
Todo son pulgas. Y es que así está España, flaca, vagando por esta época complicada, turbulenta, en la que nada es lo que parece, sino todo lo contrario, mar revuelto por mil tormentas en el que sólo los que permanecen unidos y bien dirigidos por valientes, leales y avezados capitanes, no sólo cortan el mar, sino vuelan.
Sí, a España flaca todo son pulgas.
A esta España de despropósitos, alucinados y mentecatos, donde campan por sus respetos e intereses particulares lo peor de lo más bajo, en la que el lumpen exhibe desde los puestos más altos sus taras y vergüenzas, no hay día que no le salgan a España pulgas nuevas.
Desde hace siglos está la de Gibraltar, trozo de España tan español como el que más, que a fuer de caer en el olvido se ha hundido en lo más profundo de nuestra conciencia nacional de forma que hoy ya nadie lo reclama, ni menos aún daría por él nada. Gibraltar, puñal en nuestra espalda, que por nuestra contumaz indolencia el pérfido rival de siempre nos gana y nos quita cada día un poco más, despacito, despacito, pero sin pausa, y con él no sólo parte de nuestro territorio nacional, sino también de nuestro honor y dignidad. Ayer fueron aguas y espacio aéreo, también tierra, y hoy van a construir seis rascacielos sobre piedras compradas a un cantero malagueño traidor y borrego, sin que nadie se lo impida, ni a aquél, ni a este truhan. Reconquistar Gibraltar es bien sencillo, pues basta con hacer lo que ya hizo el Caudillo: cerrar la verja y el aire y el mar y… esperar a que el asedio dé sus frutos, a que sus okupas mueran de inanición, aunque para ello haya que mantener el bloqueo una eternidad.
También son pulgas las de Ceuta y Melilla, España en África desde tiempo inmemorial, despertar y comienzo de nuestro sueño imperial, hoy infectadas por la morisma por nuestra desidia secular, pues desde 1957 debimos hacer lo mismo que con Gibraltar, es decir, cerrarlas a cal y canto, dar la espalda al moro traidor, al tiempo que hacer de ellas perlas del Mediterráneo, no dejando entrar en tales plazas, tan españolas como la que más, ni siquiera para trabajar, menos aún a parir, curarse o comprar, a nadie que no fuera cristiano viejo y español de pura cepa, de verdad.
Y por si no fueran pocas, hace unos días saltaron dos pulgas que creíamos muertas: Olivenza y las Islas Salvajes. Con un desparpajo brutal, fruto sólo de nuestra extrema debilidad, el portugués salió a la palestra y reclamó, ojo, por vía militar, o sea, su ministro de defensa, Olivenza y su comarca. Además, y por si no fuera poco, el propio presidente lusitano ha concedido licencia al inglés, cómo no, del cual su país es esclavo desde siglos atrás, para explotar lo que pueda en ellas que, situadas a media distancia entre Madeira y las Canarias, son, por ser de éstas, de nosotros y no de él. El portugués, bastardo de nuestra raza, es sólo fruto de aquel Alfonso VI de León que chocheaba y de sus descendientes que no tuvieron lo que hay que tener para abortar al nonato maldito que dividió la ibérica península partiendo en dos a España. Portugal, craso error del gran Felipe II que cuando lo tuvo sujeto bajo su cetro real, perdió la oportunidad de trasladar a Lisboa la capital, creando así, de audaz y certero golpe, el mayor imperio mundial jamás visto por la Humanidad, zanjando al tiempo y para siempre la unidad peninsular. Ante la afrenta del portugués, nadie ha salido al paso, nadie le ha dicho que os den, nadie le ha hecho la peseta, ni a su ministro hideputa, ni a su presidente marrano; y es que así de mal estamos.
A España flaca todo son pulgas. Ingleses ladrones declarados, moros traidores y anticristianos, y ahora portugueses bastardos y marranos, muerden la enferma piel de este mastín español, de este león flaco, que cual boxeador zumbado vaga sin rumbo de parte a parte del ring del mundo esperando sólo que suene la campana o arrojen la toalla o… por qué no mejor dejarse ya caer en la lona y acortar la agonía, cerrar los ojos, dormir y… a lo mejor todo no es más que una pesadilla de la cual poder despertar, pronto, uno de estos días.
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La ciudad y el término municipal de Olivenza pertenecen a España legalmente desde el Siglo XIX, y esa pertenencia fue corroborada en 1.977 cuando el Gobierno de Portugal firmó con el Gobierno de España un Tratado de Amistad y Cooperación por el cual ambos estados se comprometían a respetar las fronteras existentes en esa fecha.
El caso de las Islas Salvajes es distinto porque, aún estando situadas más cerca de las Islas Canarias que de la isla de Madeira, los españoles nunca las habitaron ni la Corona de Castilla las incluyó como parte de su territorio mientras que los portugueses llevan varios siglos visitándolas y residiendo temporalmente en ellas.