Los socialistas y los comunistas mienten por defecto, pero no porque estén defectuosos o mal hechos, sino porque vienen de serie preprogramados de esta manera. Para que mientan en caso de duda, para que mientan cuando los pillan infraganti, para que mientan cuando los cogen mintiendo y para que no le digan la verdad ni al médico. También vienen de fábrica con aquello de: «haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago», grabado a fuego en los circuitos impresos de esa bazofia ameboidea y repulsiva que tienen por cerebro encima de los hombros.
La susodicha titular de esa cosa canalla y vil que llaman Ministerio de Igualdad, pero que en la práctica sólo es una tubería de dinero de los fondos públicos destinada a enriquecer a amigos y a allegados de la cúpula social-comunista del desgobierno y a comprar antidemocrática y repudiablemente el voto de las mujeres para la izquierda (Ana Redondo, miento más que respondo) aseguraba y juraba con voz de hiena henchida de odio visceral hacia las mujeres, que: ¡No se sabía el número de sentencias absolutorias de supuestos maltratadores absueltos y de los casos sobreseídos como consecuencia de los fallos tremendos de las pulseras telemáticas que suelta violadores y pederastas (con la Ley del Sí es Sí, la Pan, la Montero y la Belarra) compraron en AlíExprés, porque probablemente ni siquiera había registro de tales autos judiciales.
Conclusión.
Amigos, de verdad que a esta gentuza infame y abyecta se le va la cabeza cada dos por tres. ¡Pero tiparraca, patana y mequetrefe! ¿Cómo toda una Ministra de este desgobierno sanchimbanqui puede pensar que haya en este país un solo hijo de vecino que no sepa que de todos los juicios hay una sentencia y que estas ni se pueden extraviar ni perder porque es obligatorio que los juzgados lleven un registro pormenorizado de su preservación? ¿Cómo puñetas no va a haber sentencias sobre las mujeres que han visto aterrorizadas como sus maltratadores están de nuevo cruzándose con ellas cada día en la calle por vuestra culpa y sólo gracias a vosotras, hijas predilectas de la frutería sanchimabqui? ¿Cómo no va a haber sentencias que demuestren que a ustedes las rojas comunistas, que han convertido a los hombres en culpables por el solo hecho de serlo, las mujeres os importan menos que una m**** «pinchá» en un palo sucio, al punto de haber cambiado el proveedor de los servicios, seguramente para quedaros con parte del dinero de las pulseras, comprando en AlíExprés la basura que le dais ahora a las mujeres que ni las protege ni les da seguridad alguna.
¡Si vosotras sois feministas, perdonadme, pero yo soy la Madre Teresa de Calcuta, si en vosotras las Ministras del desgobierno sanchimbanqui hay un solo y miserable gramo de sensibilidad y empatía hacia las mujeres, que me lo enseñen porque al menos yo no lo veo!
Autor
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Hernán Pérez Ramos es un acertado analista sociopolítico caracterizado por su laconismo sustancial que brinda una comprensión diáfana de las situaciones que revisa en su apartado de ÑTV ESPAÑA: Análisis a vuelapluma.
Es un experto en Raíces Biológicas de los comportamientos humanos y autor de un libro con una nueva teoría de la evolución humana.
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Como por desgracia la gente cree en la política (sinónimo de mentira, engaño y utilización de las personas para fines interesados) y no en Dios, que es Camino, Verdad y Vida, presupone que existen políticos que quieren el «bien común», en este caso, la «defender a las mujeres» de la violencia de sus «parejas» (cada vez menos maridos, por cierto. Hoy son concubinos o parejas de hecho). ¿Por qué creen en esto si saben que es mentira, que es puro engaño, pura seducción demoníaca o acción política en uno u otro sentido? Pues por pura y dura conveniencia, como Eva y Adán se fiaron del Mentiroso por pura conveniencia, pues querían ser «como dioses». Las consecuencias serán mortales de necesidad e irreversibles.
