.

En nuestra historia contemporánea, en los nefastos años de la Farsa del 78, ha habido unos cuantos hombres de retorcidas intenciones que codiciaron los honores gubernamentales y, con mayor o menor inserción y perjuicio para el común en sus andanzas y desempeños, llegaron a poseerlos. Esos honores, añadidos a la impunidad de todos los delitos que acarrearon, los llevan ahora como blasón vitalicio, en tanto han ido envileciendo la Constitución en particular y la política en general.

Transformaron a España en un muladar por el que han arrastrado sus infinitas vilezas, y al pueblo con ellos. Y llegados aquí hemos de decir que la antigua belleza de aquellos atributos, junto con la dignidad y grandeza de la patria, han muerto bajo las sórdidas botas de los «putos amos», y que es necesario comprender que, como del agua vertida, no toda cogida, ante la imposibilidad de depurar y reponer todo lo infamado y saqueado, hay que crear una belleza nueva. Algo que, sin pueblo, con una masa tan apátrida como los saqueadores que la dirigen y embrutecen, es imposible.

Si, de ordinario, por la boca del vulgo suelen hablar todos los diablos, como apuntó Gracián en El Criticón, hoy, en España, son multitud los demonios y los cojos, moralmente hablando. Y esos cojos indecentes, que han asaltado las instituciones y se pasean a diario por campos y ciudades, no dejan de cojear fuera de sus sendas. Por eso, que se preparen las gentes de bien, porque al resto de la ciudadanía, es decir, a la plebe, nada referido al bandidaje -propio y de sus dirigentes- le escandaliza ni le importa, al menos hasta que vean que el hacha ya está sobre su cuello.

Dicho lo anterior, y a estas alturas, después de casi cinco décadas de despojos patrios y engaños permanentes, resulta inaudito que aún haya mansos y bienintencionados que nos hablen del otro mundo y de justicia, por el mero hecho de haber detenido a Santos Cerdán, pues por un mamporrero puesto en entredicho -que va a ser tratado a cuerpo de rey en la prisión y a seguir siendo dueño de sus propiedades sospechosamente adquiridas- no se hunde el Sistema. Sólo cuando veamos a toda la cúpula de traidores -de uno y otro color- sujetos a grilletes y comprobemos que se han restituido al Estado sus copiosos latrocinios, hablaremos de justicia y de regeneración. No antes.

Porque, mis amables lectores, ¿ubi sunt? Sí, ¿en dónde están ahora los desleales a la patria? ¿En dónde está ahora la gloria de Babilonia? La respuesta es sencilla: recolocándose. Reubicándose. Pactando en secreto los pasos inmediatos para que no se venga abajo el chiringuito, para que no se pierda el momio, para que no desaparezca la estructura prebendaria. Fíjense ustedes, durante estos días de balumba política, en los pasos de los protagonistas de la Farsa. En sus movimientos, sus palabras, sus tacticismos, su profunda y terrible hipocresía. Estos tigres voraces que han pasado su vida engullendo víctimas tratan ahora de borrarse las rayas. Y es posible que pasen por bambis hasta que transcurra el temporal y puedan volver al estado delictivo propio.

Son muchos millones de bocas los que están chupando de la escuálida teta de España. Y van a seguir a lo suyo. Nadie sabe nada, ni ha hecho nada. Aquel día estaban enfermos y faltaron a clase. Llevan cincuenta años trapaceando, traicionando y desvalijando a la patria y nadie sabe nada. «Yo no he sido». «Ésa no es mi voz». «Son las cinco de la tarde y aún no he comido». Nadie. Ni políticos, ni militares, ni policías, ni jueces, ni intelectuales, ni educadores, ni médicos… ni el Coronado, por supuesto, ese mamotreto infecto. Todos inocentes, todos subsidiados, chantajeados o emasculados. Todos dueños del Estado o arramplando con sus restos. Y nadie sabe nada, ni ha hecho nada. Ítem más: la inmensa mayoría incluso finge estar indignada con lo sucedido. Pero da la casualidad que lo sucedido, para su oprobio biográfico, lleva acaeciendo hace cincuenta años.

