05/10/2026 12:50
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Pedro Barbosa Escudero es portavoz de la Guardia Nacional Cristera. Es licenciado en Administración de Empresas y Finanzas por la Universidad Panamericana (institución correspondiente de la Universidad de Navarra en España), licenciado en Derecho y licenciado en Psicología por la Universidad Latinoamericana de la Ciudad de México. También cuenta con una Maestría en Historia Universal por la Universidad ISU de la ciudad de Puebla y ha escrito dos libros: El hombre que logró pacificar a Francisco Villa y Ante Dios ningún cristero será héroe anónimo. Asimismo, es miembro de la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica.

Le entrevistamos con ocasión del Premio Hispanidad Capitán Etayo que ha recibido la Guardia Nacional Cristera junto con Paloma Hernández (Fortunata y Jacinta).

¿Cómo nace históricamente la Guardia Nacional Cristera?

La Guardia Nacional Cristera nació en el contexto de la profunda confrontación entre el proyecto masónico del Estado mexicano secularizador —de persecución y de ataque a la Iglesia católica mexicana, hacia toda su institución y hacia todos sus miembros con la idea de suplantarla o extinguirla— y la necesidad de evitar que se manipulara a la población conforme a los intereses de los liberales masónicos del mundo. El punto de ruptura se produjo en 1926 con la aplicación de la llamada Ley Calles, que endureció las disposiciones constitucionales en materia religiosa y provocó una movilización católica de alcance nacional.

Sin embargo, antes de que la resistencia adquiriera un carácter abiertamente armado, existió una importante etapa de organización cívica, jurídica, social y económica. En ella desempeñó un papel fundamental la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR), organización creada para coordinar la defensa de los derechos religiosos de los católicos y articular una respuesta nacional frente a las medidas del gobierno. La Liga recurrió inicialmente a distintos medios de presión pacífica, entre ellos la movilización social, la propaganda, las acciones jurídicas, la recolección de firmas y el boicot económico.

Dentro de este movimiento de resistencia civil destacó de manera especial el beato Anacleto González Flores, abogado, periodista, orador y dirigente católico jalisciense. Desde años anteriores había desarrollado una intensa labor de formación y organización social, particularmente mediante la Unión Popular, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la movilización católica en el occidente de México. Su estrategia privilegiaba inicialmente los medios cívicos y pacíficos: la formación religiosa, la organización comunitaria, la prensa, la propaganda, las protestas y la resistencia económica. A finales de 1926, una vez agotados buena parte de los recursos legales y civiles, Anacleto respaldó con su prestigio y liderazgo los proyectos de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. La Santa Sede lo recuerda precisamente como uno de los principales defensores de la libertad religiosa católica durante la persecución.

Junto a él sobresalió el beato Miguel Gómez Loza, amigo y colaborador de Anacleto, que compartió con él una larga trayectoria de apostolado social y defensa de los derechos de los católicos. Gómez Loza se incorporó en 1927 a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y sostuvo también, en principio, la utilización de medios pacíficos para hacer frente a la persecución religiosa. Después del martirio de Anacleto González Flores, adquirió una responsabilidad todavía mayor dentro de la resistencia católica y fue nombrado simbólicamente por los católicos de la resistencia como gobernador de Jalisco, desarrollando tareas de organización y coordinación hasta su martirio en 1928.

De esta manera, la Cristiada no puede entenderse únicamente como la aparición espontánea de grupos campesinos armados. Detrás del levantamiento existió también una extensa red de asociaciones católicas, dirigentes civiles, propagandistas, abogados, organizaciones juveniles, mujeres y comunidades parroquiales que proporcionaron cohesión social, comunicación, recursos y una justificación política y religiosa a la resistencia.

Cuando los recursos pacíficos fueron considerados insuficientes por determinados sectores y comenzaron los levantamientos armados, la insurrección estuvo formada inicialmente por numerosas partidas campesinas dispersas, con mandos regionales y grados diferentes de preparación militar. En ese momento, la LNDLR pasó a desempeñar también un papel decisivo en la articulación política y logística de la resistencia armada.

