04/04/2025 07:10

Como escribió Schopenhauer, en El arte del buen vivir, «lo que hace desgraciados los años de juventud es la persecución de la felicidad, emprendida con la firme suposición de que puede encontrarse en la existencia. Ese es el origen de la esperanza siempre desengañada, que engendra a su vez el descontento». La juventud, y más en esta sociedad desnortada que padecemos, está llena de exigencias y de aspiraciones a lo vago, que le quitan ese reposo sin el cual no hay felicidad. Pero el joven, que por naturaleza tiende más a la acción que al reposo, no deja de creer que puede conquistar el mundo, sin detenerse en el análisis de la realidad.

Por eso, para muchos jóvenes no adiestrados en el desengaño y colmados de expectativas hedonistas, las horas de estas fechas navideñas habrán sido y serán, tensas, frustrantes y fastidiosas. Y no exentas, además, de incidentes desagradables, de niveles excesivos de alcoholemia e incluso, en los casos más extremos, causa de la propia muerte. Y toda muerte joven resulta un acontecimiento desconcertante, por anómalo y terrible, porque es el final de un proyecto de vida, esto es, de una promesa, y porque todo joven usa la vida con cándida prodigalidad, creyendo que no tiene fin

Aparte de la revolución que en términos políticos se tradujo años después, la principal herencia revolucionaria del mayo francés del 68 fue la atmósfera de laxitud y transigencia en las costumbres sexuales y cívicas. A partir de entonces, las normas éticas y de convivencia, basadas en el equilibrio de un código de derechos y de responsabilidades, se desniveló a favor de los primeros, dejando a los deberes en el olvido. Los Señores Oscuros, que ya llevaban unos años pergeñando su Nuevo Orden, supieron, sin duda, sacar provecho de aquel movimiento y consiguieron utilizar a la juventud y a su simplista búsqueda de felicidad como un ariete más para desestabilizar el Antiguo Orden, representado por las tradiciones y la cultura de Occidente.

¿Cómo? Desarticulando a la sociedad en general y dejándola huérfana de valores sociales y morales. Y, en particular, deformando a la juventud y haciendo que a ésta se le considerara irresponsable de sus actos y se le concedieran los atributos y la veneración social, en versión disipadora y ruin, que el orden antiguo había reservado para los ancianos y los sabios. Se acabaron sus ataduras, sus compromisos y sus cargas, eximiéndoles de dar cuenta de sus actos a sus padres, en primer lugar, y luego a la vecindad, al municipio, a la justicia y a la patria. Con lo cual, riéndoles las gracias una y otra vez, se consiguió formar una juventud lactante, de permanente adolescencia, masa blanda para ser moldeada a gusto de los amos y útil para el desarrollo de sus agendas.

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La clase política, a través de los correspondientes Gobiernos, fue la correa de transmisión necesaria, utilizada metódicamente por el Sistema para desarmar a las sucesivas generaciones de adolescentes, desautorizando a padres y profesores. Leyes aberrantes, permisivas y contrarias a todo código de principios, como las del aborto y de género, añadidas a una idolatría hacia la cultura de la vulgaridad, del botellón y de la muerte, desterraron de los hábitos sociales los derechos civiles de los padres hacia los hijos en asuntos formativos.

De esta forma, sin mecanismos educativos ni autoritas, es decir, sin raíces familiares ni modelos cívicos, la juventud inmadura -junto con el feminismo radical y su consiguiente sexofobia o heterofobia- ha sido uno de los sustentos principales para desmoronar -destrozando su cédula básica- la secuencia natural de transmisión instructiva y de valores con la que hasta ahora ha coexistido la civilización occidental. ¿Qué han aportado, qué aportan o qué aportarán estos jóvenes a sus hijos? ¿Podrán hallar una forma recta de comportamiento en su convivencia social futura, teniendo en cuenta que la intención del Sistema es que sean de su exclusiva competencia, a través de unos Estados envilecidos y esclavistas?

