05/11/2026 11:30
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Wall Street Wolverine, detrás de quien está Víctor Domínguez Burguillo (San Lorenzo de El Escorial, España, 1995), es un emprendedor, creador digital y analista político español especializado en economía, política y sociedad desde una perspectiva liberal. Cuenta con miles de seguidores en diferentes redes sociales, donde ha logrado construir una comunidad sólida gracias a su estilo directo, su humor ácido y su capacidad para simplificar conceptos complejos. Además de su faceta como divulgador, es fundador y socio de varias empresas, entre las que destaca el grupo Racks, el medio de comunicación La Veu Lliure o los eventos Madrid Economic Forum y Andorra Economic Forum, consolidándose como una voz independiente y un referente para quienes buscan comprender la economía y la política desde una óptica alternativa y disruptiva.

Su anterior libro hablaba de tecnología y poder digital. ¿Qué le llevó a dar un giro inesperado para escribir sobre la espiritualidad de la Generación Z?

En realidad, creo que no ha sido un giro tan inesperado como podría parecer. Durante años he dedicado buena parte de mi trabajo a analizar la política, la economía, la tecnología y las transformaciones culturales de Occidente. Pero cuanto más profundizaba en esas cuestiones, más me daba cuenta de algo: la batalla cultural que estamos librando es, en su dimensión más profunda, una batalla espiritual.

Creo que es imposible comprender gran parte de los problemas que atraviesan las sociedades occidentales sin prestar atención a la pérdida de identidad, de trascendencia y de los fundamentos morales que durante siglos dieron forma a la civilización europea. Hemos construido sociedades extraordinariamente avanzadas desde el punto de vista tecnológico y material, pero que parecen haber olvidado las grandes preguntas que dan sentido a la existencia humana. Podríamos decir que hemos progresado enormemente en los medios, pero hemos perdido claridad sobre los fines.

Y ahí es donde me parece especialmente interesante lo que está sucediendo con una parte de la Generación Z. Creo que el renovado interés por Dios y por la espiritualidad entre determinados jóvenes no es casualidad, sino que responde a un profundo desencanto con las promesas de nuestro tiempo.

A esta generación se le prometió que una vida sin límites, sin ataduras y repleta de estímulos sería el camino hacia la felicidad. Se les dijo que la libertad consistía en no renunciar a nada, que el placer debía convertirse en una prioridad y que cualquier compromiso era opresivo. Sin embargo, muchos jóvenes están descubriendo que esa libertad aparentemente infinita puede terminar convirtiéndose en una nueva forma de esclavitud: dependencia, depresión, necesidad permanente de validación, incapacidad para comprometerse, soledad y una sensación creciente de vacío existencial.

Cuando la libertad deja de estar acompañada por la responsabilidad, la virtud y unos principios morales sólidos, corre el riesgo de degenerar en libertinaje. Y el libertinaje, lejos de hacernos más libres, debilita nuestra voluntad, nuestra capacidad de sacrificio y nuestra posibilidad de construir una vida con verdadero significado.

Una de las grandes tragedias de Occidente es que hemos confundido la eliminación de los límites con la emancipación del ser humano. Hemos querido liberar al individuo de cualquier obligación, tradición o autoridad moral, sin preguntarnos qué sucede cuando desaparecen también los referentes que le permiten orientarse.

Por eso creo que el regreso de algunos jóvenes a la fe representa algo mucho más profundo que una tendencia cultural o una moda estética. Es la búsqueda de un orden interior frente al caos exterior, de una verdad frente al relativismo y de un propósito trascendente frente a una existencia reducida al consumo y a la satisfacción inmediata.

Y esa fue precisamente la motivación para escribir este libro. Quería ir más allá de los síntomas políticos y económicos para intentar comprender las raíces de esta crisis.

Dice que los jóvenes tienen sed de lo sagrado. ¿Cómo sabemos si es una búsqueda espiritual auténtica o simplemente una moda estética de las redes sociales?

Es una muy buena pregunta, porque creo que debemos distinguir entre quienes encuentran en la religión una verdadera transformación personal y quienes simplemente se sienten atraídos por su estética o por el componente identitario que representa. Para mí, la principal diferencia está en la coherencia entre lo que uno predica y cómo vive. No basta con proclamarse cristiano, llevar una cruz al cuello o compartir citas bíblicas en las redes sociales. El cristianismo exige algo mucho más profundo: intentar vivir conforme a las enseñanzas de Jesucristo, actuar con humildad, practicar el perdón, asumir responsabilidades y esforzarse por ser mejor persona.