Con el propósito de transformar aquellas fuerzas regionales en una estructura militar más coordinada, la Liga contrató en 1927 al general Enrique Gorostieta Velarde, militar profesional que asumió la tarea de disciplinar, organizar y coordinar buena parte de los contingentes cristeros. Bajo ese proceso de reorganización se consolidó la denominación de Guardia Nacional, con la intención de presentar a los combatientes no simplemente como grupos rebeldes aislados, sino como una fuerza organizada que afirmaba combatir en defensa de las libertades que consideraba vulneradas por el Estado.

Así, dentro de la historia de la resistencia católica mexicana pueden distinguirse, aunque estuvieron estrechamente relacionadas, dos grandes dimensiones complementarias: por una parte, la resistencia cívica y social, representada por organizaciones como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y por dirigentes como Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza; y, por otra, la organización militar de los combatientes cristeros, cuya profesionalización alcanzó una nueva etapa con la incorporación del general Enrique Gorostieta Velarde.

Esta distinción permite comprender mejor que la Guardia Nacional Cristera no surgió en un vacío político o social, sino dentro de un movimiento católico mucho más amplio que previamente había intentado defender la libertad religiosa mediante la organización popular, la movilización cívica y distintos mecanismos de resistencia pacífica, antes de que una parte de ese movimiento desembocara en la lucha armada.

Si el grupo original se desmanteló tras los acuerdos de paz de 1929, ¿qué fue lo que motivó a los veteranos a juntarse otra vez en 1951?

Para comprender la reorganización de los veteranos cristeros en 1951 es necesario recordar primero las circunstancias en las que desapareció la estructura original del movimiento. La Guardia Nacional Cristera no se desintegró solamente como consecuencia de la suspensión de las operaciones militares derivada de los llamados Arreglos del 21 de junio de 1929, sino también porque durante los años de la persecución había sufrido la pérdida de algunos de sus principales dirigentes civiles y militares.

Entre esas pérdidas estuvieron las del beato Anacleto González Flores, uno de los grandes organizadores de la resistencia católica civil, ejecutado en Guadalajara, Jalisco, en abril de 1927; el beato Miguel Gómez Loza, importante dirigente y organizador del movimiento católico, muerto en 1928; y el general Enrique Gorostieta Velarde, comandante militar de las fuerzas cristeras, muerto el 2 de junio de 1929, apenas unas semanas antes de la firma de los Arreglos. Estas muertes privaron al movimiento de figuras fundamentales en sus vertientes cívica, política y militar.

Los Arreglos de 1929, negociados entre representantes del gobierno de Emilio Portes Gil y representantes de la jerarquía eclesiástica, pusieron formalmente término al conflicto armado y permitieron la reanudación del culto público. Sin embargo, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y los mandos cristeros no participaron directamente en las negociaciones, circunstancia que produjo profundas tensiones entre algunos combatientes y dirigentes del movimiento.

A partir de entonces comenzó el desarme y la dispersión de las fuerzas cristeras. Muchos combatientes regresaron a sus comunidades atendiendo las instrucciones de sus mandos y de las autoridades eclesiásticas. No obstante, la pacificación no significó seguridad para todos los antiguos participantes. Durante los años posteriores se registraron represalias, persecuciones y asesinatos; pero esto ya no se dirigió a los cristeros en general, sino de manera selectiva a sus antiguos jefes, oficiales y militantes, lo que contribuyó a destruir las redes de mando que habían sostenido al movimiento durante la guerra. Este tipo de persecución no terminó sino hasta 1976, cuando concluyó el gobierno del presidente Luis Echeverría Álvarez.

Por ello, cuando se habla del desmantelamiento de la organización original, debe entenderse como el resultado de varios factores convergentes: la muerte de dirigentes fundamentales durante la propia Cristiada, la muerte de Gorostieta inmediatamente antes de los Arreglos, el desarme posterior a junio de 1929, la dispersión de las tropas y la eliminación o persecución posterior de numerosos cuadros y dirigentes del movimiento.

