15/10/2026 09:17
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Este texto forma parte del análisis completo del caso:
👉 https://ntvespana.com/27/04/2026/por-que-escribo-tras-xi-capitulos-el-caso-ignacio-escolar-por-ignacio-fernandez-candela/

Hay una forma de morir en vida que no requiere que el corazón se detenga: se llama indiferencia burocrática. Es esa patología del alma que contraen ciertos administradores de justicia cuando confunden la toga con un escudo de impunidad y el mazo con un rodillo compresor. Para ellos, este réquiem. Para los otros, los buenos jueces, humanos, sencillos y conscientes de su alta misión terrena, mi admiración.

Escribo hoy por los que imparten justicia como quien despacha pólizas de seguros o tickets de aparcamiento. Me refiero a esos jueces que han mecanizado la mirada hasta el punto de no ver personas, sino expedientes; no ver vidas rotas, sino plazos procesales. A esos que firman resoluciones de trámite con la misma frialdad con la que se sacuden una mota de polvo de la solapa.

Lo he comprobado tantas veces en los indolentes administradores del daño: la soberbia es un mal arquitecto. Han construido catedrales de ego sobre cimientos de papel sellado, creyendo que su estatus les exime de la ley más antigua del universo: la de la responsabilidad. Porque no hay «principio de veracidad» que valga cuando lo que se está juzgando es el derecho de un inocente a seguir respirando, o el de un padre a no ser arruinado en vida por una mentira sostenida.

Se pasean por los pasillos de mármol con una frivolidad que hiela la sangre, arrastrando las togas como si fueran capas de una realeza de baratillo, sin entender que cada firma suya es un tajo en la carne de un inocente. Me refiero a esos administradores del dolor ajeno, esos jueces de trámite y firma fácil que han convertido la Justicia en una parodia de sellos, tasas y prebendas. Habitan la cumbre de una soberbia tan espesa que no les deja ver que, al otro lado de sus providencias, hay vidas que se desangran, padres que pierden el nombre y hombres que son arrojados al foso de los leones solo porque el «protocolo» dictaba que hoy no tocaba mirar a los ojos a la verdad.

Réquiem por los que se dejan manipular y se ciegan ante la evidencia o pretenden ver donde no hay nada. Réquiem porque no saben lo que hacen y porque, con el mismo juicio con el que juzgan torticeramente, serán juzgados por la rutina terrena, cientos de veces el cadáver del alma.

Es una patología del alma, una indolencia criminal que les permite dormir mientras el eco de sus sentencias injustas sigue rompiendo huesos. Se creen protegidos por el aforamiento, por la jerarquía de un sistema que premia al dócil y castiga al que señala la podredumbre, pero olvidan que la soberbia, por muy alta que se construya, acaba siempre enterrada bajo el mismo polvo del olvido que hoy pretenden echarnos encima. No hay principio de veracidad que sostenga el peso de una mentira financiada cuando se tiene la pluma manchada de indiferencia.

Deseo, con la autoridad resistente de quien ha superado inmensas adversidades, y el retorno milagroso de entre los muertos, que el universo les devuelva cada gramo de la indefensión que han sembrado. Que sus copas de cristal se encharquen en las lágrimas de esos hijos a los que ignoraron, y que sus cementerios propios se vuelvan tan ruidosos que el silencio de la noche sea para ellos un juicio eterno. Que busquen justicia y solo encuentren un formulario impersonal; que busquen piedad y solo reciban el frío de un protocolo.

Porque cuando has enterrado a tu padre en soledad y sin poder velarlo—y a tu suegro pasando por el mismo trance en menos de un mes—con la seguridad de que lo sedaron hasta matarle durante dos confinamientos ilegales, impunes, con la justicia haciendo miserable mutis por el foro; cuando uno ha sentido el aliento del final y ha visto el telón de cerca, ya no queda miedo, solo asco, para enfrentar a estos pequeños dioses de oficina. Solo queda esta hiel sagrada, esta mordacidad de quien sabe que su poder es un préstamo del tiempo que el destino cobrará con intereses de fuego. Seguiremos en la brecha, señalando cada firma cobarde y cada silencio cómplice, hasta que el tiempo despoje de sentido ese prestigio aparente.

Al final, quedarán señalados quienes, pudiendo ser luz, prefirieron ser sombra. Telón, olvido, y que el tiempo les juzgue como ellos nunca se atrevieron a juzgar con disiciplinada virtud de verdadera justicia: con la guadaña cercenando la vanidad del inconsciente, del autómata sin sensibilidad ni acierto.

Mal día aquel en que vistieron por primera vez la toga, sin la mínima piedad —ni para sí mismos ni para el inocente—, ignorantes de las consecuencias últimas de la liviandad de sus conciencias.

Ignacio Fernández Candela

Coda – Serie completa

Para quien desee recorrer el conjunto de esta serie:
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Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.

Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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