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Analiza el concepto de persona según Santo Tomás y su importancia en la historia de la filosofía

Juan Antonio Gallardo Valenzuela (Villajoyosa —Alicante—, 1981), es Licenciado en Estudios Eclesiásticos y Bachiller en Teología por la Facultad de Teología «San Vicente Ferrer» de Valencia, Bachiller en Filosofía por la Universidad «San Dámaso» de Madrid, Máster en Estudios Humanísticos y Sociales por la Universidad «Abat Oliba CEU» de Barcelona, y Licenciado en Filosofía, en la especialidad de Antropología, por el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma. Ha impartido clase en diversas universidades en España y en África. Actualmente vive en Elche, donde es profesor de Antropología en la Universidad Cardenal Herrera CEU; también es profesor de Humanidades en el Colegio de Fomento «Aitana», de Elche (Alicante). Realiza labores de asesoría educativa internacional en Guinea Ecuatorial para el Instituto Internacional de Postgrados «Verónica Eyang», y para la Fundación «Parentes». En el ámbito de la Administración Pública trabaja como asesor y, además, desempeña responsabilidades políticas. Sus líneas de investigación son la metafísica del conocimiento, la metafísica de la persona y la antropología, y la filosofía de la educación.

jgallardov@uchceu.es

¿Por qué es importante hablar hoy sobre el «concepto de persona»?

Quiero, en primer lugar, agradecerle que me invite a hablar sobre un tema tan importante como es el del concepto de persona, lo más digno de ser considerado por la reflexión científica. Respondiendo a su pregunta, le diré que es crucial porque atravesamos hoy una crisis antropológica sin precedentes, en la que está en juego la dignidad misma del ser humano.

Antes de abordar un asunto de tal magnitud, permítame exponer una especie de estado de la cuestión. Es, precisamente, el hecho de ser personas lo que nos permite —en palabras de José Ortega y Gasset en su obra El hombre y la gente— «ensimismarnos» y reflexionar sobre lo que somos.

Decía Georges Bernanos, me parece que proféticamente, que el problema que se plantea hoy en día, del que depende el destino de la humanidad, no es de régimen práctico o económico, sino un problema de civilización. En la definición del concepto de persona nos lo jugamos todo. Nuestra civilización cristiana se sostiene en él, siendo el fruto más eminente de la relación entre la fe y la razón. En palabras del gran Papa Benedicto XVI, esto podría interpretarse como una «condensación» de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y la filosofía griega (Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006).

En los lugares donde llegó el concepto de persona se manifestó la dignidad de todos los hombres, radicada en el ser personal e iluminada por la Revelación. Esta nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que podemos ser hijos suyos y llegar a santos. Sin embargo, actualmente, definir a la persona se ha vuelto problemático. La modernidad filosófica separó la fe de la razón, alejó a la mente de la realidad de las cosas y, poco a poco, vació la realidad hasta llegar a la negación de la naturaleza misma.

¿A qué cree que se debe esta dificultad para poder definir a la persona?

Recientemente he leído un libro de lectura muy recomendable que para mí ha sido todo un descubrimiento: Revolución y Contra-Revolución, de Don Plinio Corrêa de Oliveira. En él, el autor explica muy bien que el proceso revolucionario tiene su origen en el alma humana, en lo más profundo del hombre que se rebela contra Dios. De ahí nacen las tendencias desordenadas, las crisis morales, las doctrinas erróneas y, por último —como consecuencia—, las revoluciones. Estas, a su vez, exacerban el desorden, de donde surgen nuevos errores. Este proceso históricamente se ha manifestado en la Pseudo-Reforma protestante, en la Revolución Francesa y en el Comunismo.

Las revoluciones tienen en su raíz la escisión entre el entendimiento y la realidad, lo que conduce al subjetivismo, relativizando la verdad y la posibilidad de su conocimiento. Ontológicamente se niega la realidad y gnoseológicamente se niega la posibilidad de la verdad. El gran filósofo Francisco Canals trata profundamente esta cuestión en su obra cumbre: Sobre la esencia del conocimiento.

Se niega la naturaleza, la realidad, y se niega al hombre, al que la revolución aborrece. Admitir la naturaleza y su orden supone aceptar la acción creadora de Dios, algo inadmisible para el proceso revolucionario. El hombre debe ser abolido, resignificado y erigido en una especie de demiurgo para autodefinirse y ser creador de su propia naturaleza, bajo la premisa de que esta no existe. Detrás de todo esto se da la iconoclastia, elemento característico de las herejías cristológicas. Creo que detrás de la crisis antropológica de nuestros días, en el fondo, hay una crisis cristológica, porque Cristo es el hombre perfecto. De hecho, el concepto de persona fue concebido originalmente para explicar la Encarnación y la Trinidad.

