|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Óscar Corominas es abogado, profesor universitario y formador especializado en liderazgo humanista y desarrollo personal. Desde 2019, colabora con MIT Professional Education como Learning Facilitator, Career Advisor y mentor de mentores. Además, es profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos y ha sido asesor jurídico y de estrategia política en el Parlamento Europeo. A lo largo de su trayectoria, ha acompañado a más de 2.000 profesionales y ha formado a más de 4.000 docentes y directivos.
Es CEO de Corfulness Global y autor del libro Corfulness: la revolución silenciosa del corazón. Su método, el Corfulness, es plenamente compatible con la fe católica. A diferencia del mindfulness de raíz budista y enfoque secular centrado en el yo, el Corfulness es una filosofía de desarrollo integral del hombre, focalizado en su dimensión trascendente.
Desde su visión humanista y cristiana, la persona posee una dignidad, una vocación trascendente y un anhelo de Dios. Propone el método Corfulness, perfectamente compatible con la fe católica y que nada tiene que ver con el mindfulness budista
¿Cómo valora los avances de la IA y el cambio de paradigma que se está produciendo?
Los veo con gran atención. Responderé a estas cuestiones desde mi compromiso con Corfulness, una obra que se sitúa precisamente en lo que denomino la «Revolución de lo Humano» frente a lo artificial.
La humanidad se encuentra en una encrucijada: buscamos desesperadamente el bienestar cuando todavía no hemos aprendido a ser felices, porque el bienestar no nos conduce necesariamente a la felicidad. La tecnología puede ayudarnos a investigar, aprender, diagnosticar enfermedades y resolver problemas de una manera extraordinaria; está cambiando nuestra relación con el conocimiento y, con ella, nuestras formas de trabajar y de vivir. Esto, a priori, es positivo, siempre y cuando no se pierda el cuidado humano. La empatía, el afecto, la delicadeza y la esperanza pertenecen a nuestra experiencia vital. El amor es la pieza más importante del rompecabezas humano y el corazón, la antena que nos conecta con la trascendencia y con los demás.
En Corfulness propongo que el reconocimiento del corazón metafísico —que posee todo ser humano— inaugurará un pleno desarrollo del ser. Para mí, el verdadero avance consiste en que esa capacidad tecnológica nos ayude a vivir mejor y a desarrollar nuestra propia humanidad, haciendo posible un nuevo florecimiento.
¿Puede la IA transformar por completo el mundo laboral?
Puede transformarlo profundamente, aunque nadie sabe con precisión hasta dónde ni a qué velocidad. Habrá tareas que se automatizarán, profesiones que cambiarán y empleos que desaparecerán, pero también surgirán nuevas necesidades y oportunidades. La investigación actual apunta a una transformación tanto de las tareas como de las capacidades que necesitaremos para realizarlas.
Lo que realmente me ocupa es cómo acompañamos a las personas en esa transición. Detrás de cada puesto de trabajo hay una familia, una trayectoria y alguien que necesita descubrir el sentido y la finalidad de su vida. No podemos medir el éxito únicamente por el ahorro de costes; la excelencia humana será el nuevo valor en alza.
Desde Corfulness, por ejemplo, ya estamos implementando talleres de formación en las empresas, siempre que la dirección se comprometa. La vida interior y la integridad son esenciales en el nuevo liderazgo. Ese compromiso debe reflejarse en una comunicación coherente y vertical (top-down), que alcance a todas las áreas y niveles de la organización. La creatividad, el desarrollo del talento y la innovación serán claves para afrontar la incertidumbre del futuro.
¿Se acortarán las distancias entre quienes utilizan la IA y quienes se están quedando atrás?
Pueden acortarse, pero no ocurrirá de forma automática. Que una herramienta esté disponible no significa que todos tengan las mismas oportunidades para aprovecharla: hace falta acceso, formación, tiempo y acompañamiento. Pero, sobre todo, necesitamos tener claro qué perseguimos con ella. Si el resultado final es acabar siendo la «gallina ponedora» de la IA, significará que no vamos por buen camino.
