15/08/2026 06:59

Hablamos de la Iglesia muchas veces sin distinguir esencia de presencia, como hablamos de los catalanes o de los vascos, por ejemplo. Generalizamos, y al hacerlo cometemos la injusticia -el error- de mezclar el grano con la paja. El diablo nunca jamás seducirá a la Iglesia, tomada ésta como condición inseparable de la divinidad, como idea predestinada y elegida desde la misma creación del mundo. Lo cual no quita que las fuerzas del mal, necesarias para la existencia de ese mundo, traten de acabar con una institución que las enfrenta y revela. La maldad, tan libre como la probidad, ha venido, viene y vendrá con toda su reciedumbre, con todas las energías innatas y con todos los ejércitos que haya seducido, a guerrear contra esa Ciudad de Dios que imaginó Agustín de Hipona, y el número de estos enemigos será incontable y se mantendrá en sucesión continua.

Extendida sobre la redondez de la tierra, la maldad ha intentado, intenta e intentará de forma permanente cercar y destruir a la ciudad amada, porque el Mal, por definición, ha de combatir contra el Bien. La esperanza de las gentes de bien consiste en que, al cabo, con sacrificios y dolores sin fin, la rectitud y la justicia ha de prevalecer sobre la iniquidad, desenmascarando a todo falso profeta y a toda manipulación de la malevolencia, es decir, a todas las bestias con figura de homo sapiens.

La flaqueza humana -la naturaleza humana- es tal que, por seducción o por violencia, el mal hace caer en sus redes a gran número de hombres y mujeres, derribándolos y desviándolos del camino recto. Porque uno de los artificios del mal es el de ocultar su maligna potencia, disimulándola bajo velos brillantes y atractivos. Y así, babeando malicia, pero encubriéndola de eficacia y de bondad, consigue ligar a su partido a muchas almas predispuestas o débiles. De manera que no dejamos de ver, diariamente, a personas que pasan de un lado a otro de la línea alternativamente, según las circunstancias y de acuerdo con su naturaleza versátil.

El caso es que los perseguidores contra el Bien, los odiadores de la excelencia y de la virtud, se suceden desde el inicio de los tiempos y no dejarán de sucederse hasta el fin de los siglos, porque sus corazones ciegos y profundos encierran un tenebroso abismo. Salen de entre la humanidad, pero no son humanos en el bien, porque si lo fueran hubieran permanecido en él. De lo que se desprende que nunca han faltado apostasías en la Iglesia, ni faltarán. Ni faltan, como es el caso actual, en el que, en el seno de una Iglesia debilitada por la carencia de fe en las cosas divinamente predichas y cumplidas, o por cumplir, se capacita para despojar a su indispensable condición, de la mano de los poderes ocultos.

Es preciso admitir que, campeando la perversidad como hoy campea, se desgasta la fe o el ideal de muchos, y que muchos, que no están escritos en el libro honesto de la vida, se rinden ante las inauditas persecuciones de la malevolencia ya suelta y, en apariencia, vigorosa. Pero debe considerarse que no son los verdaderos fieles los que abandonan la senda correcta, sino más bien aquellos cuya tendencia se inclina a creer en lo contrario de lo que parecen creer y se hallan más dispuestos para caminar junto al diablo que para enfrentarse a él. Han salido ya del seno de la Iglesia -aunque los actuales aparenten estar aún dentro- muchos herejes, mas no eran de la Iglesia; pues, si fueran de la Iglesia, hubieran perseverado, sin duda, con la Iglesia. Y lo hubieran hecho, por supuesto, siguiendo el modelo de Cristo: Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.

Estos infieles eclesiásticos, tan traidores como los políticos de la cuerda, todos ellos seguidores del Poder Oculto, haciendo ver al mundo lo que no hacen, y ocultándole lo que hacen, arrastran a la mentira a los que, ignorantes del poder del diablo o adoradores suyos, han merecido ser seducidos por no haber amado la verdad, que les haría salvos. El ardid del error les hará creer en la mentira, permitiendo al diablo -representado por cofradías, sectas y hermandades, a cual más lóbrega y truculenta- hacer todo tipo de prodigios engañosos e inicuos.

