15/08/2026 05:30

El caso del niño violado en Valencia durante un viaje escolar evidencia que vivimos una época neurótica, fascinada con el disfraz y enemiga de la verdad. Hemos idealizado la infancia como si fuera un santuario de pureza incorruptible, un estado edénico anterior a la caída. De ahí que cualquier conducta vil ejercida por un niño se trate de inmediato como un síntoma: de trauma, de entorno, de “falta de habilidades emocionales” conforme a la jerga pedagógica. Pero nadie quiere ver que hay niños hijos de puta, niños que hacen daño porque quieren hacerlo. No por ignorancia. No por carencia afectiva. No por haber nacido en un barrio equivocado. Lo hacen por pura inclinación a ejercer poder, por placer, por disfrute. Por aquello que antes se llamaba, con esa franqueza que se ha perdido, maldad.

Aceptar que hay niños con un interior oscuro da miedo porque rompe el relato, y por eso vestimos el comportamiento de los hijos de puta con etiquetas pedagógicas y psicológicas. Esta negación sistemática de la maldad infantil forma parte de un proyecto mayor: la infantilización general de la sociedad. Si aceptáramos que hay niños crueles deberíamos aceptar también que la crueldad no siempre es consecuencia del patriarcado, ni del sistema, ni del algoritmo. Que el ser humano, incluso en su forma más diminuta, es capaz de elegir el daño como necesidad de afirmación. Y eso, para una cultura adicta al victimismo, es inaceptable.

Así que se niega. Se blanquea. Se patologiza. La responsabilidad se diluye en discursos de plástico. Y mientras tanto el niño que humilla, que acosa, que somete, sigue libre, impune, aprendiendo que todo se puede hacer si sabes llorar después. Siete hijos de puta implicados, y solo uno de ellos acusado por la Fiscalía de Menores. Les protege la edad, incluso jurídicamente. Los padres de estos niños velarán por sus “angelitos”, y quizá hasta culpen a la víctima por el problema que les ha caído encima. Y la víctima, señores míos, era un chiquillo de 13 años que fue acosado sistemáticamente, humillado, golpeado y herido en lo más íntimo de su sensibilidad, y que soportó todo ese calvario en silencio por miedo a que los hijos de puta de la manada valenciana hicieran daño a su hermano pequeño, alumno del mismo centro escolar.

Detrás de los niños cabrones no hay otra cosa que la voluntad de dominio y de poder, esa energía antigua que no distingue edades. “Que sufra. Quiero ver cómo sufre” Hay niños que gozan viendo doblegarse a otro. Que sienten júbilo en la rendición ajena. No es una anomalía: es una muestra precoz de lo humano en su estado más crudo.

Aquí es necesario decir algo incómodo: No todo se educa. No todo se corrige con refuerzos positivos ni con “límites claros desde el amor”. Hay pulsiones que no obedecen a la química cerebral. Simplemente existen. Y, si no se encauzan a tiempo, se convierten en estructuras de carácter, en modos de habitar el mundo. En tiranos en miniatura. Los siete implicados en la manada de Valencia van a ser toda la vida unos cabrones, con o sin condena y con o sin alta terapéutica.

El buenismo terapéutico nos ha convertido en cómplices de la crueldad precoz. Este caso evidencia que protege más al agresor que a la víctima, por temor a dañar su autoestima o traumatizarlo. Así se crían pequeños sádicos que aprenden que la ley es una broma y que el castigo es opcional. Aprenden que pueden humillar y que, si lloran lo suficiente en la entrevista con el orientador, todo se arregla.

Este es el verdadero mal: no que un niño sea cruel, sino que nadie tenga el coraje de decirlo.

Aceptar que hay niños malos no es un ataque a la infancia, sino una defensa de la verdad. Tenemos un ejemplo claro en la manada de Valencia. La maldad no necesita barba para manifestarse, solo necesita espacio, impunidad y silencio cómplice. Y hoy se le ofrece todo eso con una sonrisa y una palmadita en la espalda.

El alma humana -decía Pascal- es el mayor campo de batalla. Y ese campo empieza a dibujarse mucho antes de lo que quisiéramos admitir.

Autor

Yolanda Cabezuelo Arenas
Yolanda Cabezuelo Arenas
De su madre, Laura Arenas Green, perteneciente a una familia aristócrata y aficionada a las Artes, hereda el de verbalizar y hacer visible la realidad.

Hay que recordar que es sobrina de Luis Arenas Ladislao, conocido fotógrafo cuyo legado diera a la belleza de Sevilla proyección internacional, incluso la Sevilla secreta de la más estricta clausura en e Sevilla oculta, Sevilla eterna y Semana Santa en Sevilla.

Su tatarabuelo, Isauro López-Ochoa y Lasso de la Vega, fue un periodista perseguido por sus ideas liberales; fundador de la revista El Avisador, que contaba con la colaboración de Javier Lasso de la Vega, José Gestoso, Luis Montoto, Antonio Machado y José de Velilla, entre otros.
El ambiente familiar propició el trato desde niña con personajes destacados de las Artes, recibiendo una formación esmerada en el estudio de la Historia, Literatura, Música y Pintura, faceta que perfeccionó en la escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos de Sevilla.
También fue alumna de José María de Mena en la escuela de Arte dramático, llegando a interpretar y dirigir obras como Cinco horas con Mario, La vida es sueño, Don Juan Tenorio y La casa de Bernarda Alba.

Su primera novela, “La Cala de San Antonio” refleja su particular visión de la vida en todas sus facetas: el dolor, el sufrimiento, la alegría y la magia de estar vivo, porque la principal temática de sus escritos ligeros se centra en el comportamiento humano.
Para estudiarlo no ha dudado en introducirse en distintos ambientes sociales, incluso marginales. Aunque reconoce que “habría podido evitar conocer a algunas personas, he aprendido la importancia de los valores viendo las consecuencias que sufren quienes viven sin ellos”.
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Covadonga

Totalmente cierto todo lo que expone en su artículo. Vivimos en una filiocracia, y nos negamos a ver el Mal en estado puro , el mal a secas , innato, genético, heredado o aprendido. No queremos ver la realidad porque dormimos mejor , más tranquilos y así nos va y así vamos . El primer error la ley del menor. Un menor que comete un delito es tan culpable como un mayor.

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