Saber utilizar la IA va mucho más allá de aprender a escribir una instrucción o prompt. Hay que saber preguntar, contrastar y reconocer cuándo una respuesta es insuficiente o equivocada. Me preocupa que aparezca una nueva brecha entre quienes utilizan estas herramientas con criterio y quienes dependen de ellas sin comprenderlas.
Por eso la educación tiene un papel decisivo: nadie que quiera aprender debería quedarse atrás. Sin embargo, tampoco deberíamos marginar a quien decida no utilizarlas. Aquí radica lo relevante: no se puede imponer un uso indiscriminado de la IA si con ello reducimos la calidad humana y comprometemos la búsqueda de la plenitud y la felicidad a las que estamos llamados. El ser humano no se realiza solo produciendo, sino principalmente siendo. Este es el nuevo paradigma de Corfulness: el «Learning by being».
¿Cómo ha influido la ciencia ficción en el miedo a un desarrollo incontrolado de la IA?
La ciencia ficción nos ha acostumbrado a imaginar máquinas que se rebelan contra sus creadores o, por el contrario, máquinas que representan la solución perfecta a nuestra «imperfección» natural. Estas historias expresan un miedo muy humano: perder el control sobre algo que nosotros mismos hemos puesto en marcha, el temor a que lo humano se pierda por el camino.
Al mismo tiempo, experimentamos una inclinación natural hacia la fascinación. El peligro es que, como sucede en el mito de Pigmalión, acabemos enamorándonos de lo fabricado. El deseo de que nuestra creación cobre vida y corresponda a nuestro amor es una vieja historia; tenemos una tendencia muy acusada al antropomorfismo. De hecho, ya vemos a muchas personas que depositan más confianza en la IA que en los propios seres humanos.
Una tecnología no puede asumir por sí misma la responsabilidad moral de sus actos. La capacidad de responder por lo que hacemos es propiamente humana y está vinculada a nuestra libertad y autoconciencia. Quizás en el futuro se definan categorías jurídicas o éticas propias para la IA, no lo sé. Mi convicción es que no posee inteligencia en el sentido humano, ni vida biológica, ni autoconciencia. En definitiva: no puede amar.
Para que el ser humano llegara a ser corporalmente como es, han tenido que pasar miles de años. No lo olvidemos: somos también corporalidad. Si pensamos, sentimos y actuamos, lo hacemos desde un cuerpo y, como explico en mi libro, desde un corazón metafísico que actúa como brújula, orientándonos hacia el bien y sugiriéndonos evitar el mal. Un Frankenstein tecnológico no se convertiría en humano por el mero hecho de ser un «casi como» nosotros.
¿Con qué contamos para que la IA esté al servicio del ser humano?
Necesitamos sentido común. Chesterton advertía que llegaría un momento en que habría que blandir la espada para defender que la hierba es verde. Parece que hemos perdido el contacto con esa intuición que nos conectaba con nuestro ser más profundo, con la identidad originaria de nuestro existir.
Además, se requieren sistemas evaluables, mecanismos para corregir errores y límites claros cuando están en juego la dignidad y los derechos de las personas. Esto es algo sumamente difícil. ¿Quién garantiza que la información procesada conserve su fidelidad a la realidad? ¿Qué pasa si esa información se degrada progresivamente o si quien la controla manipula la conciencia humana mediante cambios graduales e imperceptibles?
Estas preguntas deberían interpelarnos. Necesitamos personas íntegras en sistemas honestos, libres del afán de manipular. Corfulness propone la conexión con el corazón como el lugar privilegiado donde volver a descubrir quiénes somos y acceder a la sabiduría propia del amor. El ser humano todavía no ha encontrado su lugar en el mundo; se siente ajeno a sí mismo. Formar el carácter, crecer en virtudes o tener ideales ya no es suficiente: es necesario educar el modo de ser.
