04/04/2025 21:20

Corría el año 1116. Al este de Ávila estaba acampado un ejército fornido. Hasta Aragón habían llegado rumores de la muerte del regio niño, que pasados los años habría de ser Alfonso VII de Castilla.

El batallador y aragonés Alfonso I, padrastro del pequeño, cimentaba en el macabro rumor sus ilusiones de poder sobre Castilla.

El día 26 de octubre de 1109 habían contraído nupcias en el castillo palentino de Muzón, la reina castellano leonesa doña Urraca, a la que la Historia denominaría la Temeraria, con el rey aragonés Alfonso I al que la posteridad apodaría el Batallador.

Doña Urraca acudía con dos hijos habidos en su anterior matrimonio con don Raimundo de Borgoña: Sancha Raimúndez y Alfonso Raimúndez.

A estas segundas nupcias de doña Urraca habían acudido ambos contrayentes arropados de la autoritas potesta de la cual se deducía que si bien el matrimonio no era instrumento de unificación de ambos reinos, esta si se habría de producir en caso de fallecimiento de uno de los dos conyugues, o por herencia recibida por el vástago surgido de dicho matrimonio.

Esto quería decir que el heredero legítimo de la corona castellano-leonesa, don Alfonso Raimúndez, hijo varón de doña Urraca, quedaría privado de sus derechos en beneficio del fruto matrimonial de las nupcias que en el castillo de Muzón se celebraban.

En Ávila quedó el regio niño, don Alfonso Raimúndez, al cuidado de ayas, tutores y guardeses.

Pero mal fue el matrimonio de Don Alfonso y Doña Urraca. Mas feliz se encontraba, al parecer, Don Alfonso entre sus guerreras huestes, que a la vera de su recién estrenada esposa doña Urraca. De manos y pies zahería, incluso en público, a su consorte don Alfonso, tal y como justificaba doña Urraca ante el papa Pascual II en 1112, cuando esta solicitaba la correspondiente bula de nulidad matrimonial.

Conflictos, enfrentamientos y hasta guerras dieron continuidad a los años posteriores entre las coronas Castellano-Leonesas y la de Aragón.

El niño regio que en Ávila permanecía escondido, y al que ya, parte de la nobleza castellano-leonesa y la totalidad de la de Galicia había reconocido como su legítimo rey se interponía a los deseos de Alfonso I el Batallador de Aragón en sus deseos de incorporar dichos reinos a sus dominios.

Hasta Ávila se desplazó el aragonés y batallador Alfonso I de Aragón a fin de verificar la existencia de aquel cuyos rumores de muerte habían llegado a sus oídos.

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Solo la muerte de aquel niño justificaría sus pretensiones sobre los reinos que su codicia apetecía.

Hasta Ávila llegó el aragonés con sus huestes. Hasta el cimorro de la catedral, parte almenada de la muralla, llego el Batallador. Desde sus altos le fue mostrado el regio niño. Escena esta que recoge hasta nuestros días el escudo de la ciudad de Ávila.

Cariacontecido exigió el contrariado y aragonés monarca al Cabildo abulense contrastar de cerca la identidad de aquel que desde los altos almenados le era mostrado.

Accedió el Cabildo.

Temiendo ser herido y muerto al penetrar en la ciudad, pidió le fueran ofrecidos sesenta caballeros como rehenes, que permanecieran en su campamento mientras él se introducía en Ávila para llevar a término la comprobación por él requerida en torno al estado e identidad del rey niño, en cuya muerte depositaba sus esperanzas.

La comprobación fue realizada.

Con su codicia truncada. Con el objeto ambicionado perdido, regresó al campamento donde su ejército esperaba. Su corazón ardía en ira. Su mente ensombrecida se encontraba anegada en oscura sed de venganza. Allí estaban los sesenta caballeros. Sus abyectos sentimientos no fueros reprimidos. Las sesenta cabezas fueron cayendo al suelo segadas y de sus cuellos separadas. Los sesenta caballeros abulenses fueron degollados, Ni así su vil pasión se sosegó. En una gran olla, mediada de aceite, hirvieron los sesenta cráneos con sus desorbitados ojos. La humareda oscura daba al ambiente un tono tétrico de urdimbres demoniacas. El lugar tomó desde entonces y para siempre el nombre de Las Hervencias.

Desmontado el campamento, las aragonesas fuerzas emprendieron el retorno a sus tierras. El deshonor en Ávila se masticaba. La regia vileza sumió a la ciudad en acongojado y silencioso estupor. Los pechos, todos, pedían desagravio. Los corazones suplicaban venganza. El recuerdo de las hirvientes cabezas, no permitía hablar a las inteligencias sosegadas.

Blasco Jimeno, caballero responsable del Concejo en Ávila, y un sobrino suyo llamado Lope Nuño, salieron de la ciudad en persecución de las huestes mañas, con la idea de retar al criminal y sin honor rey perjuro.

A la altura de Cantiveros las dieron alcance. En Cantiveros el regio Alfonso concluyó su felonía.

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Del gesto de Blasco se desprende un reproche; de su boca un reto personal al aragonés monarca. La cólera pone un fondo granate a la negritud rojiza del semblante del vil rey de Aragón.. Un grito desgarrado estremece la llanura. Una orden llega a los escuadrones, los cuales arremeten contra los dos caballeros abulenses. Rechinar de espadas. Sudores de cuerpos sucios embutidos en armaduras. Agudos relinchos de caballos y voces roncas forman un todo sobe la estepa infinita, a la cual solo la llanura pone cerco.

Allí en Cantiveros, poco antes de llegar a la partición de la carretera que hoy nos lleva a Madrigal de las Altas Torres por un ramal, y a Arévalo por el otro, se conserva una cruz que recuerda lo sucedido. La Cruz del Reto que, sin cuidar y entre matojos, todavía hoy nos remembra los hechos. La “Cruz del pandero” la llaman los lugareños, puesto que, en su cuerpo central hay un gran lienzo granítico en el que, difícilmente ya, se puede leer la narración de los acontecimientos que allí tuvieron lugar, tal y como a continuación pasamos a reseñar.

Aquí retó Blasco Jimeno, hijo de Fortín Blasco al rey D. Alfonso I de Aragón, porque contra su palabra y juramento, hirvió en aceite a sesenta caballeros avileses, que la ciudad le dio en rehenes, ofendido de que no le entregó al rey don Alfonso VII, que tenía en guarda, y acometido del exercito real murió como un gran caballero, vendiendo muy cara su vida, dejando a los venideros memoria de su valor año 1116.

Quien dixere un avemaría por su anima ganará cuarenta días de perdón”

NOTA

Nos gustaría poder decir que el hecho que hemos relatado fue el único ocurrido en la Historia de España en el que los españoles se han matado entre sí. Pero el lector sabe que esto sería mentira.

Autor

Juan José García Jiménez
Juan José García Jiménez
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