15/08/2026 08:34

En todo grupo religioso o sectario separado de una doctrina principal, a menudo con creencias o prácticas distintas, suelen darse nidales o madrigueras sodomíticas. Vaya por delante que los sodomitas y demás pervertidos de ese estilo no tienen patria, sólo bajos instintos y un odio insuperable a la humanidad, fruto de su amputada naturaleza, viciosa y resentida. Y los hermetismos con que se envuelven todo tipo de sectas y de iglesias son el refugio ideal para ocultar sus abyecciones. Aquí nadie está contra la Iglesia Católica; aquí se está contra los viciosos que la utilizan sibilinamente para llevar a cabo sus turbiedades. Ellos son los que, amparándose cobardemente en sus impenetrabilidades, la atacan, ultrajan y denigran, no quienes los denuncian.

Dicho lo anterior, con el asunto de Jumilla se ha puesto en evidencia, una vez más, que las instituciones occidentales -sobre todo las españolas, que son las que nos conciernen directamente- tienen el buey en la lengua, es decir, habet bovem in lingua, lo cual significa que no pueden hablar por estar vendidas o chantajeadas. (Los atenienses usaban, entre otras, una moneda sellada con la figura de un buey, y cuando algún juez dejaba de actuar con razón y justicia, por estar cohechado, decían: «Éste tiene el buey en la lengua»).

Pues bien, si en el caso de Jumilla se han vuelto a retratar los obispos, con su repulsiva y consabida ligereza de abades cortesanos, más atentos a lo temporal que a lo trascendental, eso no es, a estas alturas, lo significativo. Lo verdaderamente revelador es que, ante la que está cayendo, ningún orden, escalafón, grado o nivel oficial abre la boca para proteger a la patria y, aun por encima de ella, al sentido común, a la libertad y a la verdad.

Las saunas prostibularias familiares de todo un presidente de Gobierno, utilizadas -aparte de para su función corrompedora básica- como instrumento de coacción personal y sociopolítico, constituyen el colofón de una tendencia originada hace ya décadas. Metódicamente, los sodomitas u homosexuales activos y vindicativos -que integran una poderosísima mafia internacional, la mafia rosa o arco iris-, no han dejado de infiltrarse institucionalmente en nuestra sociedad -y en la sociedad occidental, en general- hasta el extremo de ser hoy predominantes en los órganos de decisión.

Esta estudiada y vieja maniobra, alentada por la corrupción humana habitual y por la izquierda disolvente, que es toda la izquierda, es la que animó a los ansiosos de poder a aprovecharse de ello para conseguir sus fines. Planteada así la cuestión y plasmada así la realidad, un sudadero prostibulario elitista es un objeto apropiado para controlar a las oligarquías con estigma y, tras la coerción individual correspondiente, acceder al poder y mantenerse en él con absoluta impunidad. Por eso, cualquier grupo regenerador emergente ha de exponer a la luz los nombres de quienes, chantajeados como se hallan por mor de sus horrores sexuales, están impidiendo la defensa de España.

Lo cierto es que esto es así, y lo que con los ojos se ve, no ha menester más. Es cansino insistir en que, desde el Rey abajo, o sea, inclusive, todas las demás jerarquías, sean eclesiásticas, militares, judiciales, de las fuerzas de seguridad, intelectuales, mediáticas, educativas, políticas, etc., llevando sus corporativismos y sus lacras y secretos a cuestas, se han confabulado para traicionar a la patria y a sus ciudadanos, mostrándose desleales a lo que en su día juraron defender. O les han pillado en bragas en algún lupanar, en alguna casa más o menos secreta de sodomía o pedofilia, o les han llenado las bolsas con monedas selladas o con dulces promesas de inmerecida estimación pública.

Resulta ya agotadoramente triste y fastidioso manifestar lo evidente: España, hoy, es una patria abocada a su exterminio, regida o dirigida -y sálvense quien pueda- por una tropa de judas, infieles e inmorales, un equipo perfecto de felones cohesionado y apadrinado por el Sistema. Una horda de antiespañoles pervertidos hasta la raíz, de parásitos que no van a cejar en sus ansias depredadoras hasta que no tengan más sangre que chupar. Y ante un asunto tan obvio y trascendental sólo les cabe a los espíritus libres luchar para revertir la situación, en tanto se echa de menos la justicia feudal, entendida como que tras el delito ha de ir la pena, tal la sombra y el cuerpo.