La fe no puede convertirse únicamente en una identidad que se exhibe; debe ser una verdad que se practica. Y eso no significa exigir perfección, porque precisamente el cristianismo parte del reconocimiento de nuestra imperfección y de nuestra necesidad de redención. Lo importante no es no equivocarse nunca, sino tener la voluntad sincera de vivir de acuerdo con aquello en lo que creemos.

Ahora bien, tampoco creo que debamos despreciar las modas. De hecho, considero que pueden ser una extraordinaria puerta de entrada hacia realidades mucho más profundas. Muchas veces las personas se acercan a algo por curiosidad, por imitación o porque está adquiriendo cierta popularidad, y terminan descubriendo una pasión auténtica.

Pensemos, por ejemplo, en las artes marciales mixtas. Muchísima gente descubrió la UFC gracias al fenómeno mediático de Conor McGregor o, más recientemente, al éxito de Ilia Topuria. Es evidente que muchos se acercaron inicialmente por una moda, pero una parte de ellos terminó enamorándose del deporte, comprendiendo su complejidad y convirtiéndose en seguidores permanentes. La puerta de entrada puede ser superficial, pero eso no significa que el destino también tenga que serlo.

Con la religión puede suceder algo parecido. Quizá un joven comienza a interesarse por el cristianismo porque ve a otros jóvenes hablar de Dios en TikTok, quiere sentirse parte de un grupo o porque le gusta la estética. Pero ese primer acercamiento puede llevarle a leer los Evangelios, acudir a misa, conocer una comunidad y, finalmente, desarrollar una relación verdaderamente profunda con Dios.

Por supuesto, existe un riesgo que no debemos ignorar: la mercantilización y la banalización de lo sagrado. Que la espiritualidad termine reducida a una tendencia de consumo, a un trend de Instagram o a una herramienta más para construir una marca personal. Sería paradójico que una religión que invita a superar la vanidad terminara convertida en otra forma de alimentar el ego.

Pero creo que sería un error quedarnos únicamente con ese riesgo. Si las redes sociales han sido capaces de popularizar determinadas formas de entretenimiento, estilos de vida e incluso ideologías, ¿por qué no podrían servir también para acercar a una nueva generación al mensaje de Jesucristo?

No me preocupa especialmente que algunos jóvenes lleguen a Dios por una moda. Me preocuparía mucho más que, por despreciar esa moda, cerrásemos la puerta a quienes podrían encontrar detrás de ella una fe auténtica. Al final, la cuestión no es tanto qué lleva a una persona a acercarse por primera vez al cristianismo, sino qué sucede después de ese encuentro. Hay una gran ventana de oportunidad con todo esto y no debe ser desaprovechada.

Usted, que vive del éxito digital y audiovisual, ¿ha sentido en su propia piel que los números y los likes no llenan el vacío profundo de esta generación?

En mi caso, después de tantos años dedicándome a la creación de contenido y habiendo construido una audiencia considerable, creo que he desarrollado cierto desapego hacia los números. Con el tiempo te acostumbras a las visualizaciones, a los seguidores y a la exposición pública, y empiezas a relativizar su importancia. Pero eso no significa que sea inmune a sus efectos ni que no sea consciente de hasta qué punto pueden condicionar la vida de una persona.

De hecho, hay una pregunta que siempre invito a hacerse a quienes me siguen: ¿harías todo lo que haces en tu vida si no pudieras enseñárselo a nadie en las redes sociales? Me parece una reflexión extraordinariamente reveladora, porque nos obliga a distinguir entre aquello que hacemos porque realmente nos llena y aquello que hacemos simplemente para obtener el reconocimiento de los demás.

Vivimos en una sociedad que ha convertido la validación externa en una especie de moneda emocional. Muchas personas ya no parecen disfrutar plenamente de una experiencia si no pueden compartirla, exhibirla o recibir una reacción positiva de terceros. Y eso es muy peligroso, porque cuando necesitas constantemente que los demás confirmen tu valor, terminas entregándoles el control de tu propia autoestima.