¿Dónde podemos encontrar signos de esta revolución?

El principal signo de la revolución es la despersonalización, y ese proceso pasa por la negación de la naturaleza y de la jerarquización de la realidad en el orden del ser. La revolución es igualitarista y liberal. Su ideal es el igualitarismo y proyecta una utopía donde el hombre se encuentra absolutamente emancipado de toda autoridad; un igualitarismo que niega el orden natural. Evidentemente, todos los hombres somos iguales en dignidad, pero la cuestión aquí es otra.

Se trata de un igualitarismo que impone y generaliza la vulgaridad y, cuando esto sucede, ser diferente es considerado indecente. De esto habló José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. El igualitarismo se nos ofrece como sinónimo de libertad, pero dice Bernanos que los regímenes totalitarios son los más igualitarios de todos. En este sistema, el hombre ha perdido la libertad.

Bajo este enfoque no existe la institución de la familia —a la que hay que cancelar— y los hijos no deben respeto ni obediencia a los padres. En el orden religioso, se persigue a la Iglesia Católica —por antiigualitaria y antiliberal— y se fomentan los credos iconoclastas. En el orden histórico y social, se desprecia la tradición y la monarquía, negando el orden natural que se manifiesta en la historia. En el plano de la acción, se despersonaliza el trabajo o se aspira a que la técnica sustituya a la persona. El igualitarismo niega también la propiedad privada, haciendo que la vivienda sea inasequible para las nuevas generaciones, cada vez más dependientes de un Estado omnipresente.

Asimismo, niega toda jerarquía, incluida la eclesiástica, algo muy propio del protestantismo. Desprecia la liturgia católica, que es sustituida por aparatosas invenciones subjetivistas, llenas de sentimentalismo y vacías de contenido. También se han perdido muchos signos del debido respeto a los superiores. Desaparecen los protocolos, las normas de cortesía o la unción con la que se trataba a los eclesiásticos. Todas las acciones humanas son una preparación y un reflejo de las acciones litúrgicas, donde la Verdad, el Bien y la Belleza se manifiestan de modo pleno. Por eso los signos son muy importantes: nos ayudan a vivir humanamente, como personas dotadas de espíritu llamadas a la plenitud de la contemplación, donde la Liturgia será eterna. De este tema nos habla Joseph Ratzinger en El espíritu de la liturgia.

Y esto lo vemos proyectado en todos los órdenes. Por ejemplo, la belleza de la casa solariega donde vivía una familia generación tras generación, donde dejaban su huella las personas, es sustituida por apartamentos impersonales por la imposición de lo práctico y de la función. Como he escuchado al filósofo Higinio Marín, en lo humano nada se reduce a su función. También pasa con los templos católicos; siempre hubo una arquitectura católica, heredera del gótico medieval. Parece que la belleza del templo católico ha sido sustituida por una arquitectura iconoclasta, vaciada y fea. Lo bello ha sido reemplazado por lo feo. Para este tema recomiendo el libro del Padre Abelardo Lobato, Ser y Belleza.

Mayo del 68 es una revolución que marcó un antes y un después. De la lucha obrera se ha pasado a defender a las nuevas minorías, convertidas en lobbies, sin abandonar el alma de la revolución, de esquema dialéctico y polarizador. Es fundamental para ellos disolver la sociedad tradicional basada en la familia. La mujer, según ellos atrapada por el patriarcado, debe liberarse, y la sexualidad debe dejar de ser el lenguaje del amor para convertirse en un instrumento de placer desnaturalizado.

El hombre posmoderno alarga su adolescencia todo lo posible para disfrutar de la vida sin compromisos. Es mejor no fundar una familia. Los hijos se ven como una carga que priva de la libertad. Pero si los tienes, el Estado intentará sustituir el papel educador de la familia. Además, en el Estado revolucionario las leyes positivas son los mandamientos de la nueva religión oficial, la del Estado laico. La religión cristiana debe ser sustituida por el laicismo, cuya consecuencia directa es el ateísmo. Son estos algunos ejemplos de la revolución que, habiendo atravesado la posmodernidad, hoy alcanza su apoteosis en el «wokismo», donde se manifiesta con toda su fuerza el antiguo gnosticismo iconoclasta que quiere destruir la huella de la Encarnación en la historia.

