En estos tiempos, los espíritus distinguidos, los eruditos superiores y las conductas irreprochables son perseguidos y calumniados. Hay que echarse a temblar cuando el poder del Mal cae en manos de individuos indignos y soeces, que odian a los hombres de valor. Con su desvergonzada demagogia y la impostura de preocuparse por la convivencia democrática y el bienestar público, hacen desaparecer cualquier atisbo de sabiduría y de probidad por un mero gesto o una simple palabra que les resulte inconveniente.
España, sojuzgada por dirigentes terroristas, atraviesa uno de esos momentos históricos, recurrentes y terribles, en los que gobiernan la codicia, la envidia, la soberbia y la incultura: es decir, la barbarie en su pleno apogeo y en absoluta impunidad.
Una sociedad decadente, demasiado acostumbrada a la buena vida para no temer a la muerte, no puede sino producir imprudencia y cobardía. De su indiferencia moral y de la molicie que la corroe, brota una ciudadanía incapaz de sacrificio, de deber, de grandeza. Por eso, sus enemigos tradicionales —no sólo islamistas—, al verla sumida en la insensibilidad ética y en la desafección patria, no sienten por ella sino desprecio, y un renovado afán de invasión y exterminio.
Una sociedad que busca la felicidad en lo superfluo, en lugar de hallarla en sí misma, en sus símbolos, en sus tradiciones y en su unidad, se expone al holocausto. Porque cuando en la voluptuosidad y el placer se pierde la sencillez, la unión, el civismo y el patriotismo, entonces el corazón y la conciencia —verdaderas moradas de la armonía jubilosa— se cubren de turbación, desasosiego, remordimiento y vergüenza.
La libertad de satisfacerse, que en estos tiempos se excita en las multitudes de continuo, acaba resultando fatigosamente estéril, poblada de inacabables deseos, la mayoría de ellos frustrados. Pocos comprenden, a pesar de la dolorosa experiencia, que más vale abstenerse de lo superfluo que entregarse sin tregua a nuevos deseos, sin descansar nunca en el goce tranquilo de ninguno.
Cuando el alma de un pueblo se adormece en el placer, su cuerpo se vuelve presa fácil del terrorista, del invasor. Sólo la conciencia atenta, templada por la austeridad y guiada por la memoria, puede devolverle la armonía perdida. Por eso, si la ciudadanía no despierta de su letargo voluptuoso, si no recupera el sentido del deber, la dignidad del sacrificio y el amor por lo propio, entonces no será la historia quien la juzgue, sino el olvido quien la sepulte.
Pero aún hay tiempo. Mientras queden voces que denuncien la molicie y espíritus que se nieguen a arrodillarse ante la mediocridad, ante la injusticia y ante la violencia, la regeneración es posible. Y la labor, con líderes que se dediquen a ella sin ambages, clara y obvia en su síntesis: huir de los enfrentamientos, sin rehusarlos ante los energúmenos; ennoblecer la educación, civilizándola; agilizar y justiciar la justicia; velar por el orden público; establecer leyes que eleven el sentido común y el orden natural de las cosas, y observarlas y hacerlas observar.
Con eso y con su consiguiente e implícito desarrollo, se salvaría el Estado, que hoy se halla en el vagón de los sobejos por culpa de la desidia, de la liviandad, de la codicia y de la molicie de la muchedumbre. La patria no muere si hay quien la defienda con virtud.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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