Creo que uno de los mayores desafíos de nuestra generación es precisamente recuperar esa independencia emocional. Aprender a vivir con desapego hacia los números, las críticas y la aprobación social. Pero ese desapego solamente puede construirse sobre una identidad sólida, sobre el conocimiento de quién eres, cuáles son tus principios y qué valor tienes como persona, independientemente de lo que opinen los demás.

Construir tu autoestima sobre un contador de visualizaciones o de likes es levantar tu identidad sobre unos cimientos muy frágiles. Porque los números fluctúan, las tendencias cambian y la atención del público es volátil. Si tu felicidad depende del aplauso, inevitablemente terminarás convirtiéndote en esclavo de quienes aplauden. Y lo más triste es que puedes acabar traicionando tus propios principios, cambiando tu personalidad o dejando de hacer aquello que verdaderamente te apasiona para agradar a personas que, en realidad, apenas te conocen y tampoco les importas tanto.

Además, a largo plazo, el verdadero éxito en la creación de contenido suele llegar precisamente cuando dejas de obsesionarse con el éxito. Cuando abandonas la necesidad constante de agradar y empiezas a centrarte en tu pasión, en tu propósito y en aquello que realmente quieres transmitir. En ese momento tu trabajo adquiere una autenticidad que difícilmente puede fabricarse.

Eso no significa que los números no importen profesionalmente. Evidentemente, son indicadores relevantes cuando trabajas en el mundo digital. Pero una cosa es utilizarlos como herramientas para evaluar tu trabajo y otra muy distinta convertirlos en el termómetro de tu valor personal.

Ir a misa hoy es la verdadera provocación. ¿Por qué cree que el catolicismo incomoda ahora mucho más que el clásico perfil antisistema?

Creo que el catolicismo tiene algo que resulta especialmente incómodo para determinadas concepciones del poder político: le disputa al Estado el monopolio de la autoridad moral. La Iglesia propone una brújula ética que no depende de los gobiernos, de las mayorías parlamentarias ni de las modas ideológicas de cada época. Y eso tiene implicaciones profundamente políticas, porque significa reconocer que existen principios morales superiores a la legislación y que ninguna institución humana puede atribuirse la capacidad absoluta de determinar qué está bien y qué está mal.

En las sociedades contemporáneas hemos terminado confundiendo, en demasiadas ocasiones, la legalidad con la moralidad. Pero que algo sea legal no significa necesariamente que sea bueno, del mismo modo que algo sea ilegal no implica automáticamente que sea inmoral. La historia está llena de ejemplos de leyes perfectamente vigentes que hoy consideraríamos profundamente injustas. La legalidad es una construcción humana que cambia con el tiempo; la moral cristiana, por el contrario, aspira a fundamentarse en principios trascendentes que no dependen de las circunstancias políticas.

Desde mi punto de vista, existe una tentación permanente del poder político de extender su autoridad más allá de la administración de los asuntos públicos y convertirse también en el principal referente moral de la sociedad. Es decir, no limitarse a establecer qué comportamientos están permitidos o prohibidos, sino intentar definir qué debemos considerar virtuoso, justo o socialmente aceptable.

Y ahí el cristianismo introduce una idea que considero fundamental: el ser humano tiene una dignidad y unas obligaciones morales anteriores y superiores al propio Estado. Su conciencia no puede quedar completamente subordinada a la voluntad del legislador. Esto supone reconocer límites al poder político y reivindicar un espacio de libertad interior que ninguna autoridad debería poder conquistar.

Además, hay una paradoja histórica que me parece especialmente interesante. Muchos de los principios que estructuran nuestra civilización, desde determinadas concepciones de la dignidad humana hasta numerosas tradiciones culturales e instituciones sociales, han estado profundamente influidos por el cristianismo. Occidente no puede comprenderse plenamente sin sus raíces cristianas, incluso cuando una parte de sus sociedades contemporáneas pretende desvincularse de ellas.

Por otro lado, el perfil antisistema tradicional se limita a rechazar las normas establecidas sin ofrecer necesariamente una alternativa moral sólida. En ocasiones, esa rebeldía deriva en el nihilismo, en la negación de cualquier autoridad o en una concepción de la libertad entendida como ausencia absoluta de límites.

El cristianismo, en cambio, no propone simplemente destruir una autoridad para sustituirla por otra, sino someter nuestra propia conducta a una exigencia moral que también alcanza al poder político. Y obviamente al poder político no le gusta sentir que puede ser fiscalizado por algo que está por encima de él. Eso puede resultar mucho más incómodo, porque no se limita a cuestionar las instituciones: cuestiona también nuestros comportamientos, nuestros deseos y nuestras contradicciones personales.