Conocernos bien ya no es una opción; es la tarea más importante. Solo así sabremos qué espacio deben ocupar nuestros desarrollos tecnológicos y dónde marcar sus límites. En un mundo donde la tecnología nos empuja a ir cada vez más rápido, es vital aprender a reconocer lo que sucede dentro de nosotros, detenernos y elegir con conciencia. La IA puede ayudarnos a aplicar reglas, pero la responsabilidad de actuar con justicia sigue siendo nuestra. En la voluntad de ser, el ser humano descubrirá una nueva ciencia del corazón, donde la intuición nos ayudará a superar nuestra tendencia a desconfigurarnos.
¿Podrá la IA tener conciencia? ¿Qué la diferencia de la dimensión trascendente del ser humano?
Mi convicción es que la persona no puede reducirse al procesamiento de información. Ahora bien, distinguiría esta postura filosófica y espiritual de una afirmación científica sobre lo que una máquina podrá hacer en el futuro.
Desde mi punto de vista, la IA podrá desarrollar algo similar a una conciencia refleja, pero nunca una autoconciencia humana. No tendrá un «yo» que se pregunte «¿quién soy?» y responda por su propia existencia. Podrá simularlo, pero no tendrá alma, por mucho que les pese a los grandes propagandistas de la tecnología. ¡Ojo con vivir hechizados! Podemos perder el sentido común y la objetividad ante la realidad.
Desde mi visión humanista y cristiana, la persona posee una dignidad y una vocación trascendente que no dependen de su inteligencia ni de su productividad. Buscamos sentido, amamos, sufrimos por alguien y nos preguntamos por nuestro destino. Una máquina puede generar un discurso brillante sobre la eternidad, pero eso no demuestra que experimente el anhelo de ella. Confundir ambas cosas sería como confundir la descripción de la vida con la vida misma.
La IA puede crear imágenes increíbles, pero ¿les falta alma?
Entiendo esa sensación, aunque no siempre podemos reconocer a simple vista si una imagen ha sido creada con IA e, incluso, algunas pueden emocionarnos. La emoción de quien contempla una obra es real, independientemente del instrumento utilizado.
Sin embargo, hay matices. Intuyo que la energía que el ser humano imprime en lo que realiza puede llegar a identificarse. Quizás en el futuro existan detectores o «zahoríes del alma» capaces de reconocer esa huella sutil. Un artista también puede utilizar la IA para dar forma a una experiencia propia, pero en ese caso habría que preguntarse qué quiere decir, qué historia hay detrás y qué encuentro humano hace posible.
La huella humana no debería borrarse. Cuando un mensaje se percibe como puramente artificial, por muy perfecto que parezca, se devalúa y pierde interés. Un mundo de perfección poblado por personas poco interesantes no parece una buena elección.
¿Es la promesa de una «inmortalidad digital» una forma de idolatría tecnológica?
Puede serlo cuando le atribuimos a la tecnología la capacidad de «salvarnos» o de responder al sentido de nuestra existencia, o cuando buscamos en ella sentimientos que no experimenta.
La medicina y la tecnología nos ayudan a vivir más y mejor, y eso merece reconocimiento. Pero conservar nuestros datos o construir un avatar que imite nuestra voz no demuestra que nuestra conciencia continúe viva. Insisto en que la dimensión corporal es clave: nuestra existencia es física. Una conciencia desconectada del universo del cuerpo no podría reconocer el amor tal como lo vivimos nosotros, que es la verdadera fuente de vida y energía.
Desde mi fe, la esperanza de la eternidad se fundamenta en Dios, que es Amor. Una reproducción digital de mis recuerdos no equivale a mi persona. El riesgo aparece cuando, por miedo a nuestros límites, aceptamos cualquier promesa de superarlos. También necesitamos aprender a convivir con nuestra fragilidad, cuidar a los otros y dar sentido al tiempo del que disponemos. La certeza de que la vida termina forma parte de nuestra manera de vivirla; eliminar ese horizonte exige reflexiones éticas y antropológicas de primer orden para preservar una dignidad humana que exige delicadeza y respeto en todas las etapas de la vida.
¿Pueden las grandes empresas de IA convertirse en censores globales?