Situados en esta tesitura, los expertos en la cosa dicen que han detectado un progresivo despertar de la juventud, y que aquella frase que los jóvenes de hace 56 años escribían en las paredes de las universidades (No le pongas parches, la estructura está podrida) es la misma que, con sentido opuesto, tienen grabada ahora en su mente. No sé si esto obedece a un excesivo optimismo o si es una realidad. Frente a esta esperanza, la experiencia nos muestra que, en general, a la juventud forjada por el Sistema aún no se le ha secado la leche en los labios. Es decir, continúa siendo hija del consumismo y resistiéndose a crecer.

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Y como lo más lógico es que siga abducida por los señuelos ofrecidos por éste, imbuida de bullicio y diversión, una de las primeras acciones regenerativas ha de consistir en recuperarla, atrayéndola hacia el respeto del deber, del compromiso y de los principios. Porque sin duda, la educación de nuestros jóvenes, como casi todo lo demás, se ha ido degradando a lo largo de la nefasta Transición, gracias a los cambios sociales y políticos que estos años nos han deparado, es decir, gracias a la voluntad de degenerar el cuerpo y la mente de la población, y de manera específica de la juventud. Si queremos la regeneración de la sociedad, la futura Educación ha de procurar que cada joven sepa que ha de educarse no sólo en el aula, también en el respeto a sí mismo y a los otros.

El problema es que en la corte faltan ejemplos y personas ennoblecedoras. De ahí que en ella los prudentes y los inocentes corran peligro. Y de ahí, también, que todo componente enaltecedor sea decisivo. Una juventud sana y consciente de su importancia como segmento social es un factor dignificador imprescindible. Porque proseguir por el camino marcado por los amos, consistente en apreciar la vileza, acomodándose a ella, y despreciando a su vez los valores cívicos y morales, es aceptar el éxito de una cosificación pervertidora y humillante. Es someterse a la mutación ideada por quienes adulando torpemente a los jóvenes esperan recibir también de ellos el espaldarazo revolucionario, esto es, deshumanizador.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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Alvar

Todo cierto, pero me gustaría añadir que nada de esto habría sucedido sin el «placet» de la jerarquía vaticana a partir de los años 60. Desde que Juan xxiii, llamado (sarcásticamente) el papa bueno (siendo masón hasta tal punto que se hizo colocar el solideo cardenalicio por el presidente masón de la república francesa) abrió el Concilio vaticano II.
Ha sido esta facción eclesial modernista, no católica la que a los mandos de la Iglesia ha colaborado para mundanizar y desarmar al hombre actual.

Hakenkreuz

El Concilio Vaticano II y, sobre todo, el post concilio, han hecho un daño tremendo a la fe en Cristo, qué duda cabe. De hecho, no consiguió ni uno solo de los objetivos que se había marcado desde un principio y sí contribuyó a vaciar seminarios, conventos, monasterios y templos. Desde el concilio, la asistencia a misa se ha desplomado, la fe ha sido devastada incluso entre consagrados y fieles, y lo que es peor, la conciencia de pecado ha sido totalmente difuminada: hoy se vive como si no existiera Dios, ni el pecado, ni la necesidad de reparar el mal del pecado con penitencia, ni el infierno, ni la condenación eterna. Aquello de «Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, ten cristiano en la memoria», que tanto y tan sanamente influyó en la diligencia en la fe de los cristianos durante siglos, es tildado hoy de «pueril» o «infantil» incluso por muchos «fieles» seducidos por la «ciencia psicológica o psiquiátrica» a la que atribuyen mayor veracidad que a las mismas Sagradas Escrituras, al NT. Ahora prima la psicología, la psiquiatría, el relativismo ecumenista de «todo vale para la salvación», el no hay infierno ni pecado, el promover la acción política y el compromiso político, la condena de la fe por retrógrada, cavernaria, fantasiosa, integrista, fundamentalista y otro tipo de lindezas, la cultura oenegera tipo Caritas, Manos Unidas, la cultura de la «solidaridad» (obrera), el rechazo a la humildad y la humillación ante Dios, la carencia de confesionarios en las Iglesias, el asco a comulgar en la boca y al agua bendita, el no arrodillarse ni ante Dios mismo presente en la Sagrada Eucaristía, la X en el robo satánico del IRPF, la teología de la liberación (progresista), la dsi (demócrata) y la paella al acabar la misa para atraer fieles («clientela») y otro tipo de cosas que son, como mínimo, sumamente dudosas en cuanto a orientación a la salvación de las almas por el amor debido a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en cuya presencia todo cristiano verdadero debería vivir.