Por eso considero que un despertar espiritual puede tener consecuencias mucho más profundas que una simple rebelión política. Una persona que construye su identidad sobre principios que no dependen del Estado, que encuentra sentido en una comunidad y que reconoce una autoridad moral superior al poder temporal desarrolla una forma de independencia interior difícil de reducir a categorías ideológicas. Y eso no le gusta en absoluto al poder político.

Si la Generación Z está cansada del «todo vale» del relativismo actual, ¿qué certezas concretas busca y dónde las está intentando encontrar?

Orden, un camino, compromiso y un sentido vital.

Buscan una brújula moral que les permita orientarse en un mundo que les ofrece infinitas posibilidades, pero muy pocas certezas. Muchos jóvenes están descubriendo que los límites no son necesariamente enemigos de la libertad, sino que, en muchas ocasiones, son precisamente aquello que la hace posible.

Se han dado cuenta de que la verdadera libertad no consiste en poder hacer todo lo que deseas, sino en tener la capacidad de decir que no a tus propios deseos. Ser disciplinado, actuar con rectitud y dominar tus impulsos te convierte en una persona verdaderamente libre y soberana de sí misma. Por el contrario, vivir sin límites, persiguiendo constantemente el placer inmediato y obedeciendo a cada impulso, puede terminar convirtiéndote en esclavo de tus propias pasiones.

Durante décadas hemos confundido la libertad con la ausencia de restricciones, cuando quizá una de sus expresiones más elevadas sea precisamente el autodominio. No es más libre quien puede satisfacer todos sus deseos, sino quien tiene la fortaleza de no dejarse gobernar por ellos. Y creo que esa es una lección que una parte de la Generación Z está empezando a redescubrir.

Pero también buscan algo que nuestra cultura parece haber ido debilitando: la permanencia. Necesitan saber que una promesa significa algo, que la palabra dada tiene valor, que el sacrificio puede conducir a algo verdaderamente importante y que el amor exige mucho más que una emoción pasajera. Quieren recuperar la certeza de que existen cosas por las que merece la pena comprometerse, sacrificarse e incluso sufrir.

Porque una vida sin obligaciones puede parecer muy atractiva sobre el papel, pero también puede convertirse en una existencia profundamente vacía. El compromiso nos limita, evidentemente, pero también nos proporciona identidad, arraigo y propósito. Una familia, una vocación, una comunidad o una fe nos exigen renuncias, pero son precisamente esas renuncias las que muchas veces otorgan profundidad y significado a nuestra existencia.

Y aquí es donde la espiritualidad adquiere una importancia fundamental. El cristianismo ofrece una concepción de la vida en la que el sufrimiento no tiene por qué ser absurdo, el sacrificio puede tener sentido y nuestra existencia responde a un propósito que trasciende la satisfacción individual. Nos recuerda que no estamos aquí únicamente para consumir, acumular experiencias o sobrevivir hasta el día siguiente.

Creo que, en el fondo, estos jóvenes están buscando una respuesta a una pregunta que nuestra sociedad lleva demasiado tiempo evitando: ¿para qué merece la pena vivir?

Porque el ser humano no necesita únicamente razones para disfrutar de la vida; necesita razones por las que estar dispuesto a entregar parte de ella. Y quizá esa sea una de las grandes carencias de nuestro tiempo: hemos enseñado a toda una generación a perseguir sus deseos, pero apenas le hemos enseñado a encontrar algo verdaderamente digno de su sacrificio.

Sostiene que los jóvenes quieren volver a la familia tradicional, pero ¿cómo se puede hacer eso realidad con los sueldos actuales y la crisis de la vivienda?

Creo que lo primero que debemos hacer es volver a dignificar y ensalzar la familia, la maternidad y la paternidad como proyectos de vida verdaderamente deseables para los jóvenes.

Durante mucho tiempo se nos ha presentado la familia tradicional como una cárcel, los hijos como una carga y el compromiso como una renuncia a la libertad individual. Se ha instalado la idea de que la realización personal consiste en prolongar indefinidamente la juventud, evitar las responsabilidades y vivir en una especie de adolescencia crónica.