A los 25 años del cese de la guerra, los antiguos combatientes volvieron a organizarse en la Ciudad de México de forma secreta en 1951, bajo el liderazgo del general Jesús Degollado Guízar y por iniciativa de Eligio Cartagena. Su fin primordial era mantener a todos los cristeros veteranos, sus descendientes y nuevos agremiados organizados y listos para, en cualquier momento, volver a tomar las armas en defensa de los intereses de la fe, la defensa de la civilización cristiana —y por ende los valores católicos— y todo lo demás que representa la defensa de la hispanidad, aunque esto último de forma tácita.

Por otro lado, también los motivaba la preservación de la memoria histórica. Los veteranos consideraban necesario conservar sus testimonios, recordar a sus compañeros muertos y transmitir a las nuevas generaciones las razones religiosas, sociales y políticas que, desde su perspectiva, habían motivado el levantamiento. En este sentido, la reorganización de 1951 tuvo un carácter de guardianes de la fe católica bajo el amparo y unión de Santa María de Guadalupe.

De esta manera, la organización surgida en 1951 representó una continuación velada de la antigua estructura vinculada a la resistencia armada de 1926-1929. Pasó a convertirse en una asociación de veteranos dedicada a preservar la memoria histórica y la defensa de la fe católica en México, velando y estando listos para en cualquier momento defender la práctica libre de la religión católica, así como de su Iglesia, sus miembros y su comunidad religiosa. Asimismo, buscaban proteger su patrimonio social y cultural, como conventos, iglesias, catedrales, imágenes, celebraciones y fiestas religiosas tradicionales.

En la actualidad, ¿cómo funciona esta organización y quién puede pertenecer a ella?

Actualmente, la Guardia Nacional Cristera funciona como una corporación cívica, apostólica y guardiana, articulada a través de una red confederada de delegaciones, presentes mayoritariamente en el centro-occidente del país. Está regida por sus propios estatutos y no fue sino hasta los años 90 cuando se pudo registrar ante notario. Su labor se enfoca en la custodia y guardia de la libertad de poder ser practicante de la fe católica en México —como católicos laicos e Iglesia— y, con esto, de la memoria histórica mediante misas, rosarios, procesiones, cabalgatas conmemorativas, ceremonias litúrgicas en honor a los mártires, peregrinaciones masivas y activismo en defensa de la vida, la familia y la libertad religiosa.

Pueden pertenecer a la organización:

  • Descendientes directos o colaterales de los jefes, oficiales, tropa y de las mujeres que integraron las Brigadas Femeninas.

  • Fieles católicos sin vínculos de sangre cristera, siempre y cuando demuestren fidelidad al magisterio pontificio y adhesión a la Doctrina Social de la Iglesia.

Ambos perfiles deben asumir explícitamente el Ideario Cristero, los estatutos y el lema «Dios, Patria y Libertad», estando estrictamente prohibido utilizar el nombre de la organización para fines partidistas o proselitismo político.

¿Por qué es importante la preservación y difusión histórica de la Guerra Cristera?

Es fundamental para desmontar los dogmas de la historiografía oficial atea, masónica y socialista del Estado mexicano, que durante décadas censuró el conflicto en los libros de texto o lo redujo a un acto de «fanatismo campesino». No se reconoció la personalidad jurídica de la Iglesia católica hasta 1992, bajo el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari.

