Hay un anuncio en televisión que, si se viera con los ojos del sentido común, provocaría náuseas. Una joven pareja moderna –limpia, ordenada, sin hijos, naturalmente– se preocupa con intensidad quirúrgica por el bienestar de su perro, una criatura mimada a la que no le falta ni pienso con probióticos ni entrenador con puntuación cinco estrellas. Aunque para ella, claro, cinco no bastan. Ella, que aún está en edad de merecer –y de engendrar, si las prioridades fueran otras–, exige diez estrellas.
No hay una pizca de ironía en la escena. Es todo real. Es un escaparate de lo que somos: una sociedad que ha invertido su jerarquía afectiva, su escala de prioridades y, ya puestos, su cordura. El anuncio es una ventana, sí, pero no a un hogar feliz, sino al ocaso demográfico de Europa y a la infantilización emocional de los adultos. Que una marca invierta miles de euros en un guion que excluye por completo a los hijos humanos y consagra al perrijo como heredero universal de nuestros cuidados, dice mucho…
Y no se trata de un caso aislado. Basta con que uno vea dos vídeos en YouTube sobre rescates de perros abandonados para que el algoritmo le sirva raciones diarias de lo mismo: historias conmovedoras de canes heridos, rehabilitados por almas caritativas que los adoptan, los visten, los pasean y los convierten en miembros de la familia, con cama propia, psicólogo animal y perfil en redes sociales. Insisto: no tengo nada contra los perros. Los quiero. Pero detesto profundamente que se nos use el corazón para perpetuar e inducir determinado tipo de comportamientos. ¿Por qué no buscan niños “desechados y abandonados a su suerte”, que hay muchísimos, en vez de canes, o si me apuran, a la vez de canes? Claro, un YouTube de eso sería “muy políticamente incorrecto”, y muy probablemente, “fuera de los objetivos” a los que sirve en Youtuber correspondiente.
Porque todo esto no es casual. Es tendencia. Es cultura. Es agenda. La maternidad se posterga, la paternidad se desprestigia, y en su lugar entra el cuidador de perrijos, el consumidor de piensos premium, el que da las gracias al veterinario con lágrimas en los ojos como si le hubiera salvado a su hijo. Mientras tanto, las cunas están vacías, las escuelas cierran líneas, y las pensiones tiemblan. Pero tranquilos, que Fido está regulado intestinalmente y su entrenadora tiene diez estrellas.
Y ya que hablamos de publicidad, llama la atención otra cosa. En los anuncios de comida para perros, jamás aparece un musulmán. Raro, ¿no? En cambio, para otras campañas –bancos, seguros, universidades, supermercados–, no hay imagen que no sea meticulosamente diversa: un poquito de todo, para que nadie se queje. Pero con los perros no. Cero diversidades. Blanco y occidental. ¿Por qué será? Pues quizá porque en el Islam los perros son considerados impuros. No está prohibido tenerlos, pero no se les ve con prevención y en algunos casos con claro rechazo. Hay musulmanes con perro en Europa, pero yo no los veo. Solo veo gente occidental pasearlos.
Así que ya lo saben: no se trata de amor a los animales, sino de desvío del amor natural por los hijos hacia sus sucedáneos peludos. Es una transferencia afectiva que beneficia a la industria del pienso, del seguro veterinario, del adiestramiento canino y de la moda para chihuahuas, pero que nos deja como sociedad vieja, estéril y satisfecha de sí misma. Una civilización que cambia cunas por correas, que se emociona más con la historia de un galgo que con la de una madre soltera, que gasta más en el veterinario que en el abuelo.
Europa no está envejeciendo. Está suicidándose dulcemente entre estrellas y probióticos.
Y si no me creen, miren los datos. España tiene una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo: apenas 1,2 hijos por mujer. Para asegurar el reemplazo generacional, harían falta al menos 2,1. Es decir: nos estamos extinguiendo sin guerras, sin epidemias, sin catástrofes. Italia va por el mismo camino. Alemania aguanta algo más gracias a la inmigración, pero tampoco. Francia y Suecia, aunque mejores, siguen por debajo del umbral. Mientras tanto, Corea del Sur ha batido todos los récords con un inverosímil 0,7.
Así que sí: habrá más piensos para perros, más esterilizadores de biberones caninos, más camas con nombre bordado para chuchos mimados. Pero no habrá hijos. No habrá nietos. No habrá relevo. Porque mientras criamos perrijos con diez estrellas, **nuestros descendientes reales se desvanecen con un suspiro estadístico.
Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra
Colaborador de Enraizados
Autor
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