Y creo que debemos combatir ese relato. Si durante años se ha hecho propaganda para presentar la familia como una institución opresiva, ahora debemos hacer contrapropaganda para reivindicar su belleza. Y esto a veces es incómodo de decir porque parece que los cristianos han renegado en la batalla de la propaganda y el buen marketing de sus valores.

Formar una familia, educar a tus hijos y construir algo que te trascienda no debería contemplarse como el final de tu libertad, sino como una de sus expresiones más profundas. No podemos permitir que una generación entera termine confundiendo la ausencia de responsabilidades con la felicidad.

Ahora bien, sería ingenuo ignorar las dificultades materiales. No podemos pedirles a los jóvenes que formen familias mientras les condenamos a salarios insuficientes, viviendas inaccesibles y una presión fiscal creciente. Necesitamos políticas decididas de liberalización del suelo, vivienda pública, simplificación urbanística y aumento de la oferta de vivienda que permitan aliviar los precios. También considero necesario abordar el impacto de la inmigración masiva sobre la demanda de vivienda, especialmente en aquellos mercados donde la oferta ya es insuficiente.

Pero los desafíos más importantes son estructurales y requieren una visión a largo plazo. Necesitamos sanear progresivamente las cuentas públicas, reducir la presión fiscal sobre las generaciones más jóvenes y reformar nuestro sistema de pensiones para garantizar su sostenibilidad. No podemos construir una sociedad en la que los jóvenes tengan que destinar una parte cada vez mayor de su esfuerzo a sostener el gasto del pasado mientras se les impide construir su propio futuro.

A eso debemos sumar incentivos fiscales contundentes para quienes decidan tener hijos, ayudas vinculadas a la natalidad y medidas que faciliten la conciliación familiar. Tener hijos no debería convertirse en una penalización económica, sino todo lo contrario.

¿Qué tiene la Iglesia hoy que ofrecerle a un chaval de 20 años para arrancarlo de las pantallas y de la superficialidad diaria?

Una comunidad en la que su valor no dependa de resultar interesante. Eso me parece muy importante: poder acercarte sin tener que exhibir éxito o una vida perfecta. Una comunidad en la que tu valor no depende de tu éxito, de tu apariencia física, de tus seguidores o de lo interesante que resulte tu vida para los demás. Vivimos en una sociedad en la que los jóvenes sienten la presión constante de exhibirse, de competir y de proyectar una versión perfecta de sí mismos. La Iglesia, por el contrario, te ofrece un lugar donde no tienes que demostrar nada para ser aceptado. Donde tu dignidad no depende de lo que tienes, sino de lo que eres.

Y hay algo todavía más importante: el perdón y la posibilidad de redención. Vivimos en una cultura que presume de tolerancia, pero que muchas veces es implacable con los errores ajenos. Una sociedad que te recuerda constantemente tus equivocaciones y que, en ocasiones, parece negar la posibilidad de empezar de nuevo. El cristianismo propone exactamente lo contrario: reconocer tus errores, arrepentirte, aprender de ellos y reconstruirte. No eres únicamente lo peor que has hecho en tu vida.

Pero, sobre todo, la Iglesia ofrece un horizonte moral, un orden y un sentido trascendente de la existencia frente al vacío espiritual de nuestro tiempo. Le dice a un joven que su vida tiene un propósito que va mucho más allá de consumir, producir, buscar placer o recibir aprobación social. Le ofrece principios sobre los que construir su personalidad, relaciones humanas auténticas, una concepción del amor vinculada al compromiso y una responsabilidad hacia los demás.

Creo que muchos jóvenes están descubriendo que la libertad no consiste simplemente en hacer lo que uno quiera en cada momento, sino también en tener la capacidad de dominarse a uno mismo y orientar su vida hacia algo que merezca la pena.

La rebeldía juvenil siempre ha sido una bandera de la izquierda. ¿Por qué cree que las cosas han cambiado tanto que la verdadera rebeldía hoy es volver a los valores conservadores?

La rebeldía no pertenece para siempre a ninguna ideología. Depende de aquello contra lo que una generación siente que debe reaccionar.

Durante buena parte del siglo XX, la izquierda consiguió identificarse con la transgresión porque se enfrentaba a una sociedad que consideraba excesivamente rígida, jerárquica y conservadora. Pero los contextos culturales cambian y, con ellos, también cambia aquello contra lo que las nuevas generaciones sienten la necesidad de rebelarse.