Lo que interesa al feminismo, sea del signo que sea o de la facción que sea, de la instrumentalización de la mujer que sea, NO es la protección de las mujeres, especialmente las que afrontan mayor peligro, sino justo todo lo contrario. El feminismo, como toda ideología, es demoníaca, quiere aparentar ser bueno y justo ante las gentes, para condenar a las mujeres a la muerte o a la esclavitud en su caso. Si las pulseras disuasorias funcionasen, se evitarían muchos asesinatos, pero el feminismo entonces se vería debilitado a marchas forzadas. Y eso es precisamente lo que al feminismo menos le interesa. El aire que el feminismo respira es la sangre de las mujeres asesinadas por no querer ser objetos esclavas de sus previos concubinos. Si no hay asesinato de mujeres, no hay feminismo. A la fuerza, esas pulseras solo tienen que hacer su labor política o propagandística, para engañar a la población sobre el supuesto amor a la mujer de los y las más feroces misógenas que quepa imaginar. Poner al feminismo a cuidar a las mujeres es peor que poner a una jauría de lobos a cuidar rebaños de ovejas sin presencia de pastor alguno.
¿Cómo va a sobrevivir el feminismo si los hombres aman a las mujeres como Dios manda o como se ama y venera a las dos abuelas, a la madre, a las hermanas, a la esposa, a las hijas, a las nietas y a todas las mujeres de la familia, amistades y conocidas? El feminismo vive de la sangre de la mujer asesinada, por eso el feminismo apoya al islamismo más radical en España, apoya la siembra de odio al hombre desde el parvulario por medio de «derechos» y de resentimientos y odia especialmente a las mujeres casadas católicas, a las madres, a las esposas felices, la antítesis de lo que es una feminista, la falsa moneda, que va de mano en mano y nadie se la queda. No hay feminista que no califique a las mujeres libres (las que gozan la de libertad de los Hijos de Dios), especialmente a las que más aman a Dios, como esclavas, niñas inmaduras, reaccionarias, traidoras a la clase femenina y todo tipo de improperios, ultrajes, censuras, etc. No hay feminista que no odie la vida del nonato frente al aborto, considerando la maternidad como esclavitud, ya que no hay feminista que sea capaz de amar, que sea capaz de ser conforme a su naturaleza preparada para ser madre, naturaleza a la que odian y que consideran «heteropatriarcal» impuesta por una «sociedad reaccionaria y tradicional» «opresiva con las mujeres» (cuando ellas tienen menos derecho que nadie a autodenominarse mujeres, pues hasta el mismo concepto lo cuestionan diciendo que «uno es como se siente» o salvajadas de locos sin solución por el estilo que contradice toda ciencia, toda evidencia y toda la Santísima Voluntad de Dios al que odian porque ellas no son «diosas»). No hay feminista que pueda soportar la indisolubilidad matrimonial y la familia, especialmente la que reza junta (es particularmente conocido su hostilidad a las capillas universitarias a los improperios que sueltan contra las feligresas, el santo rosario y la genitalidad femenina. A tal grado llega su odio a Dios. Ya se sabe, no hay ateos o ateas, sino gente que odia porque ha descubierto que Dios no son ellos y, por tanto, no merecen adoración). Lo que pretende todo feminismo es la destrucción total y absoluta de todas y cada una de las mujeres, su infelicidad, su soledad, su aislamiento, su depresión, su enfermedad mental, su suicidio, su prostitución, su promiscuidad, su condena eterna por seguir a falsas doctoras y falsas profetisas. Es imposible encontrar una feminista feliz porque son ciudadanos/as del infierno que han elegido como modo de existir ese ultraje a la naturaleza y a su Creador. Por eso odian la felicidad femenina conforme a la naturaleza por Dios creada. Odian la felicidad conyugal con acerva inquina. Odian la familia, especialmente la devota y cristiana católica. Odian a las que tienen hijos y se ocupan de sus hogares, a las que sacrifican toda pretensión material y económica por tener esposo e hijos y hijas. Odian el hecho de que en los hogares cristianos no haya lo tuyo, lo mío y lo de otro, sino que todo se ponga en común para todos, como corresponde a familias cuyos miembros de aman como Dios manda. Odian la educación en el amor a Dios a las niñas y niños, logrando incluso expulsar a