Juan XXIII, a quien ya Dios habrá juzgado con Justicia, fuera lo que fuera, pensara como pensara y ejerciera la sucesión de san Pedro como la ejerciese, que esto no atañe a nadie salvo a Dios mismo (lo que pare el hombre es aceptable, para Dios es abominable), lo cierto es que, incomprensiblemente autorizó la prohibición del culto a la Divina Misericordia en todas sus manifestaciones (imagen pintada de Cristo a venerar en toda parroquia y casa cristiana, oración de la Coronilla de la Divina Misericordia, letanías, novenas y jaculatorias, y mensaje a todos los cristianos apremiándoles a acudir al trono de la Misericordia del Señor, el santo sacramento de la Penitencia o Confesión para no tener que encarar la Justicia próxima), culto exigido, ojo, exigido, por Jesucristo Nuestro Señor a toda su Santa Iglesia Católica Apostólica por medio de su apóstol, la santa polaca Faustina Kowalska, canonizada por san Juan Pablo II. Santa de quien afirmó el propio Señor que ella era «la chispa que prepararía al mundo para Su última venida (Parusía)», como la propia nación polaca, la nación discutida o aludida sobre la que saltó la chispa de la Segunda Guerra Mundial y el castigo del triunfo del satánico comunismo («los errores de Rusia por el mundo») y de la satánica democracia o prostituta de Babilonia en el mundo hasta hoy mientras Dios no nos libre de ambos y de sus perseverantes falsos profetas y seguidores (tan llamados a la conversión por la Misericordia de Dios, como en peligro de perecer eternamente si perseveran en el error), que son muchedumbre.
Ya la santa polaca quedó consternada entre lágrimas al ver proféticamente cómo la tarea que el Señor le encomendaba de difundir la Divina Misericordia como última tabla de salvación para toda la humanidad, incluidos los más abyectos pecadores, sería obstruida en el futuro por satanás hasta el punto de hacerla desaparecer casi por completo, y llega a un punto que la santa tiene que ser consolada por el mismo Señor Jesucristo, que le aclara que todas las obras que surgen de Él, están sometidas a todo tipo de persecuciones, obstáculos e incomprensiones, comenzando por su Obra, la Salvación y Redención del género humano con su Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección, que por ello, su Divina Misericordia no sería bien acogida ni siquiera entre las propias almas que le son consagradas, que son las que más le ofenden por su falta de confianza (así lo afirma en el propio Diario que la santa escribió por exigencia del Señor para su difusión por todo el mundo).

Juan XXIII, así como Pablo VI, a diferencia de lo que haría después el santo polaco Juan Pablo II, mantuvieron, con gran daño a incontables almas, la prohibición del culto a la Divina Misericordia, todo un tesoro para el fiel que ame realmente a Jesucristo Nuestro Señor y le quiera conocer de verdad.