Los jóvenes de hoy han crecido en una sociedad muy distinta. Han conocido un mundo en el que la libertad individual se presenta como un valor prácticamente absoluto, las relaciones personales son cada vez más frágiles, el compromiso se interpreta en ocasiones como una limitación y todo parece susceptible de ser sustituido: desde una pareja hasta un trabajo o incluso la propia identidad.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que muchos jóvenes empiezan a buscar precisamente aquello contra lo que se rebelaron sus padres o sus abuelos. No necesariamente porque idealicen el pasado, sino porque empiezan a experimentar las consecuencias de vivir en una sociedad donde casi nada parece permanente.

Cuando la transgresión se convierte en la norma, lo verdaderamente contracultural puede ser recuperar los límites.

En una sociedad que invita constantemente a consumir, puede resultar revolucionario apostar por la austeridad y el ahorro. Donde se celebra la satisfacción inmediata, puede ser transgresor reivindicar el sacrificio y la disciplina. Donde se normaliza la promiscuidad, puede convertirse en una declaración de principios comprometerse con una persona para toda la vida.

Por supuesto, esto no significa que todos los jóvenes se estén volviendo conservadores ni que debamos recuperar indiscriminadamente las estructuras del pasado. No se trata de regresar a una época anterior, sino de rescatar aquello que la modernidad ha podido debilitar y que sigue siendo fundamental para construir una vida plena.

Esta generación empieza a hacerse preguntas que van mucho más allá de la política: ¿de qué sirve tener infinitas posibilidades si no eres capaz de comprometerte con ninguna? ¿De qué sirve una libertad sin límites si no sabes hacia dónde dirigirla? ¿Y de qué sirve estar permanentemente conectado si careces de vínculos verdaderamente profundos?

Quizá la gran rebeldía de nuestra época no consista en romper con todo lo heredado, sino en atreverse a construir algo que merezca la pena conservar. Porque, en un mundo donde todo parece diseñado para ser efímero, aspirar a algo que dure toda una vida puede ser uno de los actos más contraculturales que puedan existir.

Al pasar de hablar de economía a defender valores tradicionales en sus canales, ¿sintió el golpe del algoritmo o la censura en redes?

Creo que al haber sido siempre bastante polémico en mis opiniones políticas, mi condición natural es la censura o el tener más limitaciones; puede que por ello no haya notado la diferencia y crea que no haya sido así. Lo que sí puedo confirmar es que hay mucha hambre de Dios y que al poder político le da pánico que esto se pueda generalizar.

Más allá del análisis social, ¿cómo le ha tocado a usted este libro en lo personal y en su propia fe?

Este libro ha supuesto para mí una revelación, especialmente en el terreno de la identidad y de la comprensión de nuestra propia civilización. En lo personal, Dios siempre ha estado muy presente en mi vida. He recibido una educación católica, estoy confirmado y la fe nunca me ha resultado algo ajeno, aunque, como le sucede a muchas personas, mi manera de comprenderla y vivirla ha ido evolucionando con los años.

Cuanto más he profundizado en política, más he podido entender hasta qué punto la dimensión espiritual está presente en prácticamente todos los grandes conflictos de nuestro tiempo.

Durante años he dedicado buena parte de mi actividad al análisis político, económico y cultural, pero cuanto más profundizas en estas cuestiones, más evidente me resulta que muchas de esas disputas tienen raíces mucho más profundas que una simple confrontación de intereses materiales o ideológicos.

No podemos separar completamente la batalla política de la batalla espiritual, porque, en el fondo, ambas están relacionadas con una misma pregunta: qué es el ser humano, cuál es su propósito y qué lugar ocupa en el mundo. Detrás de muchos debates aparentemente políticos encontramos concepciones radicalmente distintas sobre la libertad, la dignidad humana, la familia, la verdad, el bien y el mal.

Una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre la prosperidad económica, el progreso tecnológico o el bienestar material. Necesita también unos fundamentos morales, una identidad compartida y un sentido de trascendencia. Podemos tener sociedades extraordinariamente ricas desde el punto de vista material y, al mismo tiempo, profundamente empobrecidas desde el punto de vista espiritual.

En ese sentido, escribir este libro me ha ayudado a redescubrir el cristianismo no solamente como una cuestión de fe personal, sino también como uno de los grandes pilares de nuestra identidad histórica y cultural.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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