El alma de una ciudad, al igual que el alma colectiva de una nación, viene dada por la celosa conservación de sus costumbres, sus recuerdos de glorias históricas pasadas y sus tradiciones inveteradas; todo eso que, a lo largo de los siglos, caló, profundamente, en el imaginario colectivo de los pueblos y sus gentes, marcando una impronta distintiva y diferenciadora.
Costumbres y tradiciones que deben ser celosamente conservadas para legarlas a las generaciones venideras como el mayor de los tesoros.
Desgraciadamente, desde aquel triste mayo de 2015 en que una colección de miserables sectarios ocupó el Ayuntamiento de La Coruña, engañando a los tontos que creyeron que, con ellos, llegaría la regeneración, la ciudad ha comenzado a perder su alma; pérdida que se ha visto acrecentada con el desgobierno de esta individua que rige, en la actualidad, los destinos coruñeses.
Lamentablemente, desde entonces, La Coruña se ha ido disipando en la nebulosa del olvido. Son muy pocos los que hablan de nuestra ciudad, más allá de la información, a veces sesgada, que ofrecen los telediarios de las cadenas generalistas al presentar el parte diario del tiempo meteorológico. Fuera de eso y de la referencia, a veces vaga, a alguna iniciativa de carácter privado o de algún desgraciado suceso, La Coruña no cuenta para nada. La han convertido casi en invisible.
La Coruña, hasta antes de 2015, capital indiscutible de Galicia, pese a que la capital oficial no radicase en nuestra ciudad, hoy ha dejado de ser el faro de la cultura, de la elegancia y del saber estar de toda la Región, para convertirse en una caricatura de lo que fue.
De hecho, no se conserva ni una sola tradición identitaria, capaz de distinguir a la ciudad como sucedía antaño. No hay nada en el quehacer anual de la ciudad que la distinga de las demás. Todo le ha sido vilmente sustraído, miserablemente robado.
Sí muchas ciudades y pueblos se distinguen por sus fiestas mayores, con números festivos que provocan la atención de propios y extraños -fuegos artificiales deslumbrantes, verbenas populares, cabalgatas, batallas de flores, animación callejera, gigantes y cabezudos, etc.-; aquí, las fiestas en honor a la victoria obtenida contra los ingleses en 1589, en la que destacó, sobremanera, la heroína María Pita, se han convertido en una secuencia interminable de conciertos de figuras de segunda o tercera fila, concebidos para un mismo segmento de edad, y un par de ferias -la del libro, libro antiguo, comic y artesanía-, algunas de las cuales ya se celebraban en vida de Franco y, para colmo, las han arrumbado a una zona casi invisible por culpa de las obras que, a esta señora que desgobierna la ciudad, se le ocurrió acometer en pleno mes de agosto para terminar de destrozar nuestras, otrora admirables, avenidas de la Marina y los Cantones.
Han desaparecido los toros, porque el gobierno municipal socialista y sus socios son antitaurinos; el otrora gran Trofeo “Teresa Herrera”, concitador de la presencia de los equipos más importantes del mundo, se ha convertido en una caricatura con equipos de segunda o tercera fila que se enfrentan contra nuestro querido Deportivo; la batalla de flores dejó de celebrarse por considerarla elitista; la Función del Voto, antaño vistosa y tradicional, ahora pasa sin pena ni gloria. Las grandiosas sesiones de fuegos artificiales que se quemaban en La Coruña, durante las fiestas de agosto, se han convertido, tan solo, en una, con la absurda excusa de que se estresan las aves y los perros, todos ellos grandes devengadores de impuestos, y así todo lo demás.
Tampoco las fiestas patronales, las del mes de octubre, en honor a Nuestra Señora del Rosario, se distinguen por nada especial. Tan solo más conciertos y poco más.
Incluso, la única fiesta que goza en La Coruña del título de “Interés Turístico Internacional”, las Hogueras de San Juan, se ha convertido en un macrobotellón playero, sin señas propias de identidad, sin poder de convocatoria más allá de la chavalada que ocupa las playas la noche del Santo Precursor.
