25/10/2026 05:54

Nuestros guerreros, sobre todo los de alta graduación, se han convertido mayoritariamente en turistas o peregrinos. Son soldados pacifistas, y las medallas que en la actualidad pegan en sus carlangas son más insignias LGTBI que blasones de Santiago. El día del Desfile son guerreros, y el día de dar la vida por la patria o de desbancar a quienes la destruyen, ermitaños. Hasta el punto de que más eficaces son los «médicos del covid» con una lanceta y una vacuna, que ellos con un carro de combate. Les sobran las armas, tal vez porque les falta el valor. Son tan buenistas y tan componedores que más prefieren escudos que armas, y siempre los hallaremos en los cuarteles del feminismo o de la reconciliación. Como su gran maestro Bono, ellos prefieren morir antes que matar, y más si quienes los disparan son los más conspicuos enemigos de la patria: Marruecos, Anglosajonia y Francia, por poner un ejemplo. Ya no hay Grandes Capitanes, ni Duques de Alba en nuestros Ejércitos; ningún brazo, en ellos, es capaz de sujetar monstruos y aherrojarlos, ni de deshacer entuertos, agravios y tiranías. Hoy se triunfa más con el oro que con la espada; y más distinciones te otorgan perteneciendo a las mafias rosas que a las Órdenes de Caballería.

La evidencia nos dice que la corona del Reino la tiene Pedro Sánchez en sus manos más que Felipe VI en su cabeza.

La justicia es el alma del reinar. Por eso España es un Reino sin alma.

 Reparad en aquel ministro de palidez morbosa y amadamadas formas, ¡qué celoso y justiciero se muestra con los que rezan el rosario junto a la sede de su secta o frente a los abortorios! En ocasiones tales, no hay rey Pedro inflexible, alcalde Ronquillo rancio, ni Quiñones fresco que le lleguen. Con nadie, de entre los más indefensos y justos, se ahorra, y contra todos ellos se arroga y enriquece. Se excusa diciendo que a todos les va quitando las ocasiones del mal… será para quedarse con ellas. Siempre, según él, va en busca de ruindades, y con esta justificación deja a los narcos asesinos masacrar a los guardias garantes, del mismo modo que deja entrar libremente en las casas de los desasistidos ciudadanos a los vagos y delincuentes, que las okupan como salteadores, émulos ejemplares de la casta partidista. Como enflaquecido Sátiro con apariencia de hombre, permite la perversión del reino y desarma a los pecheros legales y esforzados, y con tanto afanar y depravar hace de su virreinato una armería y un atascadero. Y para quedarse él solo -y los suyos- con los réditos de la mohatraría nacional, acoge a los ladrones como renacido Monipodio. Siempre va repitiendo «¡justicia y orden!», mas no por su casa, ni por su partido, ni por sus envilecidas bancadas, ni por las de sus compinches.

Aprender a ser persona es la enseñanza más difícil de la vida.

El mandar, aunque es empleo de seres humanos, no es felicidad, que para gobernar locos es menester gran seso, y para regir necios, gran saber. El sabio renuncia a los cargos por sus cargas. ¿Qué sabio puede vivir sujeto a otro y más a un necio? Gracián: «No hay en el mundo señorío como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey y monarca de sí mismo».

La democracia, esa palabra mágica, tal como nos la están vendiendo sus fanáticos impostores, es un engaño atroz. La democracia, como cualquier otra forma de gobierno, no es sino acción política, y no puede haber acción política sin sentido social y religioso, sin ordenamiento dirigido a objetivos éticos, ennoblecedores del alma humana. Cuando la acción política se limita a conseguir el poder por cualquier medio y de este modo a perpetuarse en él, deja de ser un fenómeno social para transformarse en un negocio delictivo, en un abuso. La acción política debe gestionar el bien común, no los delirios ni las codicias personales. Con el señuelo de la Democracia, de una democracia espuria y monstruosa parida por la funesta Transición, todo lo perdimos junto: la patria, la libertad y la belleza, es decir, la vida.

¿Qué más y mejor puede decirse de nuestra equívoca Constitución sino aquello de que errando los principios, falsas salen las consecuencias?

 Para quienes carecen de vergüenza todo el mundo es suyo. La Farsa del 78, con sus íntimas Constitución y Transición de la mano, y amparada por su mamá Democracia, ha transformado a los acuchilladores en maestros de esgrima, a los farsantes en políticos, a los tahúres en legisladores, a los murmuradores e infames en periodistas, a los holgazanes en ministros de trabajo, a los sindicalistas en taberneros, y a todos ellos en gorgojos. Aquí está todo en el bien parecer, que ya en el mundo no se atiende a lo que son las cosas, sino a lo que parecen. Hoy, el gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Se trata de adquirir relieve y conservarlo, algo que no es difícil si se sabe reverenciar a las larvas del escalón superior, pues entre parásitos todos viven de crédito, mano sobre mano. Nadie se mate a estudiar, sino a elogiarse con arte. Todo político, juez, médico y letrado, e incluso militante con aspiraciones, ha de ser ostentación. Mucho vale el pico, que, hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Quien sabe vivir, se sabe acomodar, y ello sin que cueste más fatiga que la de estar siempre ofrecido, mostrarse humilde y besar los pies a quienes no merecen merced. Sin sudar ni reventar, la sectaria partidocracia hará respetables a las generaciones venideras de vividores, con idéntica facilidad con que hasta la fecha ha entronizado a los cientos de miles de aprovechados y gorrones que, sin dar un palo al agua, han vivido y viven del Estado.

Pero llegará el día en que las virtudes sean libertadas y puedan dar una extraordinaria demostración de su valor y sentimiento. Y que, recibiendo la nueva con admirable aplauso, las gentes se den la enhorabuena; y ostentando indecible gozo, obliguen a los vicios y a sus muñidores a huir cabizbajos y corridos, sin poder disimular su contrariedad y su rencor.

El desengaño, tarde o nunca; la esperanza y el esfuerzo, siempre. Fortaleza, autoritas y ánimo, mis amables lectores.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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