Los verdaderos líderes, si existieran, capaces de librarse de las contradicciones del pueblo, y constituidos en caudillos para la unidad, la libertad y la verdad, se afanarían a fin de que fueran juzgados y condenados con justicia suma, todos los que, humillando a los valores referidos, se han complacido y complacen en la deslealtad y en el crimen. De modo que los corazones de los verídicos, de los patriotas, de los fieles y de los libres se regocijaran, y los huesos de los mártires -religiosos, ideológicos y cívicos- reverdecieran como la hierba en primavera.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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La mayoría de herejías se han resuelto sin repercusión alguna sobre los miembros de la Iglesia más allá de la excomunión de aquellos cuya soberbia intelectual les animaba a no retractarse. Pero algunas herejías sí hicieron mucho daño a la fe de incontables fieles, la mayoría de ellos incautos o descuidados. Es el caso por ejemplo de la del sacerdote alejandrino Arrio, la del obispo de Antioquía Nestorio, la del patriarca de Constantinopla Cerulario y la del monje agustino Lutero, hoy la más perniciosa porque muchos son luteranos sin saber que lo son (y ojo con lo que una doctora de la Iglesia contemporánea de Lutero dice en su libro sobre el infierno y los luteranos).
Estas herejías arrastraron al error a muchísimos fieles de varias generaciones (por eso tanto advierte el Señor, san Pablo y los apóstoles en el NT sobre los falsos doctores y los falsos profetas), pero lo que hay tras las herejías es una clara pretensión política (pretensión de poder, que es el cáncer de la fe desde tiempos del Señor). Negar esa pretensión de poder o política es ocultar el verdadero rostro de las herejías de todos los tiempos.
Arrio, un sacerdote totalmente hechizado por el platonismo medio que quiso, aparentemente y so pretexto de acumular fama y poder político, para lo cual era muy hábil (llegó a embaucar a Constantino tras su excomunión en Nicea el 325), dar salida teológica a la disyuntiva entre subordinacionismo y modalismo sabeliano. Arrio fue seguido por muchos obispos y tuvo una repercusión muy grande en el mundo bárbaro por cuestiones de poder, pues la herejía arriana, el hecho en sí de negar la divinidad de Jesucristo está contra las mismas Sagradas Escrituras, contra la misma Palabra de Dios plasmada en los Evangelios y contra toda la Tradición y el Magisterio de todos los santos.
La división política del Imperio romano en oriente y occidente tuvo repercusiones malignas sobre la Iglesia, pues los obispos orientales aceptaron sin casi oposición como cabeza de sus iglesias no al sucesor de san Pedro en Roma, sino al emperador de oriente en Constantinopla, al poder estatal político, que era el que convocaba los concilios ecuménicos, quitaba y ponía los obispos según su política a capricho, destituía a unos y ponía a otros, etc., a diferencia de lo que se intentó en occidente a partir de san Ambrosio de Milán, que pretendió mantener la Santa Iglesia Católica Apostólica libre de las injerencias políticas de emperadoras y cónsules (ésa ha sido la lucha de la Iglesia durante los últimos diecisiete siglos por su libertad) luchando por la libertad religiosa frente a paganos, herejes arrianos ocultos o manifiestos y semiarrianos (los de su tiempo), judíos y todo tipo de emperadores apóstatas o idólatras. Esa división política entre oriente y occidente que repercutió sobre la Iglesia y nunca debería haberlo hecho, es la semilla a la otra gran herejía, la de Cerulario en el siglo XI al no admitir la primacía del sucesor de san Pedro, aunque la herejía se ocultó bajo la máscara vana del famoso filioque del Símbolo de la fe. Otra división de origen político, que no dogmático en modo alguno, por mucho que se expongan razones teológicas para ello.
Nestorio no hizo sino agudizar esa división entre obispos politizados de oriente (con tres polos de poder primitivos: Constantinopla, Antioquía y Alejandría) y obispos fieles de occidente. Pero el nestorianismo no fue sino otra herejía de base política en el fondo.
Y ya en el s. XVI, Lutero ni siquiera tuvo jamás la seguridad de creer en lo que él mismo predicaba y sí mucha tribulación y remordimiento de conciencia. No tuvo certeza alguna en sus errores fatales para generaciones enteras hasta hoy, una «fe» a conveniencia subjetiva de cada cual, un endiosamiento del «fiel» según su «libre», es decir, subjetiva, interpretación a conveniencia de las Escrituras rechazando toda autoridad que viene de Dios y que recae en los santos, todos de la Iglesia y ninguno de fuera de ella, como siempre han mostrado los hechos sobrenaturales de la actuación de Dios, los llamados milagros, que solo se dan en la Santa Iglesia Católica Apostólica, prueba irrefutable de Verdad frente a los herejes, falsos profetas y demás sectas y cultos vanos todos ellos. Pero detrás de Lutero hubo un ejército de obispos y presbíteros sedientos de poder y riquezas, todo un movimiento político de la Europa moderna. De hecho, ese era el argumento fundamental de su rebeldía (que no «reforma») enmascarado en la «sola fe» y la «sola Escritura» (mutilada y manipulada a conveniencia subjetiva de cada una de las decenas de miles de sectas a que dio lugar su rebeldía contra Dios, que no contra el papa, mortal y pecador como todo hombre, de Roma). Lutero mutiló las Sagradas Escrituras cuyo canon ya fue fijado por san Jerónimo en el siglo IV, arrancando las cartas católicas de los mismos Apóstoles, pues su contenido no convenía a su verdadera motivación, el poder político y las riquezas que la Iglesia había acumulado por las donaciones de las almas caritativas y devotas.
Así pues, lo que el autor del artículo escribe sobre las herejías y sobre la primera carta del Apóstol amado san Juan, que hace referencia a los anticristos, que estaban entre nosotros, pero no eran de los nuestros, tiene que tener siempre bien presente que la motivación del hereje no es otra que ese gran enemigo de la humanidad, el amor propio o vanidad, el servirse a sí mismo y no a Dios, el buscar la gloria propia y no la de Dios, el buscarse a sí mismo y no a Dios, el endiosarse, todo lo que es propio de los que pretenden el poder, los políticos de cualquier signo, como Lucifer y los ángeles rebeldes, como Eva y Adán, como Cifás y el sanedrín, etc. Por eso las almas han de tener un cuidado extremo con la política, con la pretensión de poder, con la vanidad en definitiva, pues no dar gloria a Dios, incluso perdiendo la vida si fuera preciso en martirio, es herejía en sí, es romper con Dios, un error fatal que condena para toda la eternidad, aunque en esta vida pueda otorgar aquello que el demonio, desesperado e impotente, pretendió «dar» al Señor en el desierto a cambio de que se postrase y le adorase.

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