Existe un riesgo real de concentración de poder que debemos tomarnos en serio. Cuando unas pocas organizaciones controlan las herramientas que utilizamos para informarnos, estudiar o trabajar, sus decisiones influyen drásticamente en lo que vemos y en las respuestas que recibimos. Los expertos ya sitúan este monopolio y sus efectos sobre la autonomía humana entre los principales peligros.
Eso no significa que cualquier límite sea censura; hay restricciones necesarias para evitar daños. Sin embargo, debemos poder conocer sus criterios, cuestionar sus errores y contar con alternativas. Me preocuparía que termináramos tratando la respuesta de una plataforma como la última palabra sobre la realidad: ninguna empresa debería sustituir nuestra libertad de juicio.
También me interpele el hecho de que existan millones de datos sobre nuestras vidas almacenados en servidores, con los que se puede construir un mapeo conductual humano. Por eso, cuanto más conectemos con el corazón como espacio abierto a la trascendencia y al amor, más impredecibles resultaremos para la lógica algorítmica. Una de las grandes cualidades del ser humano es la capacidad de dar un giro de 180 grados y cambiar de opinión gracias a su libre voluntad orientada al bien y a la verdad. Esa libertad no se deja reducir a una predicción algorítmica: podemos tomar decisiones que sorprendan a quienes creen conocernos. ¡Aunque nos copien, somos y seremos el original!
¿Corremos el riesgo de volvernos intelectualmente infantiles si dejamos de ejercitar nuestras capacidades?
Sí, es un riesgo latente si utilizamos la IA para evitar sistemáticamente el esfuerzo de comprender. Aprender exige atención, práctica, memoria y, también, atravesar la dificultad de no entender algo al principio.
«Liberarnos» del proceso para recibir directamente la solución puede acentuar nuestra ansiedad e impaciencia. Esa búsqueda del impacto inmediato también reduce nuestra capacidad de sostener vínculos duraderos. En esta «sociedad líquida» de la que hablaba Zygmunt Bauman, todo parece diluirse en una uniformidad efímera.
Es cierto que la IA también puede ayudarnos a ejercitar estas capacidades si nos plantea preguntas, nos muestra objeciones o nos acompaña en la resolución de problemas. La diferencia está en cómo la incorporemos al aprendizaje. Yo recomendaría un método sencillo: intentar resolverlo primero por uno mismo, pedir ayuda después y, finalmente, comprobar si somos capaces de explicarlo con nuestras propias palabras. Como profesor, este último paso me parece fundamental.
Sin embargo, también visualizo que la atención se va a desplazar del conocimiento formal a la identidad. En las aulas observo que los alumnos están más atentos a cómo somos y a cómo encarnamos el conocimiento que al contenido en sí mismo. Por eso Corfulness habla de la «encarnación» como una nueva forma de estar en el mundo: conectar con nuestro ser auténtico para que nuestra construcción diaria sea el reflejo fiel del propósito que estamos llamados a descubrir.
Me gustaría que el tiempo que nos ahorre la IA lo dedicáramos a leer, conversar, contemplar y pensar con más profundidad; a ser más empáticos y asertivos, y a amar sin miedo a ser lo que somos. El progreso tendrá sentido si nos ayuda a crecer como personas y nos invita a cultivar la vida interior y el sentido de trascendencia. Solo así descubriremos la grandeza de existir de manera única, singular e irrepetible, algo que nada programado podrá sustituir jamás.
Autor
-
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
Últimas entradas
Actualidad09/10/2026Óscar Corominas, experto en IA: “La inteligencia artificial nunca tendrá alma ni se preguntará quién es”. Por Javier Navascués
Actualidad09/10/2026Hozana, con más de 2 millones de personas que rezan, en octubre difunde el Rosario ininterrumpido. Por Javier Navascués
Actualidad08/10/2026Dr. Escolà-Gascón: «La reencarnación no tiene base científica y las ECM están influenciadas por una dictadura ideológica». Por Javier Navascués
Actualidad07/10/2026Concha Román, presidenta de Providamairena: “El verdadero progreso no obliga a eliminar una vida”. Por Javier Navascués