La preservación y difusión histórica de la Guerra Cristera es crucial porque permite comprender un conflicto que durante mucho tiempo fue enseñado en las escuelas públicas desde la perspectiva del gobierno laicista —sobre todo a partir del presidente Lázaro Cárdenas—. Los hechos históricos, la labor documental y la investigación presencial han demostrado rigurosamente que fue un genuino levantamiento popular impulsado por comunidades rurales en defensa de su universo moral. Asimismo, su preservación sirve para documentar y denunciar las graves violaciones a los derechos humanos ejecutadas por el Estado mexicano durante la represión: la persecución religiosa de los católicos, de su fe, de sus creencias y de sus tradiciones, así como las famosas reconcentraciones forzadas y los fusilamientos sumarios, permitiendo a la sociedad católica identificar, prevenir y velar por los riesgos que amenacen las libertades de práctica y culto.

La recuperación documental permite mostrar que la Cristiada fue un fenómeno mucho más complejo, en el que participaron no solamente combatientes armados, sino también organizaciones civiles, abogados, periodistas, propagandistas, asociaciones juveniles, mujeres, sacerdotes y pueblos enteros que desarrollaron diferentes formas de resistencia. En este sentido, resulta indispensable recordar el papel desempeñado por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR). Fundada en 1925, la Liga buscó organizar a los católicos para defender la libertad religiosa y logró establecer centros en diversos estados de la República; ella es la que dio nacimiento a la organización del ejército cristero que, 25 años después de terminada la guerra, se mantiene alerta a través de la Guardia Nacional Cristera. La conservación de su documentación, manifiestos, correspondencia, periódicos y testimonios resulta esencial para comprender que antes y durante la lucha armada existió una importante resistencia cívica, jurídica, propagandística y política organizada.

Dentro de esta dimensión sobresale la figura del beato Anacleto González Flores, abogado, periodista, escritor, maestro, orador y dirigente social, quien desarrolló una extensa labor de formación y organización de los católicos, especialmente mediante la Unión Popular. Su actuación permite comprender que la resistencia no comenzó necesariamente en el campo de batalla, sino en la organización de las comunidades, la difusión de ideas, la prensa, la formación religiosa y la movilización social. Junto a él, el beato Miguel Gómez Loza representó otra vertiente fundamental de la organización católica. Abogado, dirigente social y colaborador cercano de Anacleto, participó en la defensa de los derechos de los católicos y posteriormente asumió mayores responsabilidades dentro de la resistencia.

Para comprender la evolución de la Cristiada es indispensable incorporar también la figura del general Enrique Gorostieta Velarde. Si Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza representan principalmente la organización civil y social, Gorostieta encarna el esfuerzo por transformar una multitud de levantamientos y destacamentos regionales en una fuerza militar mejor coordinada.

Durante los primeros momentos de la insurrección, numerosos contingentes cristeros habían surgido de manera relativamente autónoma en distintas poblaciones y regiones. Existían jefes locales, partidas campesinas y fuerzas regionales que combatían en condiciones muy diferentes y que no siempre contaban con una cadena de mando común. La llegada de Enrique Gorostieta Velarde en 1927 significó un paso fundamental hacia una mayor organización militar. Bajo su conducción se buscó establecer disciplina, jerarquías, coordinación estratégica y comunicación entre los distintos contingentes. La historiografía señala que desde 1927 el Ejército Cristero estuvo bajo su mando, y distintas fuentes de la época lo identifican encabezando operaciones de considerable magnitud.

Su papel fue especialmente importante porque la rebelión se desarrollaba en muy diversas regiones del país. Aunque la intensidad de la lucha fue desigual, hubo una actividad cristera muy importante en estados como Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Colima y Durango. En el resto del territorio, a menor escala, hubo participación en Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Estado de México y Querétaro. Por ello, uno de los mayores desafíos consistía precisamente en dar unidad a fuerzas geográficamente dispersas, procurando que los diferentes jefes y destacamentos dejaran de actuar exclusivamente como partidas locales y se reconocieran como integrantes de un ejército con una dirección superior.

En este proceso, el trabajo de Gorostieta fue fundamental para avanzar hacia la conformación de una Guardia Nacional Cristera con mayor cohesión militar, complementando desde el terreno de las armas la labor de organización que la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa había desarrollado en el ámbito civil y político.

