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Hay encíclicas que responden a una crisis concreta de su tiempo y otras que parecen escritas para advertir de una enfermedad mucho más profunda. Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, pertenece a esta segunda categoría.

Muchos ya la han bautizado como «la encíclica sobre la Inteligencia Artificial». No es una definición falsa, pero sí incompleta. Es un poco como decir que Rerum Novarum era una encíclica sobre máquinas de vapor. Las máquinas estaban allí, ciertamente, pero el problema era otro: el hombre. Aquí sucede exactamente lo mismo. La Inteligencia Artificial es el escenario. El hombre sigue siendo el protagonista. Y la soberbia continúa siendo el antagonista principal.

León XIV recurre a dos imágenes bíblicas extraordinariamente potentes: la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías. Dos ciudades, dos proyectos y dos visiones del mundo. Babel representa la fascinación del hombre consigo mismo. La convicción de que ya no necesita a Dios. La idea de que cualquier límite es una ofensa y cualquier restricción una injusticia. Es la vieja tentación de siempre: si podemos hacerlo, debemos hacerlo.

Jerusalén representa algo muy distinto: la construcción paciente de una comunidad orientada al bien común, la conciencia de que la libertad necesita verdad y la certeza de que el poder necesita límites.

Y es precisamente aquí donde la encíclica se vuelve incómodamente actual. Porque nunca en la historia habíamos tenido tanto poder tecnológico. Nunca habíamos acumulado tantos datos. Nunca habíamos sido capaces de observar, clasificar y predecir el comportamiento de millones de personas con semejante precisión. Y, sin embargo, seguimos siendo exactamente igual de vulnerables a los errores morales que nuestros antepasados.

La tecnología cambia. La naturaleza humana no. La misma humanidad que descubrió vacunas desarrolló armas biológicas. La misma humanidad que levantó hospitales organizó campos de exterminio. La misma humanidad que envía sondas al espacio sigue siendo capaz de justificar atrocidades con una tranquilidad escalofriante.

Por eso León XIV insiste una y otra vez en la dignidad humana. No como una concesión administrativa, ni como un regalo del Estado, ni como una moda ideológica, sino como una realidad objetiva que existe antes que cualquier gobierno, cualquier constitución o cualquier mayoría parlamentaria.

Y aquí aparece una idea que debería hacernos reflexionar seriamente: hay derechos que no pueden concederse porque ya existen. Y precisamente por eso tampoco pueden eliminarse. Son inalienables. El Papa utiliza esta palabra con una claridad que no admite demasiadas interpretaciones. Inalienables. Es decir, que no pertenecen al Estado, ni a los partidos, ni a los jueces, ni a las encuestas. Pertenecen a la propia naturaleza humana.

«Los derechos humanos son inviolables, puesto que son «inherentes a la persona humana y a la dignidad humana». En consecuencia, son universales e inalienables. Entre estos derechos, el primero es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercer cualquier otro derecho. Cuando se niega este derecho fundamental (como en los casos del aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia) nos enfrentamos a opciones que la Iglesia considera gravemente erróneas».  Esto ha dicho el Papa Leon XIV en su Encíclica Magnifica Humanitas. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Quizá por eso algunos pasajes de la encíclica resultan tan incómodos para la mentalidad contemporánea. Vivimos en una época que habla constantemente de derechos humanos y, al mismo tiempo, discute cada vez más quién merece ser considerado plenamente humano. Es una paradoja curiosa. Cuanto más se habla de dignidad, más se relativiza. Cuanto más se habla de igualdad, más se clasifica. Cuanto más se habla de inclusión, más categorías aparecen. Y cuando una sociedad comienza a clasificar seres humanos según criterios de utilidad, productividad, autonomía o conveniencia, conviene preocuparse. Porque la historia ya conoce ese camino y nunca termina bien.

Aunque León XIV no dedique grandes capítulos al aborto o a la eutanasia, todo su razonamiento termina desembocando inevitablemente en esas cuestiones. Porque el problema de fondo siempre es el mismo: ¿vale una vida humana por lo que es o por lo que produce? ¿Tiene dignidad por sí misma o porque alguien decide reconocérsela? ¿Es valiosa por existir o por resultar útil? La respuesta a estas preguntas determina el futuro de una civilización.

Si la dignidad depende de la inteligencia, habrá seres humanos de primera y de segunda. Si depende de la autonomía, los dependientes estarán en peligro. Si depende de la productividad, los ancianos acabarán siendo vistos como una carga. Si depende de la salud, los enfermos se convertirán en un problema. Y si depende de la voluntad de terceros, entonces los derechos humanos dejan de ser derechos para convertirse en permisos revocables.

Por eso el verdadero debate no es tecnológico. Es antropológico. ¿Qué es el hombre? Parece una pregunta sencilla, pero cada vez cuesta más encontrar una respuesta común (asistimos estupefactos a que una mujer, únicamente por motivos ideológicos, no es capaz de definir a una mujer, cuando solo tendría que mirarse a sí misma).

Somos capaces de diseñar sistemas informáticos extraordinariamente complejos, pero discutimos sobre cuestiones que durante siglos parecían evidentes.

Sabemos más. Comprendemos menos. Tenemos más información y probablemente menos sabiduría. León XIV insiste precisamente en eso: la diferencia entre inteligencia y sabiduría. La inteligencia permite construir una herramienta; la sabiduría enseña cuándo y cómo utilizarla. La inteligencia permite desarrollar sistemas de vigilancia masiva; la sabiduría recuerda que la libertad humana merece protección. La inteligencia permite seleccionar; la sabiduría enseña a respetar. La inteligencia permite dominar; la sabiduría enseña a servir.

Porque Babel nunca desapareció. Simplemente cambia de disfraz. A veces se presenta como imperio, otras como revolución, otras como ideología y ahora parece presentarse como algoritmo. Pero debajo sigue latiendo la misma promesa antigua: «No necesitáis a Dios. Vosotros decidiréis lo que está bien y lo que está mal». Suena moderno, sofisticado e incluso progresista. Pero en realidad es una historia muy antigua. Tan antigua como el Génesis.

Por eso Magnifica Humanitas merece ser leída con calma. No porque explique el funcionamiento de la Inteligencia Artificial, sino porque explica el funcionamiento del corazón humano. Y porque recuerda algo que nuestra época parece olvidar con demasiada frecuencia: el progreso auténtico no consiste en hacer todo lo que podemos hacer. Consiste en hacer aquello que debemos hacer.

La distancia entre ambas cosas puede parecer pequeña, pero es exactamente la distancia que separa Jerusalén de Babel. Y viendo algunas de las tendencias culturales, políticas y tecnológicas de nuestro tiempo, quizá haya llegado el momento de preguntarnos seriamente hacia cuál de las dos nos dirigimos.

Porque la nueva Torre de Babel no está en los planos. No está en proyecto. Ni siquiera está en construcción. Ya tiene varios pisos levantados. Y sigue creciendo. La cuestión no es si existe. La cuestión es si tendremos la lucidez suficiente para reconocerla antes de que vuelva a derrumbarse sobre nosotros.

Construyamos la muralla de Jerusalén. Demolamos la Torre de Babel  o se nos caerá encima.

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Fundación Enraizados
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