Las distintas congregaciones de la Iglesia Católica, han expresado hasta hoy un argumento que resulta engañoso de todo punto (y todo engaño es de gravedad inconmensurable dentro de la Iglesia de Cristo, la Católica Apostólica): que en tiempos de Juan XXIII, cuando tuvo lugar la prohibición del culto a la Divina Misericordia, en 1958 (hasta que Juan Pablo II lo invalidó veinte años después), la Iglesia «no tenía datos suficientes para demostrar la veracidad de ese culto», y que por eso se prohibió.
Este argumento no es válido, pues ya el cardenal Pacceli, futuro Pío XII, como refleja la propia santa Faustina Kowalska en su Diario, había trabajado arduamente en vida de la santa polaca (1905-1938) en el Vaticano para instituir la Fiesta de la Divina Misericordia (fiesta crucial para la salvación de las almas que todo el mundo debería conocer, especialmente los verdaderos fieles católicos, y aprovechar en su vida meditando bien el contenido de las palabras de Jesús recogidas por la santa polaca y del valor de la Eucaristía y de la Penitencia), el primer domingo después del Domingo de Resurrección, luego el propio Pío XII, que jamás prohibió este culto en su pontificado conociendo, teóricamente, menos que Juan XXIII y Pablo VI, ya conocía las incontables gracias que trae a quien lo practican con confianza en el Señor (milagros de curación, milagros de conversión, milagros de salvación de almas en agonía o de ascensión al Cielo de almas del purgatorio, etc.). Por ello, el argumento de que no se conocía la veracidad de este mensaje es puro engaño.

¿Qué movió, pues, a la prohibición de un Don tan maravilloso de Dios, que le define mejor que ningún otro atributo, la Misericordia, para la salvación de las almas, otorgado por Jesucristo mismo en persona y avalado por las incontables gracias que hemos vivido y experimentado no pocos millones de hombres y mujeres en esta vida incluso con el rezo de esa oración maravillosa, la Coronilla de la Divina Misericordia?
¿Se ha perdido el santo temor de Dios incluso en su Iglesia, especialmente ahora que puede que estemos realmente en las postrimerías de la humanidad, que se aproxime el fin de los tiempos, como revela a la apóstol polaca?
Hasta ahora, como en el caso de la desobediencia a la petición de Nuestra Señora de Fátima, no ha habido respuesta convincente y creíble por parte de la jerarquía, lo que no hace sino aumentar la desconfianza hacia ellos (si es que realmente tienen libertad de acción, que esto debería ser puesto a la luz. ¿Realmente papas, cardenales, obispos y teólogos son libres, gozan de la Libertad de los Hijos de Dios o obedecen a otros ídolos por miedo, interés o soberbia? Es preciso que la Iglesia sea gobernada por los elegidos de Dios, los santos), que no hacia el Señor, en quien se debe confiar a pesar de todas las defecciones que en su Santa Iglesia Católica Apostólica se produzcan vengan de donde vengan, papas, cardenales, obispos, teólogos incluidos. Jesús, en Tí confío.

Por último, reseñar que la congregación para la causa de los santos ha de tener siempre bien presente que no se puede ultrajar a Dios Nuestro Señor en sus santos y santas de todos los tiempos, es decir, no se puede degradar la condición de santo por el erróneo y diabólico engaño tan difundido de que «la política es caridad». Si se eleva a los altares a alguien por pura ideología política, lo que se hace es ultrajar gravísimamente al Señor en sus elegidos de todos los tiempos y dañar la fe en Cristo de modo irreversible, alejando aún más a las almas de Cristo, nuestro Señor y Salvador, algo que no puede acarrear otra cosa que la condenación eterna al infierno, por nula que sea la fe en su existencia actualmente. No se puede abusar de la Misericordia de Dios. NO se puede instrumentalizar la canonización sin sufrir consecuencias eternas. La política no solo no hace milagros, sino que arrastra incontables almas al infierno. Los ciegos que guían a otros ciegos no pueden tener otro fin que caer. La mentira no salva a nadie. Solo salva la Verdad. Y los ministros de Dios son los primeros en dar el ejemplo de testimoniarla.

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