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Cuando la música entra en juego es como si el cerebro viviese un espectáculo de fuegos artificiales. Ya sólo con escucharla se iluminan y se activan un montón de áreas cerebrales. Por eso, el despliegue que se produce en el cerebro al tocar un instrumento es tan grande que la ciencia ya ha comprobado que la actividad cerebral que se genera al hacer esto es superior a la que se da cuando se resuelven problemas matemáticos.

Otra de las cuestiones interesantes que provoca la música a nivel cerebral es que no sólo activa la serotonina, que es la hormona de la serenidad, el bienestar y la calma, sino que también propicia esa necesaria conexión con el aquí y el ahora, con el momento presente.

La música es capaz de influir en todos los ámbitos de nuestra vida. De hecho, solemos escuchar una determinada música en función de nuestro estado de ánimo o de aquello que vayamos a hacer, es decir, si estamos tristes buscamos canciones que nos animen, en cambio si estamos estresados una música relajada nos hará sentir mucho mejor.

Y cuando uno acude a una tienda de ropa de moda puede ser que la música de fondo sea vivaz, animada y que invite a consumir. Y en algunos restaurantes de comida rápida la música invita a no quedarte allí demasiado tiempo.

Como decía el célebre músico Pau Casals, «la música es un lenguaje que todos entendemos porque va directa al corazón». Y es un lenguaje que no deberíamos subestimar porque nos influye más de lo que creemos, tanto a nivel emocional como conductual o incluso desde el punto de vista de la superación personal y de la salud.

Pensar que no se tiene talento para la música o que uno no será capaz de tocar un instrumento es una creencia que proviene más de lo escuchado o comentado en algún entorno cercano (colegio, familia, amigos…) que de la percepción real de las propias capacidades.

Lo que sí es cierto es que el aprendizaje de la técnica para tocar un instrumento requiere disciplina y compromiso. Y es ahí donde puede venir el problema pues no todo el mundo está dispuesto a dedicar un tiempo a ello cada día.

Pero lo cierto es que estudiar música y aprender a tocar un instrumento tiene muchos beneficios pues además de iluminar y activar el cerebro, potencia la memoria, favorece la concentración, contribuye a la relajación y ayuda a conciliar el sueño.

Si algo tiene la música, por tanto, es su capacidad para unir almas. Y eso se ve claramente en un concierto en directo pues son decenas, cientos o miles de personas  las que llegan a vibrar y conectar en la misma frecuencia, cantando al unísono y sintiendo la fuerza de la capacidad de conexión que aporta la música. Si uno se pone a analizarlo, lo cierto es que tiene un componente irracional que camina por la vía de la emoción y que llega después al cerebro.

La música primero se siente y luego se piensa. El cuerpo y la emoción responden a la música antes incluso que el cerebro. Reconectar con la música es volver a sentir. Igual que el deporte es vital para el cuerpo, la música lo es para el alma.

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Fundación Enraizados
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