15/08/2026 08:34

Una sociedad de viejos recordando su pasado perdido y de jóvenes soñando con mañanas que no vendrán jamás, es una sociedad intolerable e insufrible. Pero no podemos consentir que nuestra felicidad quede sólo en manos de la providencia. No es moralmente admisible esperar de brazos cruzados a que la divinidad considere oportuno el tornar en alegría el dolor que atormenta a las gentes de bien, a la humanidad de espíritu libre. Es obligado luchar para proteger nuestras raíces, nuestros símbolos y tradiciones, la tierra y el legado familiar, el futuro de nuestros hijos y nietos, de nosotros mismos y de nuestra dignidad de personas.

Si reflexionamos sobre que el pueblo es un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, nos encontramos con que para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su anhelo. Cierto que será tanto mejor como pueblo cuanto más nobles sean los intereses que los ligan. Según esto, el pueblo español es un pueblo. La historia da fe de lo que amó este pueblo en su origen y en las épocas siguientes y de cómo se han ido infiltrando en él las más sangrientas sediciones, las guerras civiles, y de cómo y por quienes se rompió y se corrompió la concordia, que es la salud del pueblo.

Y es esta sedición y esta discordia la sustancia que ha avivado la política de los antiespañoles encargados de manejar la Farsa del 78. Una forma de gobierno astuta y marrullera, refractaria toda ella al amor de la patria y a todo código de valores, incapaz de hacer prevalecer la verdad, la libertad y la justicia, y por eso desconocedora de la camaradería, la adhesión y la lealtad. Pero, ¿ qué tenemos frente al frentepopulismo español, que, por estar tan bien dotado para el odio, para el falso testimonio y para el crimen, se ha ganado con creces el papel de protagonista en la Historia Universal de la Infamia? Pues, frente a estas hordas resentidas, como digo, que cuelan los mosquitos y tragan los camellos, nos encontramos a una sociedad políticamente ignara, socialmente desidiosa y anímicamente servil.

La servidumbre es, desde siempre, una condición y una pena impuesta al pecador. Un pecador que no tiene que ir exclusivamente contra la ley de Dios, también contra la de su prójimo y contra la del orden natural de las cosas. Por naturaleza, el hombre es libre y nadie debería señorear a sus semejantes. Este nombre de siervo lo ha merecido, pues, la culpa, no la naturaleza. La palabra siervo en la etimología latina, designa a los prisioneros a quienes los vencedores conservaban la vida, aunque podían matarlos por derecho de guerra. La primera causa de la servidumbre es, pues, el pecado, que somete un hombre a otro con el vínculo de la posición social. Porque quien es vencido por otro, queda esclavo de quien le venció.

Y los españoles son, hoy, una muchedumbre vencida y sin agallas ni honor. Pero no vencida por valerosos guerreros, ni por gentes insignes, sino por una cuadrilla de facinerosos formada por lo más vil de cada casa. Por correligionarios de sectas criminales, por felones y delincuentes de profesión, que siempre se las apañan para acuchillar a España y a los españoles de bien. Y que en mala hora utilizan su lengua, más sucia que el carbón y más amarga que la escamonea, para el deshonor y la celada.

Dadas las circunstancias, es lógico, pues, que la basura apeste, que el tábano picanee, el zángano nos atormente con su zumbido y el insidioso no deje de escarnecer. Si España no sólo no gana nada con la compañía de la chusma frentepopulista, sino que acaba siempre desarbolada y sangrienta bajo sus botas, debería procurar que no sufriera más de lo que ha sufrido con sus crímenes. Hasta tal punto tiene esta turba el bandidismo y la sevicia por costumbre, que resulta en ellas un hábito imposible de reprimir.

Por eso, no se trata sólo de descabalgar a los rufianes, sino de perseguirlos hasta los últimos rincones, de impedirles una vida cómoda e impune ya que ellos, a lo largo y ancho de su abyecta historia, han amargado y criminalizado la de sus compatriotas, usurpándoles sus patrimonios, su paz y su libertad. Los traidores trapaceros han de pagar su ignominia, porque es de justicia que quien hace el crimen, o quien lo tapa o acusa a otro injustamente, tenga que pagar con la misma culpa que había sentenciado. No es en absoluto bienhechor el que permite, perdonando, que se incurra en un mal grave. La inocencia exige no solamente no hacer mal a nadie, sino retraer al prójimo del pecado o castigar el pecado. Y esto con el fin de que el castigado se corrija en cabeza propia y otros escarmienten en la ajena.

Dicen unos: «lo importante es que no gobierne la ultraderecha»; y otros: «lo importante es echar a Sánchez». Pues, no; lo importante es España. Y tanto el bipartidismo (frentepopulismo, más PP) en particular, como el Sistema, en general, son enemigos y exterminadores de nuestra patria. Es obligado sajar y profundizar en el corte para extirpar las raíces del germen. Como es preciso estar absolutamente convencidos de que los integrantes de la casta partidocrática que ha gobernado España durante la Farsa del 78 han sido adversarios nuestros, perjuros y traidores.

La realidad presente -con su bienestar buenista, televisivo y voluptuoso-, sin la esperanza de una paz estable y digna, ya que no eterna y perfecta, es una felicidad falsa, porque no usa de los bienes de la ley, ni de los del espíritu. Discernir con prudencia, soportar con fortaleza, reprimir y ordenar con templanza y justicia, con el objeto de alcanzar un fin supremo y una paz perfecta, es la verdadera sabiduría.

Ante la pregunta de Luis Bolín a Franco, en aquellas horas de incertidumbre, de si podría ser un alzamiento victorioso aquel del 18 de julio, Franco respondió: «El enemigo no puede vencernos. Nosotros tenemos fe, ideales y disciplina. La guerra durará más de lo que muchos piensan, pero al final la victoria será nuestra».

España necesita un líder que tenga recio el espíritu, como un cristiano primitivo, y sea de gran austeridad en sus costumbres. Que haya nacido para mandar hombres y remover pueblos. Un líder que, en estos tiempos de indiferencia, posea la elocuencia milagrosa o el raro poder de desatar en los españoles los más fuertes lazos patrióticos. Que ansíen éstos la llegada inminente del día de pelear por España. Hasta la victoria.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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