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Estos criminales de la mafia sanchista aprovecharon el encierro del 2020 para actuar delictivamente sin testigos. Jamás olvidaré que mientras este gobierno criminal decretaba confinamientos ilegales y se ejecutaba por sedación protocolaria a mi padre y a mi suegro, junto a decenas de miles de personas a los que se les practicó una eutanasia colectiva, sin poder velarlos en sus entierros en soledad, los uniformes coaccionaban, se debían a las órdenes inhumanas recibidas, sancionaban si intentabas llevar flores a sus tumbas, deshumanizado todo con una frialdad propia de mesnadas del mal. Y nunca se disculparon por la atrocidad cuando la Justicia determinó que todo lo que obedecieron ciegamente, era ilegal. La soberbia es así de insensible donde no cabe la menor penitencia en la reflexión. No hay escarmiento para las conciencias que no despiertan. Así se vuelve a repetir la misma aberración, tan ciegamente, a la primera oportunidad perdida de enmienda moral.
Mateo, presidente de Policías por la Libertad lleva años llamando a las conciencias si no atrofiadas, dormidas, de quienes poseen una grave responsabilidad moral por toda una vida ante la injusticia y la obediencia ciega, aunque provenga de tan demostrado mal del que no son ignorantes. Sí sumisos, la mayor parte de ellos por temor personal y profesional.
@mateopolifacetico COMPAÑEROS, ¿EMPEZAMOS YA A DESOBEDECER O LO DEJAMOS PARA OTRO DÍA? #ELGOBIERNOESELENEMIGO #NOTEDEJESENGAÑARMAS #DESOBEDIENCIACIVILJUSTA #POLICIASPORLALIBERTAD #PATRULLASCIUDADANAS #campeones
♬ sonido original – Mateo Policías por la Libertad – Mateo Policías por la Libertad
Ahora la percepción de los perjudicados por los incendios que lo arrasan todo, es que se está dejando que ardan los campos y los bosques, a propósito. Esa es la brutal frustración y percepción de quienes pueden haberlo perdido todo bajo la pasividad burlesca de los supuestos rescatistas. Si se han desalojado los pueblos es para que no haya testigos de la intención; así lo sienten muchos vecinos evcuados que retornaron al comprobar que nadie defendía lo suyo frente a los fuegos.
Los testimonios escalofriantes de los damnificados confluyen en la tristeza e indignación por el abandono y la desolación en la que han sido sumergidos sin que la UME, la Guardia Civil ni bomberos, salvo heroicos profesionales de magnánima conciencia expuestos a ser sancionados, los apoye o auxilie. Y no es porque se amontonen las tareas sino porque, lo confiesan alginos con vergüenza, las órdenes de arriba son las de no actuar. ¿Qué está pasando? Nada que no se pueda sospecha miesntras españa siga secuestrada por una organización criminal carente, como ha demostrado en tantas trágicas ocasiones, de la menor humanidad o escrúpulo.
Hay momentos en los que la tragedia revela la verdad que nadie quiere mirar de frente, porque duele más que el fuego que arrasa los montes y las casas. Y este es uno de esos momentos. Los testimonios que llegan desde los pueblos devorados por las llamas no describen únicamente el avance del incendio, sino la parálisis de quienes deberían estar luchando contra él. Vecinos que corren con cubos, con ramas, con lo que tienen, mientras observan a la UME, a la Guardia Civil y a los bomberos detenidos, inmóviles, como si la emergencia fuese un decorado y ellos figurantes obligados a permanecer en silencio. No es una acusación contra los profesionales, que siempre han demostrado valor y entrega, sino contra las órdenes que los atan, contra la cadena de mando que parece haber decidido que el bosque puede arder sin resistencia, que la tragedia puede avanzar sin freno, que el pueblo puede sentirse solo sin que nadie mueva un dedo.
Los vecinos preguntan, desesperados, por qué no actúan, por qué no se lanzan contra el fuego que se acerca a sus hogares, y la respuesta que reciben es tan devastadora como el incendio: si actuaran, serían sancionados. Lo dicen los bomberos, lo confiesan con vergüenza, con impotencia, con la rabia contenida de quien sabe que su vocación es salvar y que ahora se les ordena mirar. Algunos han intervenido igualmente, porque la conciencia pesa más que la amenaza, pero saben que les esperan consecuencias. Y mientras tanto, los pueblos se consumen, los montes se convierten en ceniza, los animales huyen o mueren, y la gente se pregunta qué clase de país permite que sus servidores públicos sean castigados por cumplir con su deber.
La insensibilidad que describen los vecinos no es la de los profesionales, sino la de quienes dictan las órdenes. Soldados de la UME que, según los testimonios, se limitan a repetir que no pueden actuar, que solo intervendrán si el fuego toca una casa, como si el bosque no fuera también hogar, como si la vida que arde en él no mereciera protección, como si la destrucción de hectáreas enteras fuese un daño colateral aceptable dentro de una estrategia que nadie explica. La pasividad se percibe como instruida, la frialdad como un mandato, la distancia emocional como una consigna. Y el pueblo, que siempre ha sido más sabio que quienes lo gobiernan, empieza a sospechar que aquí hay gato encerrado, que la tragedia no es solo un accidente, que la simultaneidad de los incendios y la parálisis de los operativos responden a algo más que incompetencia.
Los vecinos denuncian que se sienten solos, abandonados, vigilados incluso, como si la prioridad fuese impedir que graben, que documenten, que muestren la verdad de lo que está ocurriendo. La emergencia se convierte en un escenario donde los actores principales están obligados a no actuar, y el pueblo, desesperado, se convierte en la única fuerza real que combate el fuego. Son ellos quienes organizan cadenas humanas, quienes improvisan cortafuegos, quienes arriesgan la vida porque nadie más lo hace. Son ellos quienes se enfrentan al incendio mientras los vehículos oficiales permanecen quietos, como si la orden fuese esperar a que el desastre cumpla su función.
Y en esa imagen, en esa fotografía moral, aparece la verdad más dura de todas: solo el pueblo salva al pueblo. No porque los servidores públicos no quieran, sino porque alguien ha decidido que no deben. No porque la UME, la Guardia Civil o los bomberos hayan perdido su vocación, sino porque la cadena de mando ha convertido la tragedia en una herramienta, en un silencio, en una geometría que se repite demasiado como para seguir fingiendo que es casual. El pueblo se defiende solo porque el Estado ha decidido no defenderlo. Y esa es la fractura moral que ningún incendio podrá ocultar.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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