De esta manera pueden reconocerse dentro de la resistencia diferentes figuras complementarias:

  • Anacleto González Flores: como una de las grandes figuras de la formación, organización y resistencia cívica.

  • Miguel Gómez Loza: como organizador social, político y administrativo de la resistencia.

  • Enrique Gorostieta Velarde: como el dirigente militar que buscó unir, disciplinar y coordinar los diferentes contingentes del Ejército Cristero.

La preservación histórica de la Cristiada debe, por tanto, recuperar todas estas dimensiones. No basta con conservar la memoria de las batallas; es necesario conservar también la historia de la organización civil, la prensa, la defensa jurídica, las redes comunitarias, la estructura política y la construcción de un mando militar capaz de coordinar fuerzas dispersas. Los veteranos que posteriormente reorganizaron la Guardia Nacional Cristera contribuyeron precisamente a conservar esta memoria. Sus testimonios permitieron recordar tanto a los combatientes como a los dirigentes civiles y militares, a las Brigadas Femeninas y a las comunidades que sostuvieron el movimiento. Así, preservar la Cristiada significa conservar la memoria de la pluma y del rifle, de la organización civil y de la organización militar, del dirigente social y del soldado. Todos ellos formaron parte de una misma experiencia histórica.

Para eso es clave también promover la veneración de los mártires…

Por eso es clave la veneración de los mártires, ya que constituye uno de los elementos centrales de la memoria espiritual de la Cristiada. Permite distinguir entre la historia estrictamente militar del conflicto y la experiencia religiosa de quienes fueron posteriormente reconocidos por la Iglesia por haber entregado su vida a causa de su fe.

In esta dimensión ocupan un lugar fundamental todos los mártires: en especial el beato Anacleto González Flores, el beato Miguel Gómez Loza, el niño san José Sánchez del Río y muchos más, cuyas trayectorias muestran que la resistencia católica no estuvo integrada únicamente por combatientes armados.

Anacleto González Flores fue, ante todo, un dirigente civil, intelectual y apostólico. Abogado, maestro, periodista, escritor y organizador social, desarrolló durante años una extensa labor de formación, movilización y resistencia cívica. Miguel Gómez Loza desarrolló igualmente una importante actividad social y jurídica. Colaborador cercano de Anacleto, participó en organizaciones católicas y posteriormente asumió responsabilidades dentro de la resistencia. Sus vidas y muertes permiten comprender que dentro de la Cristiada existieron diferentes formas de participación y sacrificio: el periodista que escribía, el abogado que defendía derechos, el dirigente que organizaba comunidades, el sacerdote párroco que continuaba ejerciendo su ministerio, el civil que ayudaba clandestinamente y el combatiente que participaba en la lucha armada.

Junto a esta dimensión espiritual y martirial debe conservarse también la memoria de quienes tuvieron la responsabilidad de organizar militarmente la resistencia, y en este terreno resulta indispensable la figura del general Enrique Gorostieta Velarde. El general Gorostieta logró organizar al ejército con un mando único cristero que llegó a tener alrededor de 50,000 efectivos, estableciendo jerarquías, disciplina, coordinación entre mandos y objetivos estratégicos comunes. Su trabajo fue especialmente complejo porque la guerra se desarrolló simultáneamente en distintas regiones. La actividad cristera alcanzó diversos grados de intensidad en Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Colima, Durango y el Estado de México, entre otras zonas.

Esta organización permitió que fuerzas que inicialmente habían surgido como grupos locales pudieran reconocerse progresivamente como integrantes de un mismo Ejército Cristero o Guardia Nacional, con una estructura de mando más definida.

Anacleto organizó conciencias y comunidades; Gómez Loza ayudó a estructurar la resistencia social y política; Gorostieta procuró organizar y unir militarmente a los combatientes dispersos por las diferentes regiones del país. Los tres representan dimensiones distintas de una misma resistencia histórica.