 Aquí, hoy, como es de rigor y como se viene históricamente repitiendo, a la hora de la verdad nadie sabe nada; los protagonistas del enredo sólo saben a la hora del trinque, de la medalla, del sobresueldo, de la comisión… Por eso insisto en que no me vengan con cantos a la mañana ni con justicias de ocasión. La justicia ha tenido cincuenta años para erradicar la corrupción y no lo ha hecho. ¿Huelgas, ahora? ¿En ocasión de volver a husmear el posible incendio? ¿Recuerdan, por otra parte, al señor X y a su estigma imposible? Ahí lo tienen. Ofuscando como buen trilero, enfangando el campo, una vez más, para evitar el juego limpio, tanto como para alejar sospechas de sí y de su entorno. «Yo no he sido». «Estaba así cuando llegué». «Este PSOE es muy malito, no lo reconocemos los veteranos». ¡Qué gran tragicomedia para la Historia!

Pero, por muchas carátulas que se coloquen, por muchos disimulos que practiquen, por muchos relatos oportunistas o impostados que se fabriquen, por encima de todo ello, existen hechos y hemerotecas. Estos forajidos que anhelan modificar la historia a su capricho no pueden evitar la realidad, ese muro ante el que una y otra vez se estrellan. De modo que todo aquél que, en cualquier faceta, haya tenido una responsabilidad institucional media-alta durante las últimas décadas, es culpable. Como es culpable ese pueblo transformado en masa. Ese pueblo que, según los incautos y según sus defensores, que los tiene, «no sabe de la misa la media». A lo que habría que responder: «Harto sabe, pues sabe decir al tirano y al criminal: sí, señor; amén». Esa multitud cuya voz es la voz de la ignorancia, y que ignora a conveniencia que no sólo de pan vive el hombre.

 El socialcomunismo, en fin, debería ilegalizarse, perseguirse hasta su extinción por el bien de España y de la humanidad, pero a ningún instalado le interesa que el PSOE desaparezca, porque sin él sería mucho más ardua la elaboración y ejecución del crimen. El PSOE es una necesidad para todo espíritu malhechor. Como mucho, los fuertes señores del poder procurarán perpetuarlo bajo otras siglas más actuales. Timando una vez más a un pueblo inexistente como tal, convertido en masa despreciable, dando justificaciones a la muchedumbre para que permanezca aborregada. Y moviendo desde las alturas los hilos de los Felipe, de los Page, de los Feijóo, de los terroristas, separatistas y demás pudrimiento al acecho, para preservar el objetivo de sostener las columnas del Templo Sagrado.

El caso, en definitiva, es que asentar los pies sobre los fundamentos de la educación y la justicia, dando firmeza a sus pasos, y poniendo en la boca un cántico nuevo, un himno en loa a la unidad y prosperidad de la patria, es algo imposible en estos tiempos, con estas premisas y estas trampas. El Sistema, con su liberalismo y su socialcomunismo de abanderados, lo impedirá. Los Señores Oscuros y sus esbirros cambiarán lo necesario para que no cambie nada. Y, después de Sánchez, la destrucción de la familia y de los símbolos y tradiciones persistirá, y con ello el declive de la patria. Pues donde no hay voluntad cierta no falta excusa fingida, como escribió Tirso de Molina en Don Gil de las Calzas Verdes.

Así, los enanos seguirán queriendo calzarse los zapatos de los gigantes y cuando el monstruo de hogaño desaparezca llegarán nuevos engendros. El Consistorio Supremo renovará el elenco, con reasignación de actores y cambios de apellidos, pero no de criminales y traidores. Es decir, nos cambiarán de tendero, pero no de ladrón. Pues no hay que olvidar que las tres potencias que operan la historia son Dios, el diablo y el hombre. Y en el hombre, al que Agustín de Hipona coloca en el centro, se enfrentan Dios y el demonio, y en esta tensión se va desarrollando la historia con signo positivo o negativo.

Lo cierto es que el Nuevo Orden ha decidido que éstos sean tiempos distintos a los recientes de antaño. Y la entrada en nuevos tiempos exige nuevas formas e invenciones. Los intereses de los escasos espíritus libres, de la escasa gente de bien que queda en España, no son los intereses de este Estado en poder del delito. Por eso son cuerpos extraños respecto a los que mandan y legislan, y a toda su burocracia de lóbis y clientes; como son ajenos a la monarquía que firma sus decretos y leyes, y al ejército que los protege, y a la Iglesia que los bendice, y al gran capital al que todos ellos obedecen.

Y tales espíritus libres habrán de seguir así, extranjeros entre la multitud aborregada, forasteros en su propia patria, hasta que, entre los elegidos, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia, emerja el regenerador y, como de piedras vivas y sobre ellas, se edifique la España del futuro. Una España más gloriosa que nunca. Porque el sueño de los que están despiertos es la lucha y la esperanza.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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