Y digo luchar, no seguir asombrándonos de tanto dirigente o jerarca criminal y antiespañol, porque ya no es tiempo éste de asombros paralizantes. Resulta fehaciente que malvivimos en una sociedad en la que imbéciles y delincuentes han acaparado el protagonismo absoluto, tras ocupar ámbitos sociales e instituciones y arrojar a los decentes y prudentes al vagón de los sobejos. Y en una situación así, abierta ya la cacería contra lo español y contra los españoles no sectarios, de lo único que debiéramos asombrarnos es de poder seguir asombrándonos, como advirtió La Rochefoucauld en sus Reflexiones morales.

El libertinaje y la injusticia están tan extendidos que se prohíbe y castiga actuar con honradez para no poner en evidencia a los criminales. Como se prohíbe pensar a los inteligentes para no ofender a los imbéciles, ni estropear el relato de las elites plutocráticas. El marxismo cultural de Rothschild, el liberalismo cultural de Rockefeller, la mafia sodomítica internacional, con todas sus cohortes de sicarios y mandarines, se han conchabado para martirizar a la clase media, hasta hacerla desaparecer en una masa informe de miserables desarraigados. La humanidad será exterminada en lo que esta tiene de virtud y de excelencia, dejando sólo respirar a la escoria multitudinaria, como conjunto de esclavos a su disposición, dada su naturaleza de cautivos voluntarios y felices.

Por eso, a las gentes de bien sólo les queda el camino de la lucha permanente. Luchar con sus pobres fuerzas individuales, que podrían ser enormes si estuviesen agrupadas y convencidas del objetivo a defender. Luchar hasta que se cree la fuerza unificadora y regenerativa idónea, capaz de enfrentarse a la calamidad que nos han establecido los nuevos demiurgos, soberbios como dioses y ambiciosos como anhelantes alegorías renacentistas. Luchar hasta que emerjan los auténticos conquistadores, los hábiles estrategas, los visionarios veraces. Hasta que surjan en su pleno vigor todos los espíritus libres que sepan que, sin justicia -como apuntó San Agustín- los reinos no son sino vastos bandolerismos. Que en eso ha quedado hoy el reino de España.

Luchar contra el Sistema, conscientes de que un Sistema es como una fortaleza rodeada de muros. Y que quienes intenten conquistarla o destruirla tienen que encontrar brechas en esos muros o fabricar instrumentos para derribarlos. Hay fortalezas que no pueden ser derribadas con ciertos aparatos defensivos. Determinadas herramientas convencionales son deficientes ante la solución de ciertos asuntos, y los líderes tienen que devanarse los sesos inventando nuevos métodos de ataque y nuevas armas. La historia está llena de casos así y, en buena medida, esa historia es la de la invención de esas armas y herramientas o de la habilidad para utilizar adecuadas estrategias.

Los abanderados que han probado a luchar contra el Sistema, lo han hecho hasta ahora con armas y planteamientos insuficientes, o ni siquiera lo han intentado con convicción y audacia. Los ataques o los intentos de desmantelar dicho Sistema o han sido tímidos o no han existido como tales, sino sólo como amagos. No se trata de caminar mucho y avanzar poco, ni de vanagloriarse con honores; se trata de trabajar. Tampoco es suficiente la buena intención. El mérito de un hombre no debe juzgarse sólo por sus buenas cualidades, sino sobre todo por el uso que sabe hacer de ellas. El lema del adalid ante cualquier obstáculo ha de ser siempre nullum nom problema solvere: no hay problema sin solución. Alguien puede aludir que esa confianza es excesiva, pero nadie puede saberlo si no lo intenta con fe, esperanza e inteligencia.

España, en la actualidad, no puede esperar nada de sus instituciones, putrefactas como están y traidoras como son. Sólo viniendo de sus patriotas y de sus líderes, que existen pero que aún andan a sombra de tejado, sin decidirse a salir a la luz, puede llevarse a cabo lo que parece imposible. Los líderes capaces, además de saber espolear al caballo del pueblo para que se lance al galope, han de procurar que las palabras de ánimo, regeneradoras, se entiendan con el corazón para que no se pierdan. Y que la desesperación aumenta el valor e incluso lo da a veces a quienes no lo tienen.

Y como esta época es sin duda desesperada, es obligado luchar, porque nada hay tan desmoralizador como la apatía en tiempos de vida o muerte. Y, antes de que los sodomitas, los tiranos y demás psicópatas nos destruyan a nosotros, resulta fundamental la destrucción de este Sistema exterminador que los acoge y en el que nos han encerrado. Ello supone un negocio inobjetable y provechoso y, como tal, es insensato demorarlo. En la urgencia y en la firmeza del envite, aparte del futuro de España, va nuestra cultura, nuestra libertad y nuestra vida. Y las de los nuestros.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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