Anacleto González Flores, Miguel Gómez Loza y San José Sánchez del Río pertenecen, además, de manera particular a la memoria religiosa del movimiento por haber sido reconocidos por la Iglesia como beatos y mártires. Gorostieta, en cambio, debe situarse principalmente dentro de la memoria histórica y militar de la Cristiada. Esta distinción permite conservar la precisión histórica y religiosa de cada figura. Después del conflicto, los veteranos y las familias contribuyeron a conservar ambas memorias en la Guardia Nacional Cristera.

Háblenos de sus símbolos: el rifle y la pluma cruzados en su escudo llaman mucho la atención.

El blasón de la Guardia Nacional encierra una profunda concepción teológica y estratégica de su lucha:

  • El rifle: Simboliza el brazo ejecutor, la fuerza material y el derecho a la legítima defensa armada de los combatientes rurales ante la opresión del Estado.

  • La pluma: Representa la defensa jurídica, el trabajo intelectual y el vital combate hemerográfico impulsado por brigadistas y fundadores de revistas como David, reflejando que la verdad histórica debe registrarse para no ser monopolizada por los vencedores.

  • El cruce en aspa: La intersección del fusil y la pluma forma la Cruz de Cristo, proclamando que tanto las armas como las letras carecen de fin en sí mismas y se subordinan al Reinado Social de Jesucristo.

Todo ello está enmarcado por el lema «Dios, Patria y Libertad», que jerarquiza el sometimiento a Dios, la lealtad a la nación y la defensa innegociable de la autonomía civil de la persona.

Respecto al Premio Hispanidad Capitán Etayo… ¿qué supone recibir este prestigioso galardón?

El Premio Hispanidad «Capitán Etayo», otorgado en España, es un prestigioso galardón civil e histórico concedido a personalidades e instituciones que se distinguen por su firme defensa de la fe católica, el legado tradicionalista y la herencia cultural de la Hispanidad en todo el mundo. Recibir este galardón supone el más alto reconocimiento internacional en el ámbito del tradicionalismo sociopolítico; valida que el esfuerzo por custodiar una memoria histórica contrarrevolucionaria ha trascendido las fronteras locales, reconociendo a los galardonados como defensores universales de la civilización cristiana frente a la secularización.

Teniendo en cuenta que el premio lo otorga la Comunión Tradicionalista Carlista en España, ¿qué conexión histórica une a los carlistas con la memoria cristera mexicana?

Existe una profunda hermandad doctrinal, sociológica e histórica entre el carlismo español y el movimiento cristero mexicano. Ambos fueron alzamientos eminentemente populares y campesinos que se levantaron en armas para defender los derechos de la Iglesia católica y el modo de vida tradicional frente al embate de gobiernos de corte liberal, jacobino o laicista.

Mientras los requetés carlistas de los siglos XIX y XX lucharon bajo el trilema «Dios, Patria, Rey», los cristeros adoptaron el lema «Dios, Patria y Libertad». A ambos los une la persecución sistemática por parte del Estado, el arraigo profundo de la fe en la masa rural y, por encima de todo, el objetivo teológico supremo que justificó sus respectivos sacrificios bélicos: la defensa y restauración del Reinado Social de Jesucristo en la esfera pública de sus naciones.

Actualmente, ¿hay alguna ley en México que persiga la memoria de los cristeros, y se les puede hacer homenajes?

No hay actualmente ninguna ley en México que persiga a los cristeros en la actualidad. Por supuesto que se pueden y deben hacer homenajes y reconocimientos, pues los cristeros representan la civilización cristiana trasplantada, evangelizadora y evangelizada en el actual México. Dentro de sus miembros existe viva una vida religiosa como en la España antigua, ya que existen muchos descendientes de españoles que llevaron la fe al territorio de la Nueva España —hoy México— y, como resultado, además se mezclaron con los indígenas.

Todos estamos bajo el amparo de la Virgen de Guadalupe que es, creo yo, el símbolo de unión más importante de América, no solo de México.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! ¡Viva España y viva México!

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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