Otra característica de la revolución es la negación del sentido de la historia; la persona se encuentra perdida. Es como aquello que aparece en el Fausto de Goethe, cuando Mefistófeles responde con rotundidad: «No hay camino». Y sí, sí hay camino. De ello habló también Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. Nos encontramos ante una crisis del sentido de la existencia. Sin embargo, la persona está naturalmente inclinada a buscar a Dios, aun sin saberlo. Es verdad que hay un resurgir espiritual, especialmente en los jóvenes, pero no siempre se busca en el lugar correcto. Las espiritualidades de la New Age, por ejemplo, pueden calmar momentáneamente la sed; pero si uno quiere no volver a tener sed, tiene que buscar en la fuente adecuada (Cf. Jn 4,5-42).

En esta búsqueda debe intervenir toda la persona: el corazón y la razón. Si nos movemos solo en el nivel sentimental, corremos el riesgo de tomar decisiones motivadas únicamente por lo que nos apetece. Las pasiones son maravillosas cuando están gobernadas por la razón, y son mucho mejores cuando están asistidas por la gracia. San Agustín de Hipona, en sus Confesiones, encuentra la respuesta en su famosa frase: «Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Fue precisamente San Agustín el que puso las bases para la reflexión sobre la persona, la cual debe fundamentarse desde la metafísica del ser. Esta reflexión nos permite contemplar la vocación amorosa del hombre, ordenada a su fin último, en el que reside la felicidad. Este tema es central en la Escuela Tomista de Barcelona; por citar un ejemplo, recomiendo la lectura de Jaime Bofill, La escala de los seres.

Parece que el Cristianismo nos ha dado muchas cosas…

Debemos agradecer al Cristianismo la elaboración de la síntesis de pensamiento que dio lugar a la Filosofía Cristiana. El «concepto», tal y como lo concebimos hoy, es cristiano; el hecho idiomático de Occidente, que tiene su origen en el griego y el latín, está intrínsecamente arraigado en la realidad. El hombre puede expresar lo que las cosas son con verdad por la inteligibilidad que descubre en ellas. Gracias a las palabras verdaderas, puede expresar lo que hay en lo hondo de su corazón y puede orar con palabras sagradas capaces de expresar la majestad de Dios. Concepto, persona, liturgia, Cristiandad y Civilización deben entenderse dentro de un mismo dinamismo que surge de la Bondad divina.

John Senior, en su libro La muerte de la cultura cristiana, decía que «la cultura clásica era y es la praeparatio fidei, su filosofía y su literatura, el oro y la plata griega que el Cristianismo ha llevado consigo en su peregrinaje». San Juan XXIII en Veterum Sapientia se refiere al latín como una lengua de estructura noble, estilo conciso y llena de majestad. Gracias al griego y al latín podemos hoy expresar qué queremos decir cuando decimos πρόσωπον y persona. Para tratar esta cuestión en profundidad, es muy oportuno aconsejar la lectura de dos artículos: Los antecedentes remotos: πρόσωπον en la literatura griega, de Miguel Ángel Belmonte, y El término πρόσωπον en el encuentro entre fe y razón, de Enrique Martínez García, ambos publicados por la revista Espíritu.

Citas a muchos autores, ¿cuál es tu favorito?

Mi autor favorito es Santo Tomás de Aquino, por supuesto. Siguiendo el consejo del Papa San Pío X en la encíclica Pascendi, “el apartarse de Santo Tomás, en especial en las cuestiones metafísicas, no se hará nunca sin grave detrimento”.

El máximo exponente de la Filosofía Cristiana es el Aquinate. Su filosofía es la expresión de aquellos primeros principios que nos permiten la reflexión sobre la realidad, preámbulo de la Teología. Logró sistematizar admirablemente la herencia recibida de Aristóteles, Dionisio o San Agustín para expresar la realidad desde la filosofía del ser, alcanzando una inteligencia profunda del concepto de persona.

¿Cómo define Santo Tomás a la persona?

Santo Tomás nos dice que «la persona es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza». Designa lo más perfecto y digno porque es el más noble de los seres. Para profundizar en esta definición hay que acudir a su antropología metafísica, en la que nos demuestra que el alma es una sustancia incorpórea que informa a un cuerpo. El hombre es una única sustancia: el alma está unida necesariamente al cuerpo. El uno es para el otro. Todo lo que llega al alma es a través del cuerpo, y todo lo que nace del alma lo hace con alguna participación corpórea.

