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El teatro de las apariencias toca a su fin y el último acto no se ensaya en los palacios que profanó, sino en el frío silencio de un sumario que ya no puede comprar. Qué poético desprecio tiene el destino cuando decide cobrar las facturas atrasadas. Aquel que se creía el arquitecto infalible de la sumisión colectiva, el titiritero que mercadeó con los contrafuertes del Estado para blindar su propio narcisismo, se encamina al epílogo que más temía: el anonimato de un banquillo y el eco cortante de unos barrotes que no entienden de relatos de vanguardia ni de comités de aplausos pagados. Su verdadero epitafio no será de mármol, sino el veredicto penal de una historia que se cansó de mirar hacia otro lado mientras él subastaba la nación en el mercado de la impunidad.
Pero el drama no acaba con la caída del autócrata; el verdadero veneno queda flotando en el ambiente. Toca ahora mirar el paisaje baldío y levantar la cosecha de la cizaña que este estratega del rencor sembró con mimo en cada esquina de la sociedad. Diseñó muros deliberados, fracturó familias, inoculó la sospecha y convirtió la convivencia en una trinchera respirable. Quiso dejar un país irreconciliable para que nadie pudiera reconstruir lo que él dinamitó. Al retirarse la marea del sanchismo, solo queda la tierra quemada de unas instituciones desgastadas y el poso amargo de una desconfianza sistemática. El destino es implacable y al final le obliga a mirar su obra: no una corte de fieles, sino el desprecio de una sociedad que ahora tiene la penosa pero digna tarea de limpiar su veneno para volver a respirar.
El juicio divino del que nadie escapa no entiende de decretos ni de indultos de madrugada; su sentencia es el peso asfixiante de la propia infamia, la condena eterna de saber que su nombre será el sinónimo universal de la traición y la ruina moral. Se creía eterno, pero la balanza del destino ya se ha inclinado, dejándolo desnudo ante el abismo de su propio e inevitable castigo.
El titiritero infame pensaba manejar los hilos de sus marionetas sin conciencia para descubrir al final que el demonio movió los suyos propios hasta que la caída del telón. Quedar exánime, muerto y derretido en vida de vanidad agostada, es el p`recio que paga todo confiado a Satanás. Pedro Sánchez ha muerto, respira, pero solo para sentir en sus entrañas vivas el propósito de existencia de los tiranos. Asfixiarse por el asco que ha provocado su paso por la vida.
Los estertores de rabia van a dejar al descubierto el verdadero carácter de una psicopatía diagnosticada por el juicio público, pero el final de Sánchez está dictado como su condena terrena y más allá.
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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