Sí hablamos de la Semana Santa, otro hito en muchas ciudades de nuestro entorno; aquí sobrevive malamente sin apoyos, ya que el gobierno municipal se jacta de que, “si quieres una Semana Santa sin procesiones, ven a La Coruña” y, total, no viene nadie.
Incluso el Carnaval, tan loado por la siniestra, no pasa de ser un espacio temporal en el que la tal alcaldesa puede alardear, vestida de “choqueira”, del personaje popular que quiere ser, sin serlo. Pese a todo, esta fiesta tampoco tiene, la misma impronta que la celebración carnavalera tiene en otras partes de Galicia.
También han desaparecido, si hacemos excepción de la iniciativa privada -Fundación Barrié, Marta Ortega, etc.-, las grandes exposiciones, así como la vida cultural en general de la que disfrutábamos en tiempos no tan lejanos como los de Francisco Vázquez como Alcalde.
Por tanto, venir aquí, más allá de por nuestro magnífico clima que nos permite dormir por las noches, ¿a qué? A ver una ciudad sucia y abandonada, mal empedrada, mal iluminada; una ciudad que cuenta con algún ascensor y alguna escalera mecánica para salvar desniveles, que un día si y otro también no funcionan; una ciudad que tenía a gala contar con grandes avenidas, ahora convertidas en una suerte de velódromos por los que, ni en los mejores días del verano, se ven más allá de un número reducido de ciclistas y patinetistas; una ciudad a la que concurrían las mejores compañías de teatro y de Zarzuela, incluso grandes ballets, que han dejado de hacerlo para ser reemplazados por espectáculos mediocres presentados por amiguetes afines a la causa siniestra o separatista.
Ahí seguimos, por culpa de la alcaldesita y su troupe de incompetentes, con nuestra calle Real, símbolo otrora de la elegancia coruñesa, convertida en un mercadillo ambulante, con un muestrario de falsificaciones extendido por el suelo sin que nadie le ponga coto ya que ni siquiera de permite a la Policía Municipal patrullar esa calle.
Una ciudad que presumía de abierta y liberal, en la que nadie fue nunca forastero, y que ahora, todos sus comunicados, la rotulación de monumentos, los programas festivos, etc., están escritos solo en gallego para así seguir granjeándose el apoyo necesario de los separatistas para mantenerse en el machito.
Una ciudad que tenía a gala contar con una red de museos científicos de primer nivel, algunos de los cuales se encuentran actualmente en un estado lamentable de deterioro. No hay más que ver el penoso estado de conservación de la Batería del 38,1 del monte de San Pedro, ejemplo sinigual de la industria militar del primer tercio del siglo XX, o la Casa del Hombre, desatendida y casi olvidada.
Incluso, la que fuera gran Orquesta Sinfónica de Galicia, creada en tiempos del inolvidable Paco Vázquez, se encuentra al borde de la quiebra y su nombre ha dejado de sonar a nivel internacional.
Tampoco nuestros parques y jardines se encuentran en un estado óptimo de conservación. El mejor ejemplo, el poético Jardín de San Carlos que ha perdido, por la negligencia y ese sectario seudo ecologismo de la siniestra, la práctica totalidad de su arboleda, en tanto que las murallas que lo rodean están, por abandono, al borde de venirse abajo.
Nuestra parte histórica, la Ciudad Vieja, sucia y abandonada, con el empedrado en un estado lamentable, tampoco constituye un objetivo para los que nos visitan. Con un penoso alumbrado; con algunas de sus iglesias cerradas la mayor parte del día y con algunos de sus monumentos sin iluminar, pasa casi desapercibida.
Ahí está nuestra Torre de Hércules, patrimonio de la humanidad, que carece de un centro de interpretación como es debido, capaz de mostrar la evolución de nuestro monumento más señero.
Tampoco La Coruña, al contrario que otras ciudades próximas, se distingue por su alumbrado artístico llegada la Navidad; antes bien, todo lo contrario. Una iluminación cutre y cicatera, impropia de una ciudad que busca destacar de entre las de su entorno.
Por fin, tras muchos años, vamos a tener la intermodal que tienen otras ciudades gallegas y eso, gracias a la gestión de la Xunta de Galicia, ya que, sí por el Ayuntamiento fuera, seguiríamos como estábamos.
