Sabemos que es arduo enumerar y ponderar la infinidad y gravedad de los males a que está sujeta la sociedad humana en su mísera condición mortal. Como sabemos que los seres humanos sienten por doquier injurias, asechanzas, recelos, enemistades y guerras. Estos males son tan ciertos como incierta es la conquista de la paz. Porque desconocemos los sentimientos de aquellos con quienes queremos tenerla, y, aunque los conozcamos hoy, no sabemos cuáles serán mañana.
Esta adversidad, que debiera desaparecer o reducirse entre quienes se cobijan bajo una misma patria, se recrudece y se torna de veras amarga cuando, por el contrario, las maquinaciones parten de los mismos vecinos, paisanos y compatriotas. Cuando, por causa de una sórdida malquerencia, entre los de tu propia casa no puedes hallar la dulzura de una paz sincera, sino que todo acercamiento es engañoso y forma parte de una astuta ficción, en espera de saciar el rencor y la venganza.
No hay traiciones más lacerantes y peligrosas que las que se ocultan bajo la máscara del buenismo, de la solidaridad y de un afecto basado en el bien común o, incluso, en el parentesco. Porque si no es fácil ponerse en guardia ante el enemigo histórico o manifiesto, mucho menos lo es hallar la trampa secreta, interior y doméstica, antes de poderla descubrir, reconocer, asimilar y combatir.
Cuando los enemigos habitan en la propia patria, hay que ser muy fuerte y muy prudente para aguantar con paciencia y vigilar con sabiduría los ardides y las conspiraciones de unas relaciones y amistades fingidas. Que esto es precisamente lo que nos han traído a España las hordas del socialcomunismo, con sus socios y cómplices neofrentepopulistas, más la caterva terrorista y la falsa derecha del PP, hogaño transversal.
Para las gentes de bien es sin duda un grave tormento soportar el mal de sus pérfidos conciudadanos al darse cuenta de que ellos son traidores, desleales a los juramentos, a las tradiciones y a la historia. Porque al hombre íntegro, que no puede dejar de perseguir la insinceridad y la injusticia, no le resulta agradable tener que volverse contra sus coterráneos, aun conociendo que éstos no tienen empacho en morder la honra de sus prójimos, ni en despojarlos o asesinarlos.
Hoy también, como ayer, la ignorancia del juez es la desdicha del inocente y la dicha del culpable. Y, como las turbas de antaño no aprendieron bien la lección -o ni siquiera intentaron aprenderla-, se les olvidó pronto. De modo que, unos por tontos, otros por locos; aquellos por psicópatas, éstos por serviles; los de allí porque no llegan, los de aquí porque se pasan, y todos ellos abyectos y hostiles a rabiar, el caso es que en la Gran Jaula Frentepopulista, en el Club del Crimen Español, donde a nadie se pesa ni se mide, pues sería inútil hallar un inocente, están decididos a morir matando, maldiciendo y destruyendo finalmente a la patria.
Si España, que debiera ser la casa común de los españoles, no está segura por culpa de una porción sediciosa e hispanófoba que ha crecido y arraigado en su seno, ¿ qué será de ella? ¿Qué futuro la espera tanto más llena de pleitos, civiles y criminales, cuanto mayor es la sevicia de los cobardes, y, en consecuencia, más inminente es la tendencia a las algaradas y abusos violentos y sangrientos, e incluso a la guerra civil, suceso del que tenemos amarga experiencia, y en el que los millones de resentidos -los del «cuanto peor, mejor»- no dejan de insistir, en aras de su aversión y de su objetivo histórico?
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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