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España no arde con 64 focos por sorpresa ni por capricho del clima, aunque el relato oficial se empeñe en convertir cada desastre en un episodio meteorológico que exonera a quienes llevan años sin tocar el territorio, más que para hacerse fotos en campañas de prevención que nunca previenen nada. El fuego aparece donde se le ha permitido crecer, donde la dejación ha sido tan constante que ya forma parte del paisaje, donde la política ha decidido que gestionar es un verbo incómodo y que la naturaleza puede esperar mientras se atienden prioridades más rentables. Y así, cuando el país se enciende por varios puntos a la vez, nos dicen que es el verano, que es el viento, que es la casualidad, como si la casualidad tuviera la costumbre de repetirse siempre en los mismos lugares y con la misma geometría. La culpa del cambio climático. Pueden meterse el pretexto por donde la baja demagogia les quepa.
Lo que está ocurriendo no es nuevo, pero sí es más evidente. El abandono ha sido tan sistemático que ya no hace falta buscar conspiraciones para entender por qué arde lo que arde: basta con mirar el terreno y escuchar a los lugareños. Carga impopsitiva de multa, los montes y bosques vigilados para sancionar, no para prevenir los males que padecemos.
Montes sin limpiar, zonas sin vigilancia, planes de prevención que se anuncian con solemnidad y se ejecutan con desgana, protocolos que llegan tarde porque la burocracia siempre va por detrás del fuego, como si el fuego tuviera la obligación de esperar a que la administración termine de rellenar formularios. Y mientras tanto, cada verano se repite la misma liturgia: helicópteros insuficientes, brigadas agotadas, medios dispersos y una administración que aparece en los titulares con la misma frase de siempre, esa que pretende tranquilizar a quien ya no se cree nada: “todos los recursos están activados”. Activados, sí, pero tarde, mal y con la misma falta de contundencia que ha convertido la gestión del territorio en una broma de mal gusto, en una burla dantesca.
La repugnante ironía, en estos casos, es inevitable. Nos hablan de coordinación mientras el fuego avanza sin resistencia; nos hablan de responsabilidad mientras la montaña se convierte en gasolina; nos hablan de transparencia mientras ocultan que hay zonas donde el abandono no es casual, sino funcional. Porque cuando el territorio arde justo donde hay intereses, proyectos o transformaciones previstas, la explicación oficial se vuelve tan endeble que solo se sostiene por la fe ciega de quienes prefieren no mirar demasiado. Y aquí es donde la indignación deja de ser emocional para convertirse en moral: no hace falta acusar a nadie para entender que la responsabilidad no está en la chispa, sino en el escenario que la chispa encuentra.
España arde porque la han dejado arder. Y esa frase, que debería ser obvia, se convierte en un desafío para quienes prefieren hablar de fenómenos naturales antes que reconocer que el país lleva años sin una política seria de gestión del territorio. El fuego no es un accidente cuando el abandono es permanente. El fuego no es un misterio cuando la dejación es estructural. El fuego no es una sorpresa cuando el Estado ha decidido que la naturaleza es un asunto secundario, algo que se atiende cuando ya es demasiado tarde y cuando la destrucción ya ha hecho el trabajo que nadie quiso hacer.
La autoridad moral no consiste en señalar culpables sin pruebas, sino en decir lo que es evidente aunque incomode. Y lo evidente es esto: un país que abandona su territorio prepara, sin querer o queriendo, el terreno para que arda. Y cuando arde, la explicación oficial siempre llega tarde, siempre es insuficiente, siempre intenta convertir la consecuencia en accidente. Pero la consecuencia tiene nombre: dejación. Y la dejación, cuando se repite durante años, deja de ser error para convertirse en política. Política de criminales.
España arde porque la han dejado arder. Y esa verdad, incómoda y necesaria, es la que nadie en el poder quiere pronunciar, cuando los sospechosos de tanto impulso delictivo se mantienenn con semejante corrupción que en otro país los arrojarían a las llamas de la indignación popular sin freno. Como los incendios que padecemos provocados por tantos factores sospechados.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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