Desgraciadamente, aquel 2015 marcó un punto de inflexión en nuestra ciudad que pasó de ser un referente, un faro que iluminaba al resto de la Región, a oscurecerse para convertirse casi en irrelevante.
La gran preocupación de los “sanchistas” que llevan a La Coruña, al igual que al resto de España, a la ruina, no es otra que borrar todos los recuerdos de un pasado brillante y así, todos los coruñeses que, durante años trabajaron sin desmayo por la ciudad, desaparecerán del callejero, siendo sustituidos por amiguetes, correligionarios o individuos/as sin otro mérito que ser de la cuerda de la señora esta.
No me extrañaría que, el día menos pensado, también tratasen de borrar del callejero la figura de Francisco Vázquez, como quieren hacer con el Alcalde Molina o con Pedro Barrié de la Maza, por citar, tan solo, algunos ejemplos.
La pobre venganza de unos tipos mediocres, como fueron aquellos de la marea de agua sucia, que inundó la ciudad en 2015, y de los no menos mediocres y sectarios que desgobiernan La Coruña en la actualidad.
Sí de verdad queremos que La Coruña sobreviva; sí de verdad queremos que La Coruña recupere, cuanto antes, sus señas de identidad, su alma, es necesario que al gobierno municipal accedan coruñeses de verdad, sin complejos, que amen la ciudad por encima de malvados sectarismos, desterrando a toda esa caterva de indocumentados que hoy rigen sus destinos.
Autor
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José Eugenio Fernández Barallobre, español, nacido en La Coruña. Se formó en las filas de la Organización Juvenil Española, en la que se mantuvo hasta su pase a la Guardia de Franco. En 1973 fue elegido Consejero Local del Movimiento de La Coruña, por el tercio de cabezas de familia, y tras la legalización de los partidos políticos, militó en Falange Española y de las J.O.N.S.
Abandonó la actividad política para ingresar, en 1978, en el entonces Cuerpo General de Policía, recibiendo el despacho de Inspector del Cuerpo Superior de Policía en 1979, prestando servicios en la Policía Española hasta su pase a la situación de retirado.
Es Alférez R.H. del Cuerpo de Infantería de Marina y Diplomado en Criminología por la Universidad de Santiago de Compostela.Está en posesión de varias condecoraciones policiales, militares y civiles y de la "F" roja al mérito en el servicio de la Organización Juvenil Española.
Fundador de la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan de La Coruña, del Museo Policial de la J.S. de Policía de Galicia y de la Orden de la Placa y el Mérito de Estudios Históricos de la Policía Española.
Premio de narrativa "Fernando Arenas Quintela" 2022
Publicaciones:
"El Cuerpo de Seguridad en el reinado de Alfonso XIII. 1908-1931" (Fundación Policía Española)
"La uniformidad del Cuerpo de Seguridad en el reinado de Alfonso XIII 1887-1931 (LC Ediciones 2019)
"Catálogo del Museo Policial de La Coruña". Tres ediciones (2008, 2014 y 2022)
"Historia de la Policía Nacional" (La Esfera de los Libros 2021).
"El Cuerpo de la Policía Armada y de Tráfico 1941-1959" (SND Editores. Madrid 2022).
"Policía y ciudad. La Policía Gubernativa en La Coruña (1908-1931)" (en preparación).
Otras publicaciones:
"Tiempos de amor y muerte. El Infierno de Igueriben". LC Ediciones (2018)
"Historias de Marineda. Aquella Coruña que yo conocí". Publicaciones Librería Arenas (2019).
"El sueño de nuestra noche de San Juan. Historia de la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan de La Coruña". Asociación de Meigas (2019).
"Las Meigas. Leyendas y tradiciones de la noche de San Juan". Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan de La Coruña (2011).
"Nuevas historias de Marineda. Mi Coruña en el recuerdo". Publicaciones Arenas (2022). Ganadora del premio de ensayo y narrativa "Fernando Arenas Quintela 2022".
"En el silencio de la noche. Relatos Relatos frente al fuego" (SND Editores 2024)
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