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El rey Luis XVI fue ejecutado en la guillotina el 21 de enero de 1793 porque la Convención Nacional lo declaró culpable de alta traición y conspiración contra la libertad pública. Han pasado siglos pero la reiterada insensibilidad del poder ante la tragedia del pueblo ya no sorprende: indigna. Indigna porque es vieja, porque es repetida, porque es la misma frivolidad que precedió a los derrumbes más sonoros de la historia. Hoy, mientras la gente hace equilibrios para llegar a fin de mes, mientras la incertidumbre se ha convertido en un estado emocional permanente, mientras la precariedad se ha normalizado como si fuera un fenómeno meteorológico inevitable, cuando peligra la integridad territorial después de arrancar el Estado de derecho en ocho años, el poder se entretiene en su propio teatro. Un teatro de gestos vacíos, de celebraciones ridículas, de discursos que parecen escritos para un país imaginario donde nadie sufre, nadie teme y nadie protesta. La desconexión es tan obscena que uno no sabe si reír por no llorar o llorar por no reír.

Porque esto ya lo hemos visto. Lo vimos en Versalles, cuando la corte bailaba mientras el pueblo hacía cola para conseguir pan duro. La frivolidad era tan grotesca que parecía una provocación. Y lo era. El poder siempre provoca cuando deja de sentir. Hoy, cuando se celebran éxitos inventados mientras la gente cuenta monedas de supervivencia, la semejanza es tan evidente que casi insulta la inteligencia. El absolutismo francés cayó por ceguera moral, no por falta de protocolo. Y la ceguera moral vuelve a estar de moda.

También lo vimos en el zarismo ruso, ese universo ceremonial donde Nicolás II vivía rodeado de rituales mientras los campesinos morían de hambre y los obreros eran aplastados por jornadas inhumanas. El “Domingo Sangriento” no fue solo una masacre: fue la prueba de que el poder había perdido la capacidad de escuchar. Hoy, cuando las necesidades básicas, vivienda, seguridad, energía, estabilidad emocional,  se tratan como asuntos secundarios, uno siente el mismo olor a desconexión imperial. La indiferencia del poder no es un error: es una forma de violencia. Y la violencia institucional siempre termina volviéndose contra quien la ejerce.

Y luego están los Ceaușescu, el ejemplo más grotesco de todos. Rodeados de lujos, alabanzas obligatorias y propaganda delirante, celebraban su propio delirio mientras el pueblo sufría frío, hambre y represión. Hasta el último día, seguían dando discursos triunfalistas, incapaces de sentir la realidad que los rodeaba. La frivolidad se había convertido en narcisismo, y ese narcisismo en una sentencia muerte del Pueblo. Bastó la mecha de una aprente pequeña revuelta para acabar juzgados y fusilados. Cuando el poder se enamora de su propio relato, el país entero queda condenado a la intemperie. Hoy, cuando el gobernante se encierra en su burbuja de autosatisfacción, la semejanza con aquel matrimonio es tan incómoda que casi da vergüenza ajena.

La historia no se repite, pero avisa. Y cuando avisa, conviene escucharla. Porque la insensibilidad del poder ante la tragedia del pueblo no es un detalle: es la señal moral del colapso. Cada vez que apareció, el desenlace fue el mismo. Francia ardió. Rusia explotó. Rumanía juzgó. Hoy, mientras el pueblo soporta tensiones económicas y emocionales que ya no se pueden maquillar, el poder vuelve a exhibir esa sonrisa de porcelana que tanto recuerda a los salones de Versalles, a los pasillos del Palacio de Invierno y a los discursos vacíos de Bucarest.

La frivolidad es siempre el primer síntoma de que el poder ha perdido el alma. Y cuando un sistema pierde el alma, pierde el futuro. El pueblo lo sabe. La historia lo confirma. El poder, como siempre, llega tarde.

RES NON VERBA

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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