En el hombre se abrazan el espíritu y la materia en una perfecta unidad. El Padre Abelardo Lobato puntualizaba que estos dos órdenes están unidos y no confundidos, pero tiene mayor peso el alma, pues ella confiere la especie, informa la materia y da al hombre su dignidad. Santo Tomás llama a esta unión mirabilis connexio, «conexión admirable».

Este mayor peso del alma lo constatamos en las aspiraciones de nuestro entendimiento, abierto a lo universal. En operaciones como el entender y el querer se evidencia la inmaterialidad del alma. En estas operaciones el cuerpo interviene solo de forma extrínseca (si me duele la cabeza, me costará más estudiar, pero el acto de entender es propiamente del alma). En el estado presente, el espíritu se encuentra sometido a las leyes de la materia; después de la resurrección, la materia estará sometida a las leyes del espíritu. Jesucristo resucitado haciéndose presente ante sus discípulos con las puertas cerradas es un claro ejemplo de ello.

El alma humana es espiritual, pero no es un espíritu separado de la materia. Hay quien ha utilizado la expresión espíritu encarnado; es una expresión con regusto platónico que no refleja bien el ser del alma como forma del cuerpo, por lo que no me parece adecuada.

Con el término persona se nombra lo individual, lo singular y propio de cada hombre. El Padre Lobato explicaba que «el nombre persona no se impone para significar el individuo por parte de su naturaleza, sino para significar una realidad subsistente en tal naturaleza». Llegamos así a la definición tomista: «Persona es el subsistente distinto de naturaleza racional», que expresa su carácter singular e incomunicable ontológicamente. No puede haber dos personas iguales.

Es la razón por la que el Magisterio de la Iglesia ha recomendado siempre seguir a Santo Tomás. La cuestión es radicalmente metafísica porque es el «ser» el principio personificador. Si lo que constituyese a la persona fuera una propiedad como la racionalidad en acto, la libertad o la capacidad de relación, el hombre no sería siempre persona. Hay un tipo de personalismo que pone el acento en la relación con el que no puedo estar de acuerdo; supone un reduccionismo inadmisible.

Es el constitutivo en el ser lo que nos permite decir que todos los hombres, independientemente de sus capacidades, circunstancias o desarrollo, son siempre personas en acto. Por ello, todos tienen idénticos derechos naturales: el derecho a la vida desde la concepción hasta el fin natural, a formar una familia y educar a los hijos, y a buscar la verdad rindiendo a Dios la adoración debida. Desde este fundamento se comprende la aberración que suponen el aborto provocado, la eutanasia o el homicidio. La persona es lo más perfecto porque es lo que “más ser posee”.

Cada individuo humano es único e irrepetible. Todo el universo existiría aunque fuera para una única persona. Cada uno de nosotros vale todo el universo y, lo que es más importante, toda la Sangre de Cristo se ha derramado por cada uno de nosotros de modo individual. Sólo las personas tienen nombre propio. Si se les da nombre a los animales o a las cosas, se hace por su relación con nosotros. Gracias al entendimiento y a la voluntad, la persona tiene dominio de sus actos y se posee a sí misma.

Por esta autoposesión, la persona es un fin en sí misma, capaz de amar y ser amada con amor de donación. Como decía Jaime Bofill, el corazón es el núcleo ontológico de la persona, lo que la define. Y para Santo Tomás, esta síntesis se manifiesta en la amistad. Lo dice el Aquinate en su comentario al Evangelio de San Juan: «El verdadero signo de amistad es que un amigo revela los secretos de su corazón a su amigo». En ese pasaje, San Juan recuesta la cabeza sobre el pecho de Cristo; es ahí donde se muestra el verdadero sentido de lo que la persona es.

Hemos nacido para conocer y amar a un Amor que se ha entregado por cada uno de nosotros y hemos sido llamados por nuestro nombre. El intelectual católico tiene, por tanto, una visión optimista sobre el mundo y la materia, llamadas a la perfección. ¿Cómo no ser optimistas si somos amados por Dios con corazón de Carne y si un Cuerpo Humano resucitado es nuestro camino de salvación?

Hay un modo católico de conocer y de hablar que alcanza su máxima expresión en la liturgia, específicamente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, principio y fin de la Civilización. La civilización Occidental debe su existencia a la ordenación de la tradición, la cultura y la historia Ad Orientem. El idioma castellano es fruto de esta síntesis, configurando un alma civilizadora que se manifestó en el ideal reconquistador medieval frente al islam y en la empresa católica de la Hispanidad, que llevó el concepto de persona allende los mares.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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