Dios de todo centro educativo. Odian todo lo bueno y santo. Eso es el feminismo, no otra cosa. Es la contra natura, por eso congenian bien con los movimientos lgtbi+, no tanto con los transexuales que roban medallas a las doportistas feministas. Eso sí, como todo ente satánico y diabólico, que trastoca el orden de Dios, trata de seducir, engañar y pasar por justa su causa que ha causado dolor irreparable a millones de hogares y que ha sembrado cizaña destructora de almas por toda la tierra y sigue empeñada en ello mientras Dios no nos libre de semejante aberración antinatural, rebelde a la misma naturaleza y a la misma creación que es Voluntad de Dios Todopoderoso. No hay mujeres a las que más odien las feministas que a las mujeres santas, la Santísima Virgen María, santa Ana, santa Isabel, santa María Magdalena, santa Mónica, santa Hildegarda de Bingen, santa Teresa de Jesús, santa Matilda, santa Brígida de Suecia, santa Rita de Cascia, santa Teresita del Niño Jesús, santa Gema de Galgani, santa Maravillas de Jesús, etc. En la relación de mujeres «heroicas» de las demonias y demonios feministas, jamás encontrará uno una sola mujer santa, verdadero ejemplo para todas las mujeres de la tierra y de todos los tiempos. Y ejemplo para los hombres también por el amor que profesaron a Dios sobre todas las cosas. Ese es el feminismo, un ataque más de satanás contra la humanidad, particularmente contra las mujeres, del que solo se pueden librar recurriendo a quien más las quiere, pues no hacía acepción de persona alguna: Jesucristo Nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero. O la mujer sale de las redes satánicas del feminismo (como el hombre del machismo) convirtiéndose de corazón, o que se preparen para sufrir en el infierno ese tipo de penas que cita muy bien el Kempis en su libro primero capítulo 24 o 25. La libre elección concluye en la muerte de cada cual y el tiempo es muy limitado.
Hace décadas, el asesinato de una mujer a manos de un novio despechado o de un esposo era un caso tan extraordinario que aparecía en las páginas de los diarios de la época (ABC, Ya, Vanguardia, Arriba, etc.) como aparecería el caso de un exorcismo, algo impensable en la práctica totalidad de hombres, sean ancianos, adultos o niños, con lo que entonces se defendía y quería a las mujeres de la familia, teniéndolas como reinas de la familia, respetando siempre a las demás. Lo natural y normal entonces era amar a las mujeres, especialmente las de la familia, como Dios manda, como viene establecido en el NT, como el Señor ama a su Santa Esposa, la Santa Iglesia Católica Apostólica y a sus miembros, consagrados y laicos. Claro que, entonces el hombre no solía tener otra ilusión mayor que ganar dinero en su empresa, negocio o trabajo, con fatiga o sin ella, para traérselo a su esposa, madre, hijas, etc. y que ellas dispusiesen su administración. Eran otros tiempos, en los que el materialismo y el consumismo sin razón alguna (el comprar por comprar) era tan extraño a los hombres como oír hablar inglés fluidamente en la plaza de toros de las Ventas. Ese modo de vivir hoy está en vías de extinción gradual como bien se nos advirtió por parte del Señor (Mt 24, 24J). En la democracia, la mujer, como el hombre, ha sido reducido a una unidad de medida de votos, a un pelele necesario para alcanzar el poder por medio del engaño y la manipulación, a un objeto de tráfico íntimo y social, a una unidad para formar por agregación la «opinión pública», a un ser inanimado, sin alma, sin corazón y con apetencias puramente materialistas y ególatras despertadas por un bombardeo continuo de los siervos políticos y mercantiles de satanás, en un ser consumidor, votante y agente económico sin más, sin alma y sin trascendencia, sin vida eterna ni meditación alguna. Ese es el tipo de hombre y mujer democráticos, el homo democraticus, cada vez más similar a simio evolucionado del este, el homo sovieticus (al fin y al cabo, la democracia no es sino la puerta de entrada al infierno, al socialismo). Y los obispos diciendo «nosotros creemos que la política es caridad pública» (Señor, convierte a estos sucesores de los Apóstoles, hazles santos, o arráncalos como a la cizaña hereje, pero vela Tú, Señor, por tu rebaño, que los asalariados nos dispersan y nos conducen al demonio).